viernes, 23 de julio de 2004

Roberto Aymes: La herencia de Duke Ellington

Foto: Colección Auditorio Nacional

23 y 24 de julio, 2004 / 601 asistentes / 2 funciones / 
2 hrs. de duración / Promotor: FUAAN 

Fernando Figueroa
Cuatro personajes con pantalones negros, tirantes y sombrero de ala corta se encargan de transformar el Lunario en una nave de visita por el paraíso imaginario de Duke Ellington (1899-1974). Se trata del pianista Luis Zepeda, el violinista Arturo Ramírez, el baterista Salvador Merchand y su líder, Roberto Aymes, en el contrabajo. Con gran oficio y fervor, los músicos recrean piezas memorables del jazzista que dominó el ambiente musical estadounidense durante varias décadas. El público agradece el profesionalismo dejándose llevar de la mano como un niño lo haría en un parque de diversiones. Y el Lunario se convierte en un club de jazz al estilo Cotton Club donde la síncopa y el vino conviven amablemente. 

Durante un cuarto de siglo Roberto Aymes ha sido conductor del programa Panorama del jazz en Radio UNAM, y eso le ayuda a fungir en el escenario como un experto guía con breves explicaciones del contenido y el contexto de cada tema. El contrabajista y sus colegas se introducen en las entrañas musicales afroamericanas del Duque y, aprovechando la plena libertad del género, le imprimen su sello propio con ribetes latinos. De hecho, el bajista se asume graciosamente como afrochilango: toques de chachachá surgen en un tema como “Satin Doll” y un descarado sabor caribeño en “Perdido”, gracias a la aportación creativa de Juan Tizol, trombonista y compositor puertorriqueño que unió su talento al de Duke. También escuchamos algunas piezas que Ellington compuso con el pianista Billy Strayhorn: “Lush Life”, “Take the ‘A’ Train”, “Chelsea Bridge”. 
Roberto Aymes —quien ha colaborado con monstruos como Dizzie Gillespie, Chet Baker, Chick Corea y Arturo Sandoval— no tiene empacho en presentar “Sophisticated Lady” como una de las piezas más hermosas en la historia del jazz, y utiliza palabras semejantes para describir el mítico tema “Caravan” (Ellington-Tizol). El alegre estilo neoyorquino de los años cuarenta recobra vigencia en el siglo XXI mexicano con los acordes de “Don’t Get Around Much Anymore”, cuando Luiz Zepeda desdobla su virtuosismo con pasión ante el par de teclados. Luego de advertir que imprimirán sabor cubano a “It Don’t Mean a Thing”, los ejecutantes arman una tremenda fiesta sonora, en este caso comandada por las percusiones. 
Cuando el genio de Ellington inunda de magia el espacio de esta costilla del Auditorio Nacional, Aymes suelta una anécdota sobre el compositor que enchina la piel de los parroquianos: en un momento dado su nombre sonó como candidato al afamado premio Pullitzer, que se le negó por estrictas cuestiones de racismo; fue entonces cuando el genio nacido en Washington declaró que tal vez era muy joven para obtener esa distinción. Tenía 70 años de edad y cinco años después moriría de cáncer.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Con las manecillas del reloj caminando ya en un nuevo día, el jazz de Ellington se funde con un mambo de Dámaso Pérez Prado, quienes seguramente en ese momento se tienden la mano en el cielo de los genios. 

Programa 
Satin Doll 
Do Nothing ‘Till You Hear From Me 
Sophisticated Lady 
Don’t Get Around Much Anymore 
Chelsea Bridge 
Come Sunday 
Perdido 
Caravan 
Take The “A” Train 
I ’Aint Got Nothin’ But the Blues 
Solitude / Lush Life 
Mood Indigo 
I’m Beginning to See the Light 
It Don’t Mean a Thing (If It Ain’t Got That Swing) 
In a Mellow Tone 
“C” Jam/ Mambo 

Jarocha Nuestro Jazz (24 de julio) 
Foto: Colección Auditorio Nacional


Menos de 24 horas después de haber invocado a Duke Ellington, Roberto Aymes reapareció en el Lunario para ofrecer un programa totalmente distinto y con cambios en la alineación de instrumentistas: “un acercamiento a las piezas estándar del repertorio mexicano, dándole un sabor veracruzano y jazzístico”, según dijo. El público escuchó a un quinteto formado por Jaime Reyes en el piano, Ricardo Benítez en la flauta, Eliud Columba en las percusiones, Salvador Merchand en la batería y Aymes en el contrabajo. 
Si en el tributo a Duke se percibió el deseo de “latinizar” la música del compositor estadounidense, en esta ocasión no existió ningún obstáculo para darle rienda suelta a su espíritu afrocaribeño. La sangre veracruzana de Jaime Reyes y la cubana de Ricardo Benítez (nacido en Camagüey y afincado en México) se mezclaron para crear un coctel con aroma a Golfo de México y Mar Caribe. Sin olvidar que Eliud Columba estuvo a la altura de las circunstancias pegándole a las tumbas, mientras Aymes y Merchand se adaptaban con facilidad al frenesí. San Álvaro Carrillo se apareció en el arranque del concierto cuando el quinteto ejecutó una singular versión de “Sabor a mí”. Y el bolero jazzeado se siguió de filo con “Duerme” (Miguel Prado) y “No puedo ser feliz”, que en su momento casi fuera propiedad de Bola de Nieve, aunque por toda la eternidad el creador seguirá siendo don Adolfo Guzmán. 
Si en el homenaje a Ellington se escuchó una conmovedora versión de “Caravan”, al día siguiente Ricardo Benítez se convirtió en el Flautista de Hamelin capaz de transportarnos por esa melodía, que definitivamente ya pertenece al inconsciente colectivo. El mismo Benítez volvió a mostrar su virtuosismo en “Body & Soul”, de Dan Haerle, y Reyes se apropió de “Silenciosa” y “Rocío”, ambos temas del mexicano y universal Mario Ruiz Armengol. Y por si la noche no hubiera dejado atrás un puerto estable, Aymes comandó una larga y conmovedora versión de “Morning” de Claire Fisher. 
La segunda parte arrancó con la velazquiana “Bésame mucho”, que funcionó como una orden o sugerencia para aquellas parejas del público que aún no habían roto el hielo. En medio de esta avalancha latina, Charlie Parker no se salvó de ser interpretado (“My Little Suede Shoes”) con sello cubano-mexicano y con un Ricardo Benítez totalmente desatado. Al anunciar el “Mambo a la JR”, Aymes mencionó que se trataba de una pieza compuesta por “Dámaso Reyes Prado”, en un evidente jugueteo con el nombre de Jaime Reyes (JR).

Foto: Colección Auditorio Nacional
A la hora que Cenicienta se tuvo que ir a casa, el bajista anunció de pilón un tema que todo el público reconocería sin tener que decir el nombre. Se trató de una deliciosa versión de “La Bikina”, de Rubén Fuentes. Y el show finalizó a tambor batiente con “La comparsa”, del legendario Ernesto Lecuona. El jazz mexicano goza de cabal salud. 

Programa 
Sabor a mí 
Duerme 
No puedo ser feliz 
Caravan 
Body & Soul 
Silenciosa 
Softly as in Morning Sunrise 
Tres palabras 
Little Suede Shoes 
Mambo a la JR 
Rocío 
La Bikina 
La comparsa
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.