domingo, 3 de octubre de 2004

Dalai Lama: Verdadero ejemplo de lo que predica

Foto: Colección Auditorio Nacional


Conferencia Ética para el nuevo milenio / 3 de octubre, 2004 / 9 590 asistentes / 

Función única / 2 hrs. de duración / Promotor: Casa Tibet México, A.C.


Sofía González de León
Como es tan sencillo, no impone puntos de vista ni ostenta argumentos; como no intenta mostrar su sabiduría, ni adquiere poses, ni se pronuncia con solemnidad, podría tomársele a la ligera. Pero en el budismo hay un viejo dicho: Lo más simple es lo más difícil. Por eso, en su conferencia del Auditorio Nacional, dentro de su Tour mundial de la paz,* hubo quienes salieron con el corazón lleno y quienes se decepcionaron. El Dalai Lama es un ejemplo de lo que predica; auténtico como pocos, habla con el corazón, y desde que comienza a hablar se hace un gran silencio, aun en el recinto de diez mil butacas.
Para algunos es Su Santidad, para otros, un héroe de la humanidad, pues ha tenido un papel esencial en la historia de los últimos cincuenta años. La lucha por la paz muchas veces pasa desapercibida, a diferencia de la imposición de la guerra y, desgraciadamente, el ser humano es más proclive al dolor y la crueldad que al cultivo de sus virtudes. En el mundo en que vivimos, televisado, mediado por la posesión material y la violencia, es difícil que la sensibilidad se pueda centrar en un discurso simple, ya que no produce adrenalina... La buena noticia es que cada día hay más personas interesadas en revertir esta situación y volver a los valores que preservan la vida y la felicidad. El budismo tibetano es una filosofía (y no una religión, como muchos malentienden) que contribuye a esta tarea. Hoy tiene millones de seguidores en el mundo, siete mil de los cuales son mexicanos. Pero Dalai Lama Tenzin Gyatso no viene a hacer proselitismo, ni mucho menos. Viene a hablar de principios éticos (basados, sí, en el budismo) con los que la humanidad puede enriquecerse enormemente y empezar a contribuir a una paz duradera en el planeta. Como él lo dice: hay que empezar por su propia casa.
Al entrar a la sala del Coloso de Reforma, nos entregan una rosa blanca y un programa de mano. En un collage de música e imágenes se distingue uno de los legendarios mantras del Tibet: Om Mani Peme Hum. Luego aparecen en el escenario siete monjes ataviados con trajes tradicionales para recitar una plegaria propiciatoria. Hay que decir que el viento que mueve telas bajo sus pies es más distracción que decoración, y los cantos de sus voces extraordinarias no pasan bien en los micrófonos. Tras un desconcertado aplauso aparece el invitado de honor quien avanza visiblemente incómodo hacia su silla; se “asoma” con la mano como visera y dice en inglés: “No puedo ver sus caras”. Se queja de la lejanía del público e insiste para que enciendan todas las luces de la sala y la gente se haga así presente. De esta manera transcurrirá la plática, entre actitudes antisolemnes, llenas de buen humor y gestos tan espontáneos como los de un niño. “Desde la última visita habrán pasado momentos difíciles, otros felices, pero lo importante es que estamos vivos”, dice el Dalai para comenzar.
Y entonces habla de la dificultad del ser humano de lidiar con su “yo” y todos los problemas que eso acarrea en nuestra conducta. Menciona las ventajas de la tecnología, pero subraya que a final de cuentas ha traído más sufrimiento y miedo a nuestras vidas. De allí, suelta un comentario asombroso para un líder espiritual: “Pero, desgraciadamente, también las religiones traen muchos problemas...” Habla con sencillísimas metáforas de nuestros más temibles vicios, trazando el puente entre los conflictos individuales y las grandes miserias del mundo —por ejemplo: menciona las abismales diferencias de riqueza en el orbe y luego se ríe de cómo alguien espera a veces la felicidad de un objeto, como un anillo, cuando éste no se la puede proporcionar. Recuerda la tragedia del 11 de septiembre. Advierte del peligro inminente de las armas nucleares. De la pobreza extrema en el continente africano. De cómo los pobres siempre sufren más físicamente y los ricos sufren más emocionalmente. Aclara, sin ningún tapujo, algo que nadie en la prensa se atreve a consignar, tal vez por atípico, porque el Dalai habla con verdadera libertad y sin dogmatismos: los regímenes autoritarios socialistas. Lo más interesante es su balance admirable y justo; se declara “mitad budista y mitad marxista” y explica, que a pesar del totalitarismo con el que se dio el socialismo, el ideal sigue siendo positivo, y la única forma de salir adelante de la difícil situación actual es dar prioridad al interés de la comunidad por encima del bien individual. 
Y luego se centra en las cualidades individuales a desarrollar para contribuir a la paz y la igualdad en el mundo, cada quien desde su trinchera, desde su ser particular: cultivar la compasión, el afecto, el respeto, el altruismo, la responsabilidad, la reverencia hacia todas las cosas vivientes y los seres sintientes. Y para ello, practicar el principio elemental del budismo: la observación compasiva de uno mismo, de nuestras emociones, aprendiendo a detectar cuáles son positivas y cuáles negativas (por ejemplo, con ejercicios sencillos de meditación como contar nuestras respiraciones mientras observamos). Usar nuestra inteligencia, y algo muy importante: buscar nuestra auto-valía.
Todo lo que el Dalai plantea es sabiduría transparente que emana del sentido común y por lo mismo puede pasar inadvertida, como sucedió a aquellos que salieron de esta valiosa rememoración de nuestros valores más profundos sintiéndose insatisfechos. Pero parte del desencanto, hay que decirlo, es causado por el traductor, quien añade de su cosecha a cada concepto, recita su manual de budismo y apaga la esencia de sencillez y frescura de los mensajes y las bromas. Lo más sencillo es lo más difícil. El Kundun lo sabe tan bien que no se toma en serio nada de lo que dice, y pide disculpas por si su plática nos aburre o no nos aporta nada. 

Foto: Colección Auditorio Nacional
Memorable es también su respuesta a una de las preguntas lanzadas por el público al final de la conferencia. “¿Cómo puede contribuir México a la conciencia global?...” El líder tibetano contesta, contundente: “No tengo la menor idea”. En ese momento cayeron al vacío falsas expectativas. Qué lección, en tiempos en los que se confunde, sin gran trabajo, espiritualidad con dogma, fe con superstición. Gracias, una vez más, Dalai. 

* Su libro El arte de vivir en el nuevo milenio (2001) es la base de esta conferencia.

Cronología de un héroe universal
1935 El 6 de julio en Takter, pequeño poblado al noreste del Tibet, nace Lhamo Dhondrub, un niño fuera de lo común. De familia campesina, a los dos años de edad es “reconocido” —según la tradición budista tibetana— como la reencarnación del XIII Dalai Lama, y por lo tanto, como la encarnación de Avalokitesvara, el Buddha de la Compasión.
1940 El 22 de febrero, en Lhasa (la capital) tiene lugar la ceremonia de su entronización, cuando apenas cumple cinco años. Es nombrado Jetsun Jamphel Ngawang Lobsang Yeshe Tenzin Gyatzo (Santo Señor, Dulce Gloria, Compasivo, Defensor de la Fe, Océano de Sabiduría). Un año después, comienza su educación, que finalizará al cumplir 25 años, con el grado de Geshe Lharampa (en filosofía budista).
1950 El 17 de noviembre es llamado para encabezar gobierno y estado de su país, tras la invasión de la Armada Roja china de Mao Tse Tung.
1954 Viaja a Beijing para intentar negociar la paz con el líder de la revolución comunista, quien ve la teocracia tibetana como un peligro y la religión como “el opio de los pueblos”.
1956 En una visita religiosa a la India, se reúne con el primer ministro Nehru para hablar de la situación apremiante en Tibet.
1959 Se gesta un movimiento de resistencia popular que desemboca en la mayor demostración de la historia del Tibet para que China se retire de su territorio. La Armada Roja responde con una brutal represión y exterminio de miles de tibetanos, de sus ciudades y templos. El Dalai Lama escapa a la India, en onde se le ofrece asilo político. Cerca de 80 mil tibetanos lo siguen en su exilio. El líder acude a las Naciones Unidas y logra tres resoluciones (otras dos en 1961 y 1965) con llamados a China para que respete los derechos humanos y la autodeterminación de los tibetanos. Paralelamente, establece intensos programas sociales, educativos y artísticos para preservar la cultura de su país.
1963 Promulga la primera constitución democrática del Tibet basada en los principios budistas y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
1967 Comienza su peregrinaje mundial para promover la paz, la tolerancia y el apoyo al Tibet.
1973 En su primera visita a Occidente se reúne con el Papa Paulo VI: es el primer encuentro de la iglesia católica con el budismo.
1980 Primera reunión con el Papa Juan Pablo II (habrá cuatro más).
1987-88 Lanza su Plan de Paz en Cinco Puntos en Washington, EUA, y en el parlamento europeo en Estrasburgo, Francia. El plan será declarado inválido tres años después por la negativa del gobierno chino.
1989 Obtiene el Nobel de la Paz. Visita México por primera vez y establece aquí la Casa Tibet.
2004 También llamado Yeshe Norbu o, simplemente, Kundun (La Presencia), Dalai Lama Tenzin Gyatso sigue su lucha con la misma frescura de siempre. Con reconocimientos de múltiples universidades del mundo por sus escritos filosóficos (como 40 libros publicados) y su intenso activismo en pro de la paz, los derechos humanos y el medio ambiente, ha dialogado con cientos de líderes religiosos, políticos y parlamentarios, artistas, académicos y pensadores de todos los credos, en 52 países. Hoy, 200 monasterios budistas tibetanos han sido reconstruidos en India. El pueblo tibetano sigue esperando el regreso a su hogar, la meseta más extensa y más alta del orbe, cuna de una visión única del mundo y legado invaluable para la humanidad. (S.G.L.)
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