jueves, 23 de septiembre de 2004

Albita: Un incendio de cubana

Foto: Colección Auditorio Nacional

Qué manera de quererte / 23 y 24 de septiembre, 2004 / 400 asistentes / 
2 funciones / 1:40 hrs. de duración / Promotor: Fundación Colosio, A.C. y FUAAN 

Patricia Ruvalcaba
Como buena cubana, Albita Rodríguez (La Habana, 1962) incendió el Lunario. Todo empezó cuando la cantautora y productora saludó al público desde las afueras del foro: una videocámara la siguió de allí hasta el escenario, donde las notas de “Hello” habían preparado las palmas y las gargantas del público. Apenas entró, se produjo el flamazo. La noche se volvió un lienzo para un sabroso y colorido mestizaje. La fórmula: una potente voz de contralto educada en la campiña cubana bajo los rigores de la canción guajira, enriquecida luego por la fusión de ritmos tradicionales latinos, jazz, rock y, cómo no, rap. 

Habiendo dejado atrás el estilo andrógino que la caracterizó durante años —cabello muy corto y vestimenta hermética que le valieron ser descrita como un híbrido de Beny Moré y Marlene Dietrich—, Albita llevaba el pelo lacio sobre los hombros, pantalón negro y estraple morado con brillos de acero. La leyenda dice que siempre es asombroso presenciar cómo de su menuda complexión emana una voz grave y poderosa... y así fue. 
Después de dos años sin grabar, venía promoviendo Albita llegó (2004), su noveno disco, ganador de un Grammy Latino como Mejor Álbum Tropical Contemporáneo —compuesto sobre una base de rap. El título significa “que aterricé”, ha explicado: “...por primera vez he querido que mi música suene a todas las culturas que conviven” en Miami. Ésta se convirtió en su ciudad adoptiva desde 1993 cuando, con una muda de ropa, cruzó la frontera de México a Estados Unidos fingiéndose turista. Ese día partió en dos su vida. Atrás quedaron la carrera iniciada en la adolescencia, el trabajo de escarbar en las raíces del árbol genealógico musical de la isla y sus primeras fusiones de son y rock. Ya en Miami, tras un periodo de trabajo con los Stefan que algunos consideran un resbalón que la hizo “parecer pop”, encontró un camino personal diferente. Había comenzado su internacionalización, y se estableció en un café de la Pequeña Habana donde la han ovacionado Bill Clinton, Madonna y Liza Minelli. 
La ex telonera de Juan Luis Guerra y Óscar de León mantuvo en combustión gozosa a sus seguidores del Lunario. Con sus seis músicos nunca permitió que bajara la temperatura. Algunas parejas tomaron los pasillos para bailar, los demás hacían lo posible en su asiento. Entre éxitos de discos anteriores y del reciente, Albita ofreció versiones libres de viejas canciones cubanas; con interesantes descargas (así le llaman los cubanos a la improvisación), pregonó, invocó a los dioses de la santería, charló con la gente y le recetó algunos consejos: “No hay nada más importante en esta vida que hacer lo que a uno le da la gana”. La necesidad de ignorar la opinión de los demás, la nostalgia por la tierra natal, la reivindicación del placer, el amor —por supuesto— eran los asuntos, planteados a ritmo de bolero, merengue, conga, guaguancó, rumba. Se permitió un viejo sueño: con el mariachi Santa Cecilia, cantó dos rancheras y “Guantanamera”.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Luego, con esa seguridad que da la madurez, dijo: “Hay una señora que yo quiero mantenerla viva”. Suficiente. Se formó una porra que gritó “¡Celia, Celia!”. Y el fantasma, enorme y enjoyado, presidió con alegría fermentada en el cielo la ejecución de tres de sus grandes éxitos. Hubo más canciones, más fusión, hasta que Albita se fue, heredando una onda de calor para rato. 

Programa 
Albita llegó 
Formas 
Aunque no entiendan 
Azúca’ pa’ tu amargura 
Son sin concepto 
Que me quiten lo bailao 
Si nos dejan 
Qué manera de quererte 
Fiesta pa’ los rumberos 
Corazón rumbero 
El yerberito 
Burundanga 
La vida es un carnaval 

Con mariachi 
Si nos dejan 

Volver, volver 
Guantanamera
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