miércoles, 3 de noviembre de 2004

Luis Eduardo Aute: Fugitivos del ruido mediático

Foto: Colección Auditorio Nacional

Autorretratos Tour 04 / 3 de noviembre, 2004 / 5 845 asistentes / 
Función única / 3 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V.

Arturo García Hernández
Un recital de Luis Eduardo Aute siempre resulta una experiencia gratificante y enriquecedora. Lo saben quienes han venido a oírlo al Auditorio, bohemios de ocasión o por convicción. Saben que una vez apagadas las luces de la sala, se pondrá ante el micrófono, tomará su guitarra, saludará con voz grave y establecerá de inmediato una cercanía tal que no harán falta la copa de vino ni la fogata al centro de la reunión. Saben que las canciones por venir serán suficientes, muchas de ellas con ameno prólogo: la historia de cómo, en qué circunstancias o para quién fueron escritas.
Con el cuerpo perdido dentro de una camisa de seda roja y un pantalón de mezclilla azul, Aute ofrece una estampa de Quijote derrotado por los molinos de viento. Su calvicie se disputa el espacio con las canas que aún perfilan lo que fue una majestuosa melena. Los anteojos le ennoblecen el rostro y las arrugas, muescas contabilizadoras de sus bien vividos sesenta y uno. “El más español de los cantante filipinos” —nacido en Manila, hijo de madre catalana, producto y habitante de Madrid— se presenta por segundo año consecutivo en el magno recinto del Paseo de la Reforma. El pretexto —que no lo necesita— es la promoción de Auterretratos 1, álbum doble que reúne, en nuevas versiones de estudio, 32 de sus mejores o más conocidas canciones, compuestas a lo largo de 35 años. Las que todos han venido a escuchar. El concierto está dedicado a su amigo Carlos Díaz, Caíto, quien se encuentra enfermo (y morirá días después).
Las primeras noticias de Aute llegaron a México en el remoto año de 1967, como autor de dos temas que popularizó Massiel: “Rosas en el mar” y “Aleluya No. 1”. Ya destacaban en ellas tres de las grandes obsesiones de su obra futura: el amor, la libertad y la denuncia social. Las escribió sin mayores pretensiones y aunque llegó a odiarlas, hoy ya se ha reconciliado con ellas: “Eran completamente ingenuas, llenas de buena voluntad pero con mal oficio. Me vi responsable de algo que no esperaba”. Entendió que “esto de escribir una canción no es un divertimento, sino algo muy serio, de mucha responsabilidad”. Luego de un periodo de dudas y confusión, asumió el oficio con rigor y pasión. Desde entonces, no ha tenido aquí un “éxito comercial” de esa magnitud. Sin embargo, su sensibilidad y su forma de decir han arraigado en un público multigeneracional integrado por fugitivos del ruido mediático, militantes de la provocación inteligente, románticos irredentos y degustadores de la palabra. Un público que, sin ser masivo, sigue con atención y constancia sus pasos.
De ahí la efusividad con que se le recibe. Luis Eduardo Aute no es ni se pretende showman. Por eso es irrelevante la austeridad escenográfica de su presentación. Lo suyo no es entretener sino compartir, emocionar, propiciar la reflexión, socavar convenciones, romper esquemas. Para ello le bastan la música y una herramienta que, al fin poeta, maneja con destreza admirable: el lenguaje. En sus canciones la palabra es una aventura siempre estimulante, llena de sorpresas; es depósito de vida, de experiencias. Canciones de carne y hueso, con alma y vísceras. Los temas son los de siempre, los imprescindibles en todo arte verdadero: el amor, la muerte, el erotismo, la soledad, el dolor, la tristeza, la alegría. Su mérito, como el de todo buen creador, es hablar de ellos como si se dijeran por primera vez. Por eso perduran y son vitoreadas “Anda”, “Sin tu latido”, “Hafa café”, “Giraluna”, “Mojándolo todo”...
Aute habla de por sí pausado, entre irónico y reflexivo, pero ahora se le nota particularmente taciturno. Será porque últimamente ha tenido días difíciles: problemas severos de salud y rupturas amorosas. Algo deja ver al dedicar “Dos o tres segundos de ternura”: “a una mujer extraordinaria, ella sabe por qué”: Estoy pasando un bache... Un bache es en el que cae el concierto cuando Aute abandona lo que mejor sabe hacer y se regodea recitando lo que llama sus “poemigas”: juegos de palabras con pretensiones de aforismos. Ingeniosos algunos: “El hombre puede suicidarse; Dios todopoderoso, no”. Otros simplemente olvidables: “Eres tal cual te imaginé, inimaginable”. Así por el estilo. Por suerte volverá a las canciones. En la víspera, George W. Bush ha sido reelegido presidente de los Estados Unidos. El autonombrado Señor de la Guerra se lleva una perorata del cantautor, tenaz opositor al apoyo del ex-presidente español José María Aznar en la invasión de Irak. A la condena se suma la rechifla de la audiencia. En seguida continuarán la música, la poesía, la introspección colectiva con sus dosis de nostalgia y rebeldía.
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Luego de casi tres horas, los tertulianos de Aute le permitirán despedirse, con el deseo de un pronto reencuentro, de otra noche para cantar y llorar la vida. 

Rasgos y obsesiones
Las canciones. En 35 años de carrera, Luis Eduardo Aute ha grabado más de 20 discos y escrito más de 300 temas. Desde su punto de vista, no se puede hablar de canciones inteligentes y no inteligentes, sino que simplemente las hay buenas y malas: “Si están vivas, si tienen emoción, son buenas, aunque tengan armonías y textos muy simples. Cada vez soy menos sectario en ese sentido. Es bueno todo aquello que haya nacido de un deseo auténtico de expresarse de un artista”.

El renacentista. A la manera de los antiguos renacentistas, es un hombre interesado integralmente en el arte y el conocimiento. El azar lo arrojó por el camino de la música, pero antes que compositor y cantante, se considera pintor. A los ocho años realizó sus primeros cuadros y a los 16 hizo su primera exposición individual: “Lo primero en mi vida es pintar”. También se interesa por el cine. Hasta ahora ha dirigido tres cortos y un largometraje de dibujos animados, manufacturado por él mismo en su totalidad.

La poesía. Como pocos compositores populares contemporáneos, mantiene una relación estrecha con la poesía. Sus canciones no se explican sin ella. Ha escrito dos libros: La matemática del espejo y La liturgia del desorden. En ese terreno sus influencias han sido diversas y cambiantes: García Lorca, Aleixandre, Burroughs, los poetas beatnik, Shelley, Gil de Biedma, Pessoa...

Los sesenta. Aute es un hijo indiscutible del espíritu de los sesenta. Pertenece a esa generación de creadores “que rechazó un statu quo cultural muy poco exigente, muy vulgar”. A la distancia, reconoce que no se dieron los cambios esperados: “y creo que los culpables de eso somos nosotros mismos, la gente de mi generación que se pasó al otro bando. En vez de seguir intentando encontrar el mar bajo los adoquines, se puso a construir adoquines”. (A.G.H.)

Programa
Recordándote
Aleluya No.1
No sé qué coño me pasa hoy
Cine, cine
Cuando dos cuerpos
Las cuatro y diez
Hafa Café
Anda
Dos o tres segundos de ternura
De paso
Volver a verte
De alguna manera
Slowly
Poemigas
Pasaba por aquí
Mojándolo todo
Giraluna
Abrázame
La belleza
De tripas corazón
Alevosía
Ay, ay, ay (todos en stand by)
Rosas en el mar
Una de dos
Albanta
Sin tu latido
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