lunes, 29 de marzo de 2004

Jethro Tull: Liga de estrafalarios británicos

Foto: Colección Auditorio Nacional

29 y 30 de marzo, 2004 / 8 361 asistentes / 2 funciones / 2 hrs. de duración / 
Promotores: OCESA S.A de C.V. / Enrique Jiménez Maya 

Jesús Quintero
Aunque muchos escuchas tienen en su mente la imagen de un zarrapastroso y viejo Ian Anderson, con hirsuta greña fundida a la barba, vestido con harapos, tal como aparece en la portada de Aqualung, la verdad es que el líder de la veterana banda británica no vive en el pasado y ha crecido considerablemente para dejar de ser un dinosaurio y convertirse en un músico que abrillanta el espíritu de quienes creen que la vasta tradición del folclor británico, la música clásica, asiática, el blues folk y la electricidad se llevan bien. 


Doce años han pasado de que Jethro Tull se presentó por vez primera en México y en el Auditorio Nacional,[1] y esta vez ante el anuncio de que sus dos recitales tendrían distinto carácter, se antojó asistir a sendas jornadas para comprobar si el virtuosismo del conjunto aún tenía eco entre los progs[2] locales, quienes en apenas cinco meses tuvieron tardías visitas de varias otras leyendas: King Crimson (Auditorio Nacional), Yes (Teatro Metropólitan), 21st Century Schizoid Band (Gran Forum). Del veterano flautista sorprende que hoy, a sus 57 años, se ve más joven que a los veintitantos. Barba y bigote bien recortados, calvicie oculta en un paliacate y en el escenario una actitud de grato y todavía ágil histrión al que le gusta charlar con el público, de manera que pone un mentís rotundo al título del álbum Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir. Pero como Ian Anderson no es Jethro Tull, es indispensable detenerse en los demás integrantes de la banda cuyo debut discográfico se remonta a 1968 con This Was. 
Martin Barre (58 años, guitarra acústica y eléctrica, y flauta) ingresó a los ocho meses de formado el grupo y, junto a Richard Thompson, es uno de los tesoros nacionales del Reino Unido en las seis cuerdas. Sin ampararse en la gestualidad orgásmica de otros colegas más jóvenes, con un fraseo colmado de matices, Barre no le tiene miedo a género alguno y con Anderson consigue un diálogo de intensidades que sólo los años pueden dar. 
Doane Perry (50 años, batería) es el único norteamericano. Durante dos décadas con Jethro Tull ha conseguido ligarse a la sonoridad contrastante del conjunto, donde la rotundez se alía con una delicadeza a la que pocos percusionistas le entran. 
Jonathan Noyce (33 años, bajo) llegó en 1995 y su facha de Charlie Haden desastrado no es coincidencia, pues su acercamiento a las cuatro cuerdas es diáfano e impide que aun los fans más acendrados extrañen a Dave Pegg, ex bajista, quien hizo escuela para luego regresar a Fairport Convention. 
Andrew Giddings (31 años, teclados y acordeón), con una década en el quinteto y gracias a su perfil de estrafalario gentilhombre y a una pasmosa versatilidad, le va bien a esa liga de caballeros que convocaron en el Auditorio a veintiañeros seducidos por los vinilos de papá y abuelos llevando a sus nietos de ocho años. 
Más parecidos a versados músicos de pueblo europeo que a estrellas rimbombantes del rock, los integrantes de Jethro Tull no necesitan gestos extáticos para señalar al público la amplia gama de emociones contenidas en cada historia. A pesar de sus altos decibeles, su música suena rústica sin que esto signifique “decrépita” y refleja, con más corazón que frío raciocinio, dramas, alegrías, esperanzas y denuncias —sin caer en el panfleto. Así, junto a temas esperados como “Nothing Is Easy”, “Thick as a Brick”, “Bourée” y “Aqualung”, el conjunto dejó patente que las canciones menos conocidas no son desechables y sí están atentas a un presente donde caben asuntos penosos como la prostitución infantil (“Beside Myself”) o las instantáneas de unas vacaciones (“A Week of Moments”). 
Anderson viste ahora como explorador que no deja en el camerino la memoria de su hogar (carga su llavero en lugar visible), y si bien su voz ha tenido ligeros quebrantos con el paso del tiempo y en esta primera noche la ecualización hizo poco por ayudarle, su poder expresivo en la flauta y su carisma bastaron para apreciar lo que porta e importa. 
En la segunda noche, planeada como una velada más íntima (para lo cual se cerraron las áreas superiores del recinto), el repertorio fue más breve y el público notablemente reducido, pero la banda se amparó en la versatilidad y el humor. Anderson extendió su instrumentación a flauta de bambú y armónica, amén de una guitarra de proporciones mínimas que había lucido el día previo; el bajista se convirtió en percusionista para un tema y hubo incluso espacio para que Barre ofreciera una pieza de su autoría. 
La ecualización fue benigna y la voz de Anderson sonó ahora sí nítida. Rodeado por aplausos exiguos en número mas no en intensidad, el grupo cumplió su promesa y el repertorio incluyó cambios. No sonó “Thick as a Brick”, pero sí “Life Is a Long Song”, Anderson hizo patente su amor a los gatos con “Boris Dancing” y en “The Water Carrier” una chica con vestimenta hindú irrumpió para ofrecer agua a los músicos, sólo que a falta de cántaros llevaba sendas botellas de litro y medio, pero al ser rehusado su convite, regresó al podio con un vaso que sí aceptó gustoso Andrew Giddings, quien dejó de tocar el acordeón para beber el líquido y agradecer el detalle con un beso, mientras sus compañeros, imperturbables, seguían en lo suyo.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Fiel a su edad y chacota, Anderson se mofó hasta de sí mismo. Como para alcanzar una nota alta se valía de su cuerpo, igual que lo hace un lanzador en el béisbol elevando la pierna izquierda, en “Holly Herald” ese acorde no llegó y el esfuerzo finalmente se tradujo en un calambre que lo llevó a gruñir un sonoro “Oh, shit!”, ante las carcajadas de quienes celebran a la música hecha con el espíritu porque quienes la forjan se están divirtiendo. 
Con un repertorio moldeado en tres y media décadas, y una entrega sin mezquindades, Jethro Tull dejó en claro que su rock está dirigido a quienes quieren soñar con ojos y, sobre todo, oídos bien abiertos. 

[1] El 20 y el 21 de octubre de 1992.
[2] Dícese de los adictos al rock progresivo, con edades que oscilan entre los 23 y 55 años.

Entrevista exclusiva con Ian Anderson 
En torno a la flauta se suele pensar que Rahsaan Roland Kirk fue un influencia decisiva en usted, ¿pero a quién más se puede añadir a la lista? 
Roland Kirk era un fenomenal y loco músico de jazz que cambiaba con frecuencia de estilos y tocaba varios saxofones simultáneamente. Más adelante grabó un álbum donde sólo tocaba la flauta (I Talk to the Spirits, de 1964) y que me asombró mucho. Seleccioné una pieza de ese álbum (“Serenade to a Cuckoo”) y la incorporé a nuestro primer álbum (This Was, de 1968), pero quien ha sido una gran influencia en mi forma de tocar es Eric Clapton. Fue decisivo durante mucho tiempo porque cuando empecé a tocar la flauta quería sonar como guitarra eléctrica. Mientras que Roland Kirk me permitió entender algunos aspectos del jazz y del blues, yo sólo traté de tomar algunos elementos suyos, pero no fue una influencia como sí lo fueron Clapton, Jimi Hendrix, Beethoven, Bach u otros. 

A pesar de su obra, la flauta no alcanzó la popularidad de la guitarra. 
No, sólo he advertido dos casos muy relevantes en los últimos cuarenta o cincuenta años en términos instrumentales. El primero es el ascenso y dominio de la guitarra eléctrica, y el segundo es el uso de las computadoras para generar sonidos musicales. Esto le ha permitido hacer música a gente que no tiene un talento convencional y que tal vez no desea aprender a tocar un instrumento. 

¿Y qué opinión le merece esa música? 
Estoy a favor de ellos. La gente que hace éxitos radiofónicos en su dormitorio con una computadora de mil libras y con un software de cien, tiene mi simpatía. Es mejor hacer música de esa manera que no hacer ninguna. 

Pero a esa gente nunca la veremos en Jethro Tull. 
No lo creo. Los que estamos en la banda pertenecemos a una estirpe extraña. Pero igual puede ocurrir que Jonathan Noyce, nuestro bajista, nos dé una sorpresa y haga un sencillo de música bailable con el que gane en un mes lo que percibe con el grupo en cinco años. 

Una impresión que se tiene de usted, dada su vestimenta, es que se trata de un señor feudal con costumbres muy británicas. 
Me considero un tipo afortunado porque soy práctico. A diferencia de los tenistas o futbolistas, que no pueden vestir de otra forma para hacer sus actividades, o de los músicos que para un show se ponen ropa muy extravagante, soy un artista que en el escenario asumo un personaje pero uso ropa cómoda. Y cuando digo que soy práctico me refiero a que puedo lavar mi ropa en el baño de los hoteles. 

Cuando está de gira, ¿qué tipo de música escucha? 
Cuando estoy de gira no escucho nada. Vamos tocando nuestra música y sólo nuestra música. Hacia el atardecer revisamos el sonido y en la noche damos el concierto. En todo caso sólo escucho el sonido del viento entre los árboles... 

...o el del agua en el lavabo mientras lava su ropa. 
Por supuesto, es grato escucharlo mientras como de fondo está CNN en la televisión. (J.Q.

Programa 
29 de marzo: 
Litp 
Nothing Is Easy 
Beggar’s Farm 
Thick as a Brick 
Eurology 
Weathercock 
Pavane 
Beside Myself 
A Week of Moments 
Bourée 
Mother Goose 
Dot Com 
Songs From the Wood / Too Old to Rock’n Roll: Too Young to Die / Heavy Horses 
God Rest Ye Merry Gentlemen 
Budapest 
Holly Herald 
Aqualung 
Wind Up 
Locomotive Breath 

30 de marzo: 
Litp 
With You There to Help Me 
Life Is a Long Song 
Boris Dancing 
Hunt by Numbers 
Weathercock 
Bourée 
Farm on the Freeway 
A Winter Snowscape 
The Water Carrier 
Dot Com 
A New Day Yesterday 
In the Grip of Stronger Stuff 
My God 
Holly Herald 
Aqualung 
Wind Up 
Locomotive Breath
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.