sábado, 25 de septiembre de 2004

Chucho Valdés y Diego El Cigala: Dos inmensos

Foto: Colección Auditorio Nacional

Lágrimas negras / 25 de septiembre, 2004 / 9 615 asistentes / Función única /
 2 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V.

Arturo García Hernández
¿Alguna vez, Diego, imaginaste algo así? Cuando llevabas tu canto incipiente por las calles del Rastro, barrio madrileño que te vio crecer, ¿soñabas con viajar a ciudades lejanas donde te aclamarían multitudes hechizadas por tu voz, como la reunida esta noche lluviosa de septiembre? ¿De veras nunca te acechó la ilusión de la fama y el reconocimiento? Pues mira lo que provocas.
Se te admira, se te quiere y, salta a la vista, se te desea; por algo el arrebato de las mujeres es mayor. Hay en su delirio una indudable pulsión erótica. Puede no ser lo más importante para ti, pero es obvio que parte de tu éxito masivo tiene un componente extra-musical: la imagen. Además de tu canto añejo y caudaloso, a las mujeres las cautiva tu rostro de Cristo gitano, perfil acaballado, crin azabache larga y ondulada, ancha sonrisa de media luna enmarcada por una barba de candado, mirada matadora. Tan formal con traje oscuro y corbata a rayas.
Por acá se supo de ti en marzo de 2003, cuando viniste al Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México. Una minoría privilegiada tuvo la suerte de escucharte en el Teatro de la Ciudad que ni siquiera se llenó, y un día después en el Zócalo. No hubo el jaleo de ahora, aunque ya habías grabado Lágrimas negras con el inmenso pianista cubano Bebo Valdés, el álbum que te dio proyección mundial. Fue, lo que se dice, un trancazo. El lleno que registra el recinto de Paseo de la Reforma es consecuencia de ese impacto.
Sin embargo, hay que reconocer que desde antes de la fama y las muchedumbres extasiadas, ya estabas bien acreditado como figura prominente de la escena flamenca. El aprendizaje empezó en la calle, invaluable escuela. Todavía usabas el Ramón Jiménez Salazar que te dieron tus padres. En las correrías por peñas y tablados, críticos y colegas descubrieron tu sentido del ritmo y la intensidad telúrica de tus interpretaciones. Ahí nació el alias de Diego. Aún eras muy joven cuando caíste en suerte al trabajar con el inmortal Camarón de la Isla, quien te incorporó a la prestigiosa familia crustácea del flamenco al regalarte el sobrenombre de El Cigala. Quedó sellado tu destino como ícono posmoderno del cante jondo, Diego El Cigala.
Perteneces a una tradición milenaria cuyos orígenes reconoces y honras, pero no temes a la novedad. Eso te ha valido críticas de los puristas, pero también el aplauso de los renovadores. La curiosidad musical te llevó a conocer a Bebo Valdés, una institución de la canción cubana. Lo viste primero en un documental de tu amigo el cineasta Fernando Trueba, Calle 54, dedicado a viejos boleristas cubanos, en el que Valdés interpreta una versión del célebre bolero de Miguel Matamoros (1894–1971). Quedaste impresionado. Luego Trueba los presentó. Él entonces de 84 años, tú de 35. Resultó mutua la admiración y nació el disco Lágrimas negras. Bebo radica en Europa y ya no hace viajes largos en avión. Por eso no te acompaña en la gira por Latinoamérica. En su lugar viene su hijo, Chucho Valdés, director fundador de Irakere. Vaya lujos que te das, Dieguito. Mira que cantar acompañado de quien para muchos es en la actualidad el mejor pianista de jazz del mundo.
Chucho es el primero en dar la cara a las casi 10 mil personas que te esperan en el Auditorio. Se sienta al piano y elabora una extensa, exquisita y prodigiosa versión de “Esta tarde vi llover”. Hace una introducción como sólo puede alguien de su nivel. Armando Manzanero escucha feliz desde una butaca. Después se unen los demás músicos: el veterano maestro José Luis Quintana Changuito, todo entusiasmo en los timbales; Sebú, quien parece copular con su cajón peruano; y el joven Yelsi Heredia, un prodigio en el contrabajo. La gente los ovaciona pero ya te reclama. Guste o no, eres la estrella de la noche.
De inmediato dejas la piel y las entrañas sobre el escenario. No andas con remilgos; tan importante como tu voz es la pasión con que te entregas. El público es recíproco. “Inolvidable” es el primer tema de la velada; sigue “Corazón loco”; tercera en la lista es “Lágrima negras”: una versión de diez minutos que no deja intacto a nadie. ¿Oyes, ves, sientes como estallan y se desparraman los gritos cual confeti multicolor? Estás en el epicentro de un cataclismo de emociones. Por cierto, es un gran gesto hacer extensivo el reconocimiento a Bebo y Chucho Valdés, y a todos los que han tenido que ver en esta etapa venturosa de tu carrera.
Por su calidad sería injusto decir que uno de los músicos que te acompañan fue mejor que otro. Pero tiene que subrayarse la presencia de Chucho Valdés, interlocutor imprescindible para el nivel artístico y la intensidad emocional del diálogo. Las teclas de su piano engarzan entusiasmos y tristezas al lamento conmovedor que emerge de tu boca. Está muy bien la breve introducción que haces a cada tema: “Amar y vivir”, “Veinte años”, “La bien pagá”, “Se me olvidó que te olvidé”, “Vete de mí” (popular en otros tiempos en voz de Bola de Nieve). Ayuda a entender que no te aproximas al género por capricho o estrategia mercadotécnica.

Foto: Colección Auditorio Nacional
En poco más de dos horas le das la vuelta al repertorio de boleros agitanados. Y queda demostrado, gracias a la fuerte tradición en que abrevas, que eres más que una moda. Porque, como bien sabes, la música no se hace buena por el número de discos vendidos sino por su permanencia en el gusto, el recuerdo y el corazón de la gente.

Cronología triple
1918 Nace Bebo Valdés en La Habana, Cuba.
1941 Nace Chucho Valdés, hijo de Bebo.
1944 A los tres años, Chucho toma sus primeras lecciones de piano.
1945 Bebo trabaja como arreglista en la radio cubana.
1948 Bebo dirige el célebre cabaret Tropicana, donde alterna con legendarias figuras estadounidenses del jazz: Dizzy Gillespie, Ray Brown, Milt Jackson, Buddy Rich, Sarah Vaughan y Nat King Cole.
1952 Bebo graba la primera jam session en la historia de la música cubana.
1957 A los 16 años Chucho funda su primer trío de jazz.
1960 Bebo y Chucho tocan juntos por primera vez. Ese año Bebo emigra de Cuba y desde 1963 radica en Estocolmo, Suecia.
1968 Nace en Madrid Ramón Jiménez Salazar, más tarde conocido como Diego El Cigala.
1973 Chucho funda el grupo Irakere, un parteaguas en el jazz latino.
1979 Chucho obtiene, como director de Irakere, el primero de los tres premios Grammy su carrera.
1981 A los 13 años Diego empieza a vivir del canto.
1994 El Cigala empieza su carrera como solista.
1999 El cantaor español lanza su primer disco homónimo.
2000 Bebo y Chucho participan en el documental Calle 54 del español Fernando Trueba, dedicado al jazz latino.
2002 El Cigala conoce a Bebo en Madrid.
2003 Bebo y El Cigala graban Lágrimas negras, un acontecimiento. El disco tiene gran éxito comercial y es calificado por The New York Times como el mejor del año. Diego hace sus primeras presentaciones en México.
2004 Chucho y Diego actúan en el Salón 21 y pisan por vez primera el Auditorio Nacional. (A.G.H.)

Programa
Inolvidable
Veinte años
Se me olvidó que te olvidé
Corazón loco
Lágrimas negras
Vete de mí
Si te contara
Amar y vivir
Compasión
La bien pagá
El concierto de Aranjuez
Obsesión
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.