miércoles, 30 de junio de 2004

Alberto Cortez: Cuando un amigo regresa

Foto: Colección Auditorio Nacional


30 de junio, 2004 / 344 asistentes / Función única / 
2 hrs. de duración / Promotor: 49 Producciones, S.A. de C.V.

Patricia Ruvalcaba
Una borrachera de nostalgia, la noche en que Alberto Cortez (Rancul, Argentina, 1940) repasó en el Lunario sus más de 40 años como cantautor. Los ingredientes de rigor en una velada bohemia estaban perfectamente colocados: todo mundo armado de una copa; el artista, ataviado de negro, allí, tan cercano como cualquier compañero de vida; la eficiente lacrimosidad de un piano (a cargo de Fernando Badía), y un juego de luces discreto. Como esos abuelos que no te dan domingo sino hasta que les escuchaste contar un montón de anécdotas, Cortez se dedicó a recordar y recordar. El público, maduro y con callo en cuestiones de amor, fue a regodearse en la melancolía de “Carta a mi viejo”, “A mis amigos” o “Miguitas de ternura”.
“Qué alegría estar de vuelta en la noche de la Ciudad de México”, dijo aquel cuyos primeros éxitos —en la segunda mitad de los sesenta— tuvieron como escenario a varias ciudades europeas —sobre todo Madrid— y México, antes que su tierra natal. De hecho, su vasto anecdotario mexicano es sin duda uno de los pilares de su carrera: vibrantes marquesinas en recintos míticos como El Patio, ventas espectaculares, premios, su primera presentación acompañado de orquesta en el renovado Auditorio Nacional (1992)... “Mi árbol y yo” alcanzó en nuestro país dimensiones de himno en 1971, cuando el gobierno federal la adoptó como insignia de una campaña de reforestación.
Y es que Cortez, apodado La Voz de la Amistad, es un caso. Iniciado en la música a los seis años, empezó a componer a los doce. En su juventud pasó del folclor al jazz al tiempo que estudiaba derecho y ciencias sociales. Cuando encontró su voz puso música a poemas del Siglo de Oro español, y desarrolló un estilo que oscila entre lo trágico del tango y lo plácido de la balada, los temas amorosos y los sociales, la locura en pequeña escala y lo comercial. Y llegó para quedarse: un par de películas, reconocimientos innumerables, 39 discos, de los cuales Alberto Cortez Sinfónico (2004) es el más reciente.
De canción en canción, la atmósfera se cargó de una añoranza dulzona. Alberto Cortez, cuya potente voz mantiene el timbre varonil que lo distinguió siempre, aunque ya no alcanza todas las cumbres, sabe intercalar pequeñas historias para las que su público es todo oídos. “La vida”, un homenaje a los regalos que ésta otorga constantemente, y “La ternura”, sobre las batallas entre el amor y la rutina, provocaron aplausos emotivos. Siguieron “Amor, mi gran amor”, elogio a las historias sentimentales longevas, y “El abuelo”, sobre las tareas que hemos de cumplir al acercarse la muerte, como el agradecer. Fueron los ojos del cantante los que se humedecieron con “Camina siempre adelante”; tanto, que abandonó por un momento el escenario. Cuando volvió, la emoción colectiva tomó la fuerza de una avalancha con las melodías que siguieron.

Foto: Colección Auditorio Nacional
El final era predecible. A la medianoche, todo mundo de pie y con lágrimas amontonadas en la garganta, despedía a un Cortez también conmovido, al término de un tema ad hoc: “Cuando un amigo se va”. 

Programa
A mis amigos
Aquella novia primera
Distancia
Alma mía
La ternura
La vida
Juan Golondrina
Instrucciones para ser un pequeño burgués
Amor, mi gran amor
La canción de las cigarras
El abuelo
La bordadora de luz
El vino
Callejero
Carta a mi viejo
Te llegará una rosa
Un cigarrillo, la lluvia y tú
Chiquitín... grandullón
Camina siempre adelante
En un rincón del alma
Miguitas de ternura
Castillos en el aire
Mi árbol y yo
Cuando un amigo se va
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