sábado, 12 de junio de 2004

Omara Portuondo: Un corazón sabio

Foto: Colección Auditorio Nacional

Flor de amor / 12 de junio, 2004 / 411 asistentes / Función única / 
1:45 hr. de duración / Promotor: Discos Corason 

Jesús Quintero

Fuera del escenario, su talla es pequeña y hasta su modo de caminar revela fragilidad, pero más allá de la mujer de 74 años, sobre el foro del Lunario la figura de Omara Portuondo (Cayo Hueso, Cuba, 1930), igual que su prístina voz, se acrecienta hasta alcanzar la admiración incondicional. 

Podría pensarse que su presentación ha atraído a quienes desean mostrar su adhesión a Cuba, país que con el nuestro ha tenido capítulos ríspidos a nivel diplomático en la primera mitad del año, pero las proclamas de amor, igual que la petición de canciones, van dirigidas sólo a Omara, quien las acata con gran atención y sencillez. En dos ocasiones abre paréntesis en el programa para ofrecer a cappella un par de temas que corazones alborozados le reclaman: “Lo que me queda por vivir” y “Toda una vida”. 
El motivo de esta visita extraordinaria, puesto que andaba de gira en Europa, fue la presentación de Flor de Amor, segundo álbum solista, tras su proyección internacional con Buena Vista Social Club. Si bien en el disco predomina un soplo reposado, la intérprete de “Casa calor” lo entregó en vivo con un espíritu festivo al que contribuyó el octeto dirigido por el saxofonista Alfred Thompson. De entre los ejecutantes destacó Papi Oviedo en el tres (guitarra cubana semejante al requinto) que lo mismo pulsa con cadencia caribeña que con la gramática popularizada por Jimi Hendrix (con el instrumento sobre la nuca y sin ver las cuerdas). 
Valiéndose de la bien dispuesta complicidad del público —a la cual contribuyeron el escritor Gabriel García Márquez y el cronista Carlos Monsiváis—, Portuondo convirtió el entusiasmo en palmadas que le acompañaron aquí y allá, pero que por su cuenta respondieron con fervor al hechizo de su voz. Como otras veces en el Auditorio Nacional, con donaire jugueteó con el público (“No llores más”) y enalteció el ánimo amoroso que se niega a sucumbir ante cualquier obstáculo (“He venido a decirte”). 
La negritud y Yemayá, el amor y las gardenias, los sueños y el abandono... En el repertorio de Omara Portuondo se funden las lecciones cariñosas del ayer con la sabiduría del presente. Lejos de emparentar la felicidad con el estruendo de las trompetas, su voz —cálida y modulada— habla de la fragilidad de los sentimientos o del dolor del desamparo.
Foto: Colección Auditorio Nacional
Y antes del encore (“Lágrimas negras” fundida con “Guantanamera”), la ex-bailarina del Tropicana sacó del baúl su mayor regalo: “Amigas”, la misma canción que en los años cincuenta, con el célebre Cuarteto d’Aída (Elena Burke, Moraima Secada, Omara y su hermana Haydee), sumaba sus aspiraciones y agridulces logros. Dueña de una presencia única, Omara moduló uno a uno los recuerdos para darles personalidad propia y dejar en claro que el pasado es un país al que se puede acceder por la vía del corazón. 

Entrevista exclusiva con Omara 
La escuela, en casa. A la hora del almuerzo, que es cuando nos podíamos reunir todos, mi mamá, que se ponía a fregar la loza, y mi papá en la sala, comenzaban a cantar a dúo. Como era una casa muy pequeña, yo los escuchaba siempre; la música era muy importante. Entonces alguno de ellos me decía: “Omarita, ven que te voy a enseñar esta canción”. Con ellos aprendí “Veinte años”. La cantaba mi mamá y me decía: “Repítela”, y después me decía: “ahora voy a hacer una voz y tú vas a hacer la otra”; y cantaba aquello de: Qué te importa que te ame/ si tú no me quieres ya... De economía no teníamos grandes posibilidades, solamente lo justo para vivir, pero había un amor tan grande que éramos millonarios. 

Clases magistrales en el escenario. ¿Sabes a quien admiré muchísimo? A Toña La Negra, ¡qué clase de voz la de esa mujer! Y admiré a otra mujer que cuando era pequeña la escuchaba y después, de grande, pude compartir escenario con ella: Rita Montanel. Esas dos artistas eran fuertes, muy buenas y ¡con un temperamento! Y estaba también Bola de Nieve. ¡Todos esos artistas eran increíbles! ¡Una actuación de ellos era una clase magistral! 

Mi hermanita Haydee. Es más pequeña que yo. Nosotros estuvimos becadas en una escuela. Allí entrábamos los domingos por la noche o los lunes en la mañana y salíamos los viernes. Y en esa escuela pertenecimos al coro. Mi hermana era soprano y yo soy contralto. Entonces en los fines de curso se presentaban obras de teatro y coros con los mismo alumnos de la escuela. Eso nos ayudó a formarnos musicalmente. Ya de grandes seguimos teniendo la inclinación por bailar, cantar... y nuestros padres nos apoyaron en eso, desde pequeñas hasta hoy, que estoy hablando con usted. (J.Q.

Programa 
Tabú 
Hermosa Habana 
La Sitiera 
Lo que me queda por vivir 
Amor de mis amores 
Amorosa guajira 
No me llores más 
Dos gardenias 

He venido a decirte 
Tiene sabor 
Flor de amor 
Veinte años 
El madrugador 
Toda la vida 
Bésame mucho 
Casa calor 
Mueve la cintura, mulato 
Amigas 
Lágrimas negras
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