miércoles, 21 de abril de 2004

Barney: Una propuesta no violenta

Foto: Colección Auditorio Nacional

...y su mundo de colores / 21 al 25 de abril, 2004 / 52 226 asistentes / 
11 funciones / 1:30 hr. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

Olivia Ortiz
Contraria a la imagen que, salvo en Los Picapiedra, el cine y diversas series de televisión han mostrado de los grandes saurios como bestias que arrasan con todo, en 1988 Sheryl Leach, la madre de Barney, emprendió una fantasía que ha compartido con millones de personas en cinco continentes: un dinosaurio morado que habla, canta, es tierno, ofrece su amistad a niñas y niños, los educa de manera amable y les brinda su cariño incondicional. 

En un mundo donde las opciones de entretenimiento están colmadas de violencia, Barney aparece como una mágica brisa que refresca la imaginación; es más humano que muchos otros que así se denominan y se interesa por el cuidado de nuestro planeta, por el rescate de las cualidades y virtudes de los pequeños. Este dinosaurio singular contribuye a que la alegría no esté en vías de extinción. Tan pronto aparece en escena, los rostros de sus admiradores se llenan con sonrisas porque están ante un semejante: su lenguaje corporal es aún impreciso, pero tiene el encanto del bebé que está haciendo apenas sus solitos, reconociendo al mundo con ojos de asombro, aprendiendo a deletrear sus emociones y a transmitir sus afectos sin límite alguno. De allí que millones de infantes —al fin nobles de corazón— se identifiquen con él. 
No deja de llamar la atención que esa alegría contagiosa no es exclusiva de los más pequeños. A Barney lo disfrutan las madres, los padres y abuelos, quienes conocen sus canciones al detalle. ¿Cuál es la razón? Tal vez que en sus temas musicales, el benigno-saurio (que de tirano nada tiene) funde lo cotidiano con lo gracioso, igual que lo hacen los niños, de una manera que a los adultos les permite recordar que ellos también fueron chiquitos y tuvieron la capacidad de ver al mundo con esa sencillez que, recuperada, suena como poesía. La lluvia, los caramelos, el sol, un perro, una estrella, un elefante... todo es objeto de una contemplación sencilla y grata de la vida. 
En la televisión mexicana ha sido desde hace ocho años un guía moral de muchos pequeños y lo ha hecho sin obedecer a las fronteras creadas por el hombre; se sabe instalado en el mundo, no en un país en particular, y transmite a los niños y a sus padres ese sentimiento de camaradería. A pesar de sus más de 200 millones de años de edad, según consta en su acta de nacimiento, el protagonista se acerca a los pequeños con mucho respeto y con el apoyo de sus amigos Baby Bop, BJ, Gina, Donnie, Mike y Sarah quienes, en el mundo de fantasía de Barney, representan a todos los niños de la tierra y a los exigentes espectadores que poblaron el Auditorio Nacional durante once funciones; niños con los que dialoga y mantiene un vínculo interactivo. 
Barney y su mundo de colores inicia en el parque comunitario, donde el anfitrión invita a sus camaradas a comenzar un recorrido fantástico por las cuatro esquinas de nuestro colorido mundo con una propuesta clara: “Si quieres jugar con Barney, usa tu imaginación”. 
Empleando por igual un aeroplano, un autobús y un barco, en los que BJ y Barney se alternan como conductores, el grupo de amigos llega en primer lugar a La Jungla, donde además de los intensos colores, los sorprenden un chango y un elefante con mucho colmillo en el baile. El intenso calor da paso a la lluvia, pretexto que permite al protagonista explicar que “a la selva se la llama también bosque tropical porque se necesita mucha lluvia para que las plantas crezcan”. 
Luego de ese paseo verdoso, deciden visitar un lugar muy distinto: El Ártico. Allí, entre bailes y canciones, conocen a un oso polar y a los pingüinos, representantes de la fauna de aquellas heladas tierras. Entre la nieve, Barney sale en patines y al percatarse que la noche va llegando, presenta a sus amigos las auroras boreales “que se observan en estas partes del mundo” y muestran tantos colores como un arco iris. 
Añorando tierras más cálidas, el grupo se dirige entonces a la playa, donde el intenso sol hace necesario usar lentes oscuros y sobre todo, loción bronceadora, con la cual Baby Bop rocía abundantemente a BJ ante la risa de los espectadores. Un perro, dos patos vacacionistas, un castillo de arena gigante y el espléndido astro hacen más intensa y brillante la visita a la costa. 
Barney asegura que en el fondo del mar hay “cientos de cosas para ver” y con el poder de la imaginación nos sumergimos en él. Debajo contemplamos los arrecifes de coral y gran diversidad de animales. Los niños y adultos de la audiencia, provistos con peces de cartón que les fueron entregados durante el intermedio, son invitados a mecerse como criaturas del mar entre las butacas de la gran sala del Auditorio al ritmo de la música. Luego de que Baby Bop encuentra una gran estrella de mar que, como Elvis Presley, baila y canta rock and roll, halla un cofre que atesora burbujas que se esparcen por el escenario y entre el público, que deseoso se levanta para atraparlas. Finalmente, aparece el gran mamífero del mar: una ballena azul cuyo surtidor arroja no agua, sino confeti.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Al terminar el viaje, el anfitrión recuerda los momentos más sabrosos de su travesía y surge entonces un enorme globo terráqueo, mientras gira convoca a muchos de los personajes del show que cantan y bailan “Los colores nos rodean”. Entonando con sus amigos mexicanos su canción más popular, “Te quiero”, el dinosaurio de la inagotable sonrisa agradece a todos el haberlo acompañado en su travesía. 
Al dar su tradicional beso de despedida, el cuento llega a su fin; al mismo tiempo, del cielo cae una lluvia de corazoncitos de colores que niños y adultos se apresuran a recoger. Cuando las luces se han encendido, la alegría es general al comprobar que, como dice Barney, “imaginar nos hace sonreír”. 

Ganancias y obsequios de un dino. 
Barney y su mundo de colores es el tercer y más ambicioso espectáculo del famoso dinosaurio violeta, producido por HIT Entertainment. Con un costo de alrededor de 500 mil dólares, 45 participantes dentro y fuera del escenario, nuevos y sofisticados efectos de iluminación, el show se articula a través de 24 canciones, algunas ya clásicas, para sensibilizar a la audiencia pre-escolar respecto a los ecosistemas de la Tierra, al tiempo que imparte sus habituales lecciones educativas. Durante dos años (de enero de 2003 hasta diciembre de 2004) viaja por 95 ciudades del mundo, ofreciendo más de 350 representaciones, con un público estimado de 900 mil asistentes. Desde 1998, en que se presentó en México por vez primera, ha logrado reunir a 219 489 asistentes en el Coloso de Reforma. 
Pero no todo es ganancia. Barney también se ha afiliado a organizaciones de beneficencia para niños enfermos. Recorre los hospitales y centros pediátricos donando sus videos pedagógicos y algunos juguetes, además de ofrecer su repertorio en recitales para dar momentos de alegría a los pequeños internos. (O.O.

Programa 
Primer acto 
Tema de Barney 
Si estás feliz y lo sabes 
Estar juntos 
Bombachito 
La canción del avión 
Aventura en la jungla 
La canción del elefante 
Si las gotas de lluvia 
La ruedas del autobús 
El frío llegó 
Mírenme, estoy bailando 
La canción del arco iris 


Segundo acto 

Me encantaría navegar 
Saltando con Baby Bop 
Señor Sol 
Bingo 
Castillos tan altos 
Los patitos 
Si yo viviera dentro del mar 
Las burbujas 
Brilla, brilla estrellita 
Imagina 
Los colores nos rodean 
Te quiero
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