lunes, 15 de noviembre de 2004

Lo mejor de Marcel Marceau: ¿Adiós para siempre?

Foto: Colección Auditorio Nacional

15 de noviembre, 2004 / 5 265asistentes / Función única / 
1:30 hrs. de duración / Promotor: Producciones Artísticas MJ

Patricia Ruvalcaba
Pocas hazañas humanas, físicas, intelectuales o estéticas, merecen el calificativo de perfecto (“grado máximo de una determinada cualidad”). Más raro aún es que ese adjetivo acompañe al trabajo de una persona durante toda su vida. Marcel Marceau es una de esas excepciones. Desde su debut en los años cuarenta, hasta su despedida de los escenarios en 2004, a los 81 años de edad, “el mimo más famoso del mundo” no ha bajado del pedestal de la perfección. Aunque en 2002 ya había hecho una gira mundial de despedida, la cual lo trajo por primera vez al Auditorio, todo indica que el genio de la poesía silente se retira en definitiva, pero para concentrarse en la docencia en su Escuela Internacional de Mimodrama con sede en París. De ahí que quienes presenciaron el espectáculo Lo mejor de Marcel Marceau, última oportunidad de ver al prodigio, son afortunados: la profunda comprensión de lo humano y la sofisticada maquinaria músculo-esquelética del francés, conmovieron, una vez más, hasta al tuétano mejor resguardado.
Inicia, pues, la ceremonia de despedida. El programa, dividido en “pantomimas de estilo y de Bip”, no contiene nada novedoso, la expectativa se centra en su infalible virtuosismo técnico. El aforo completo del Auditorio, de 9 950 lugares, fue reducido a 5 mil 490, condición para que todos los asistentes disfruten el espectáculo. Marceau verificó personalmente los detalles de isóptica e iluminación.
Ahora ha terminado su rutina de calentamiento y yoga. Se instala el silencio, “único espacio donde se puede lograr el arte de la mímica”, como ha dictaminado el artista. En el primer número, La creación del mundo, en medio de la bruma, el cuerpo del mimo es el caldo de cultivo original donde el milagro de la vida despunta y se extiende por las aguas, la tierra y el aire. El vacío se puebla con belleza y configura el Edén. Y allí, con puntualidad histórica, aparece la precoz debilidad humana —uno de los temas señeros del artista— encarnada en Eva y Adán, quienes terminan expulsados. El público comprende y aplaude. Luego, observando el canon estético que reza sé local y serás universal, Marceau se instala en sociedad. Crea El jardín público de cualquier ciudad con su catálogo de personajes: edades y clases sociales diversas, manías y tics, envidia y amor, soledad y cansancio, inocencia y mediocridad, comedias y tragedias en miniatura, en fin, la compleja existencia colectiva en esplendor, observada por una impasible estatua en medio de la fuente. En El pajarero uno podría jurar que vio cómo el personaje liberó aves de distintas especies, colores y trinos, y cómo perdió la chaveta. También son de carne y hueso el fiscal, el juez y el abogado defensor de El tribunal, donde se condena a muerte a un ladrón y asesino.
Quienes hayan seguido al mimo a lo largo de los años habrán notado que a cambio de cierta pérdida de agilidad y muelleo ha sintetizado los movimientos, ha reducido el área de trabajo y pulido con precisión milimétrica cada gesto. En uno de los cuadros más conmovedores, Las manos, y en apenas unos minutos, la mano derecha condensa la maldad humana esparcida a lo largo de siglos y confines, mientras la izquierda proclama las posibilidades del amor, la voluntad y la creatividad. En Adolescencia, madurez, vejez y muerte, es una criatura instantánea. ¿Cómo consigue Marceau engañar al ojo, y parecer pleno de vida y de músculos en un momento, endurecido en el siguiente, enjuto y demacrado después, para terminar vencido y cadavérico? En medio de las incesantes toses y los carraspeos, se adivina un gulp colectivo. Se oye un ¡tsssss!, algo así como la onomatopeya de la piel chinita. Ni los aborrecidos timbres de los teléfonos celulares, que no cesaron en toda la función —sí, es lamento, la pena ajena se impone aquí—, rebajaron la emoción y el asombro reinantes.
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
En la segunda parte, Bip, el eterno fracasado con vieja chistera y pantalones amplios, intenta domar un león en un circo y la fiera nunca lo toma en serio. En Bip gran artista trata de tocar el violín, pero termina absorbido por una banda musical que le asigna la ejecución de los platillos. Y sobrevive con no pocos esfuerzos a las contingencias de un descomunal mareo en Bip viaja por el mar. Con El fabricante de máscaras termina la presentación. Las emociones que dominan a la humanidad, y que explican tanto su perdición como su encumbramiento, están resumidas en este cuadro. Es la esencia de la naturaleza múltiple, la fatiga de existir, lo extenuante de sufrir y gozar y odiar y llorar y querer y fingir. Es el legado de Marceau, concentrado en unos minutos. Después, el silencio se rompe estrepitosamente con una larga ovación de pie, como si una ciudad de cristal se hiciera añicos. 

Antídoto contra la muerte
En 1946, cuando aún flotaba en Europa el polvo de la destrucción, de entre los escombros se levantó Marcel Mangel, judío perseguido por la Gestapo y que se había unido a la resistencia francesa. Su padre había muerto en Auschwitz. Como acto curativo se metió a estudiar arte dramático con Etienne Decroux, quien le enseñó los secretos del mimo y le confió el secreto de la juventud eterna. El alumno aprendió velozmente y creó Praxitele y el Pez de Oro, primero de sus más de 30 mimodramas. Marceau se intuía mimo desde niño, cuando veía fascinado las películas de Buster Keaton, El Gordo y El Flaco, los hermanos Marx y Chaplin, su ídolo; a los cinco años ya imitaba a Charlot.
En 1947 creó a Bip, una mezcla de Pierrot, Quijote y Charlot, inspirado en un personaje llamado Pip que aparece en Grandes esperanzas de Charles Dickens. En una extraordinaria paradoja, fue la guerra lo que lo hizo encontrar el único antídoto en el que cree: el arte. Por eso Bip, con su cara blanca, traje marinero y chistera aplastada, celebra el triunfo de la vida aunque sus empresas resulten chuscas una y otra vez. Viajó a Estados Unidos en 1956 y se le comparó con Chaplin. En 1967 tendría un encuentro mágico con el actor y director en un aeropuerto. Como parte de la gira en 1956 hizo su primer viaje a México; ha regresado en veinte ocasiones. Aquí conoció a Luis Buñuel, Diego Rivera y Frida Kahlo. Su hijo, Baptiste Marceau, vive en Monterrey donde enseña yoga. También ha habido un par de desencuentros con tierras mexicanas: en 1994 ofreció su talento al gobierno de México para enseñar a los mimos callejeros y la oferta se quedó en el aire. En 2004, durante las entrevistas previas a su gira, una reportera de televisión le llamó la atención por mirar a la cámara y le pidió que mirara hacia otro punto. Marceau, más allá del bien y del mal, se volvió de espaldas y preguntó: “Así está bien?”... (P.R.)

Programa
Creación del mundo
El jardín público
El pajarero
El tribunal
Las manos
Adolescencia, madurez, vejez y muerte
Bip domador
Bip viaja por el mar
Bip gran artista
El fabricante de máscaras
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.