martes, 12 de octubre de 2004

Septeto habanero: Más legendarios que los legendarios

Foto: Colección Auditorio Nacional

12 de octubre, 2004 / 169 asistentes / Función única /
 2 hrs. de duración / Promotor: 32 Festival Internacional Cervantino 

Arturo García Hernández
Una trompeta retozona echa al aire su hilo de metal que en un ir y venir imprevisible se enreda con las notas retumbonas de un contrabajo. Trompeta y contrabajo tejen una malla, hamaca sonora bordada con los repiques juguetones de un bongó. Sobre la hamaca bailan y se mecen, Nereidas al sol, tres voces de timbre untuoso envueltas por el velo fino y vaporoso que brota de las cuerdas de un tres y una guitarra. Un rumor de mar sereno subyace en el latido de madera de las claves y en el chasquido arenoso del güiro. 

Viene del Caribe la postal sonora que se aposenta en el Lunario. No tenemos frente a nosotros una más de las agrupaciones musicales que vienen de Cuba cada año. De ninguna manera. Lo que emociona al alma, lo que alborota al cuerpo y cosquillea en el oído, es la madre de todas las orquestas soneras de la isla, el Septeto Habanero. Toda una institución. 
En el universo rico, variado y dinámico de la música cubana, el son tiene un lugar especial; es uno de los géneros más complejos de la sincrética identidad cultural de la isla. Según los investigadores, nació en las postrimerías del siglo XIX. La minoría aristocrática que gobernaba entonces al país caribeño lo rechazaba e, incluso, reprimía su interpretación pública. A partir de la segunda década del siglo XX se le aceptó masivamente gracias al Septeto Habanero. Por modas mediáticas y caprichos del mercado musical, el nombre de la agrupación carece de la resonancia de otros tiempos. Pero su leyenda y su prestigio se deben en parte a haber dado a conocer a nivel mundial el son. Fundado en 1920 como sexteto, tuvo su antecedente en el Cuarteto Oriental y en 1927 se convirtió en septeto. Su aporte más evidente y definitivo fue la incorporación de la trompeta y el contrabajo, lo que dio al género un sonido novedoso. 
El Septeto antecedió con mucho a la reciente ola cubana denominada Buena Vista Social Club. Sin embargo, la antigüedad no es un mérito en sí misma. En todo caso, y eso lo oímos ahora pese a la deficiente ecualización, la perdurabilidad de la agrupación se debe al equilibrio entre la sensibilidad y la calidad interpretativa de sus integrantes. Ninguno de los fundadores sobrevive pero quienes ocupan sus lugares hacen honor a sus antecesores. Uniformados con trajes negros y camisas amarillas, los músicos son una vital y cohesionada maquinaria. Los dirige el veterano Germán Pedro Ibáñez, de 76 años, guitarrista, arreglista y cantante.

Foto: Colección Auditorio Nacional
En la segunda mitad de los cuarenta, en pleno apogeo, el Septeto Habanero hizo una exitosa gira por México. Ha pasado demasiado tiempo. Tal vez por eso algunos de los asistentes piden temas de moda: “¡El cuarto de Tulaaa!”, “¡Dos gardeniaaas!”. Como si fuera la hora de las complacencias. Ibáñez se ve obligado a explicar que, salvo excepciones, no interpretan temas que en su versión sonera no hayan sido estrenados por ellos. Las peticiones se repiten e Ibáñez tiene que insistir. Poco a poco la audiencia comprende y de pronto es sorprendida por el estreno de una versión caribeña de “El Rey” de José Alfredo Jiménez. 
Al final, todos contentos y bailando. ¡Faltaba más! 

Programa 
Voy a la calle Vapor 
Si tun ganga 
Que se acabe el leperepe 
Guaracha y son 
Alerta a los bailadores 
Un diciembre feliz 
Orgullo de los soneros 
Eres mi musa 
Fascínate con mi tumbao 
Yo no soy chismoso 
La casa de Ma. Asunción 
El campesino pródigo 
Desde el día que te vi 
Revive la ilusión 
Qué hermoso sueño contigo 
Mira cómo viene 
Luna de miel en Portugal 
Qué sabrosito pa’ gozar 
Son de la loma 
Papá Montero 
Maracas de Neris 
El Rey
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