domingo, 30 de enero de 2005

Lord of the Dance: Cuando lo antiguo es novedad


30 y 31 de enero y 1 de febrero, 2005 / 3 funciones / 15 523 asistentes / 
2 hrs. de duración / Promotor: Promociones Matrix, S.A. de C.V. 

Patricia Ruvalcaba 

Como si estuvieran cobrándose años de sometimiento, las antiguas danzas celtas no sólo están en expansión en Irlanda, sino que se han hecho un lugar en la cultura global, en buena parte por espectáculos como Lord of the Dance. En el siglo XVIII, la música, la poesía y la danza celtas, que formaban una unidad indisoluble, se enriquecieron gracias a los artistas itinerantes que de aldea en aldea recogían melodías y giros locales en las numerosas fiestas paganas que se efectuaban en los bosques al calor de una fogata. 
Ese proceso fue afectado por la dominación inglesa, que prohibió las expresiones artísticas celtas por considerarlas sediciosas, y por la Gran Hambruna (1846-1848), que diezmó a la población. A las canciones de amor, de cuna, a leyendas y cantos a la naturaleza, se sumaron lamentos de guerra y reivindicaciones políticas. Las danzas perdieron el movimiento de los brazos y la expresión se concentró en los pies. A fines del siglo XIX el folclor celta estaba redefinido y el idioma gaélico, establecido. Un nuevo cambio vendría en los años sesenta del siglo XX, cuando Sean Ó Riada compuso arreglos contemporáneos para melodías tradicionales. Pero la danza sería transformada por un estadounidense: en los ochenta y noventa, Michael Flatley combinó los viejos pasos de danza con tap y jazz y llevó el género al show business. Fue en esta operación artística —que había iniciado en 1994 con Riverdance— que lo antiguo se volvió novedad. Las cifras de Lord of the Dance, creado por Flatley en 1996, lo demuestran: 3 mil funciones y 50 millones de espectadores en el mundo hasta ahora. 
En su tercera presentación en el Coso de Reforma Lord of the Dance evoca una vez más el ambiente fantástico de la aldea celta, bajo los cánones impuestos por Flatley: ejecuciones rigurosas, sincronía perfecta, un cuerpo de baile joven y hermoso en el que destaca la estética de las mujeres con sus largas cabelleras y el virtuosismo masculino. En las tinieblas del escenario, hechiceros druidas iluminan con antorchas las puertas de una fortaleza medieval. El Pequeño Espíritu, un duende dorado, echa a andar la historia con su flauta mágica. Al influjo de la música, unas mujeres recostadas a su alrededor “despiertan” y, descalzas, recrean el nacimiento de la vida del clan. 
Un alegre cuadro aldeano con toda la compañía ofrece una primera escalada del clásico zapateado irlandés, a la que el público prodiga un aplauso lleno de asombro. Hadas ligeras con ropajes de tonos pastel, la diosa Erin, encarnada por una cantante, así como dos mujeres violinistas cuya música recuerda la importancia del fuego en la tradición celta, completan los cuadros costumbristas. En esa vida idílica, la virilidad de El Señor de la Danza y la belleza de su compañera, Saoirse, complementan el lado luminoso de la trama. Pero toda historia humana tiene contrastes. Pronto aparece una amenaza, encarnada por Los Guerreros, cuyo líder, Don Dorcha, ambiciona el cinturón sagrado de El Señor. El ejército maligno prepara sus trampas. Morrighan es una de ellas; morena y sensual, vestida de rojo, intenta seducir al líder de los buenos. El público, fascinado, intenta descifrar las secuencias de pasos como si se tratara de actos de magia, al tiempo que palmea espontáneamente siguiendo la música. 
Vale decir que Lord of the Dance merecería de toda una banda en vivo. Las violinistas y la cantante aparecen en seis de los 29 números, pero el resto del fondo musical es grabado. Por fin los clanes se enfrentan. Cada combate es un despliegue de gestos guerreros delineados certeramente por la coreografía. Cuando la oscuridad parece haber triunfado, la magia permite a El Señor de la Danza recuperar su cinturón y su reino. En esta secuencia los solistas realizan impactantes rutinas de call and answer. Resulta imposible seguir los pasos, por la vertiginosa velocidad que alcanzan. “Planeta Irlanda” cierra con gran intensidad. Tanta, que el público consigue un encore a fuerza de ovacionar de pie a los cincuenta artistas. Con virtuosismo y ardor reconcentrados en los zapatos, Lord of the Dance reveló otra vez algunos misterios de su mística ancestral. 

Quién es quién 
El genio 
Hijo de inmigrantes irlandeses, Michael Flatley (1958, Chicago, Illinois) empezó a bailar a los cuatro años, alentado por su madre y su abuela, ambas campeonas de danza tradicional. Más tarde estudió flauta. Tras recibir una tunda en una pelea callejera, su padre lo inscribió en un curso de boxeo. A los 17 años se convirtió en tri-campeón: ganó el Golden Gloves de boxeo, fue el primer estadounidense en ganar el Mundial de Danza Irlandesa, y quedó como el primer flautista de toda Irlanda. Como miembro del famoso grupo The Chieftains y bailarín estrella de Riverdance (1994), fue creando su propio concepto: Lord of the Dance. De su contribución a la difusión de la danza popular irlandesa se ha escrito mucho; baste recordar que fue declarado Tesoro Viviente por la National Geographic Society en 1991 y que su récord de velocidad al zapatear (39 golpes por segundo) está registrado en el libro Guinness. Su segundo espectáculo, Feet of Flames (1998), tiene hoy tres troupes en gira por el mundo. 

La coreógrafa 
La directora de danza y coreógrafa asociada de este espectáculo y de Feet of Flames, Mary Duffy-Messenger. Se inició en la danza a los seis años en la academia Inis Eagla de Dublín y fundó su primera escuela en 1988. Es considerada una de las maestras-coreógrafas de danza folclórica irlandesa más versátiles y completas en la actualidad. También examinadora certificada, ha participado en más de 400 campeonatos mundiales. 

El compositor 
Nacido en Dublín, en una familia de músicos aficionados, Ronan Hardiman aprendió a tocar teclados, guitarra, percusiones e instrumentos de viento tradicionales. Después de trabajar siete años como banquero para financiar su carrera musical, en 1990 se dedicó por completo a la composición, primero para cine y tv. En 1996 tocó la puerta de la consagración al recibir el encargo para la música de Lord of the Dance. Además de sus exitosos trabajos individuales como Celtic Classics, Solas o Anthem, le puso música a Feet of Flames. Ha trabajado con Celine Dion, Rod Stewart y el tenor inglés Russell Watson, entre otros. 

El iluminador 
Con más de 25 años de experiencia Patrick Woodroffe ha puesto luz a edificios, conciertos, ópera, danza, cine, tv y desfiles de moda. Entre sus clientes figuran The Rolling Stones, Michael Jackson, Elton John, Phil Collins, Tina Turner, Björk, la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y Cirque du Soleil. Ha sido nominado dos veces al Emmy por su trabajo en tv. El Museo Moderno de París, el Gran Castillo de Praga (en 1990 cuando el ex presidente Vaclav Havel invitó a The Rolling Stones) y The Electric Cinema de Londres, son algunos de los lugares transformados por este artista de la luz. 

El escenógrafo 
Jonathan Park es considerado un visionario. Sus diseños escénicos son legendarios por su monumentalidad y estilo único; tiene destinos tan dispares como: Jean Michel Jarre, George Michael, Tina Turner, Bryan Adams, la empresa Mercedes Benz, PlayStation o Amnistía Internacional. Ha estado detrás de giras como Zoo TV de U2, Steel Wheels y Voodoo Lounge de The Rolling Stones, y The Wall de Pink Floyd. Para Flatley diseñó también la escenografía de Feet of Flames. Uno de sus trabajos más ambiciosos es la transformación de una fábrica de acero en espacio cultural, en Augsburg, Alemania. (P.R.

Programa 
Acto I 
El llamado de los celtas 
La Diosa Erin 
Sueño celta 
Los Guerreros 
Gitana 
Secuencias de fuego 
La fuga 
Los Señores de la Guerra 
La Diosa Erin 
El Señor de la Danza 

Acto II 
Juego peligroso 
La cocina del infierno 
Noches ardientes 
El lamento 
Siamsa 
El día de nuestra boda 
Beso robado 
Pesadilla 
El duelo 
Victoria 
Planeta Irlanda
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