sábado, 13 de diciembre de 2003

El Cascanueces: Como entrar a un libro de cuentos

Foto: Colección Auditorio Nacional

13, 14, 16 al 23 de  diciembre, 2003 / 10 funciones / 
40 531asistentes / 2 hrs. de duración

Patricia Cardona
Muchos entran al Auditorio Nacional con la bufanda hasta las orejas, guantes y abrigo de lana. El frío de la noche cala los huesos. Y el invierno blanco de la ficción escénica del ballet en dos actos El Cascanueces, lo recrudece. Hay más adultos que niños. Pero niños somos todos si gozamos de un espectáculo así. Es como introducirse en los libros de cuentos alemanes, olorosos a madera de armario antiguo. Todo está diseñado para que olvidemos el vértigo de la postmodernidad. En su 40 Aniversario, la Compañía Nacional de Danza, bajo la dirección de Dariusz Blajer, se ha vestido de gala, una vez más, y a la manera tradicional navideña.

La escenografía de Laura Rode nos remonta a la más rancia aristocracia europea. El vestuario de Carlo Demichelis, suntuoso también, nos traslada al siglo XIX. Desde nuestras butacas entramos al escenario de 1892 cuando se estrenó el libreto del patriarca del Ballet Imperial Ruso, Marius Petipa, en versión del coreógrafo Lev Ivanov. Nina Novak adaptó el contenido que conocimos en el colosal Auditorio. Se trata de una historia que primero escribió Ernest Theodor Amadeus Hoffman en tono casi perverso y que más tarde Alejandro Dumas endulzó para el público infantil. Pero fue Petipa quien despojó de todo drama a la obra original para convertirla en este bombón del repertorio del ballet clásico tradicional, musicalizado por el siempre melancólico Tchaikovsky.

También iluminación de Gabriel Pascal ayuda a la recreación de esa atmósfera detonadora, para muchos, de emociones sublimes. ¿Por eso el Auditorio Nacional puede llenarse de parejas de todas las edades y profesiones, colonias y delegaciones de esta saturadísima metrópoli? Algunos, bastante audaces, sacaron a sus hijos de tres años y poco más para que desde sus abrigos de invierno asomaran la carita y abrieran bien los ojos. No siempre verán un árbol de Navidad así de gigante. No siempre vivirán dentro de un sueño imaginado por otro, en este caso la niña Clara, protagonista del cuento. Y no es todos los días que pueden envidiar a los niños de la Escuela Nacional de Danza Clásica que sobre el escenario juegan y actúan y son vistos por miles y miles de espectadores. Tampoco es fácil ver que un muñeco pueda  girar y saltar gracias a los poderes de un mago juguetero. Y nunca estarán en una habitación donde los muebles crecen y legiones de ratones saltarines y soldaditos disciplinados combaten al ritmo de la música. Mucho menos verán nevar con tanto resplandor. Y no es todos los días que los copos de nieve son delicadísimas bailarinas entrenadas con disciplina feroz para poder dar la ilusión de ingravidez. ¿Y desde cuándo un muñeco de madera se convierte en príncipe gracias al amor de una doncella?
La noche en que ocurre el sueño de Clara (la protagonista del cuento), la luna brilla en todo su esplendor. Afuera del salón donde se reúne la familia, los jardines están nevados. Hay una bruma que todo lo envuelve, como en una nube de ensueño, literalmente. Ha llegado el padrino y juguetero Herr Drosselmeyer con maravillosos juguetes para Clara y su hermano Fritz. Entre ellos, un cascanueces. Se reparten copas de champagne y después de la alegre embriaguez, los invitados parten a sus casas. Y empieza el divertimento.
La Compañía Nacional de Danza celebra la Navidad con esta producción de lujo que reúne a cerca de 75 bailarines en escena. La primera versión se llevó a cabo en 1969, a cargo de Jorge Cano. Durante veinte años se vio en el Palacio de Bellas Artes, acompañada de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, bajo la dirección de Enrique Patrón de Rueda. 
Para Tchaikovsky éste fue su tercero y último ballet después de El lago de los cisnes y La bella durmiente. Y aunque en gustos se rompen géneros, muchos consideran que su partitura es la responsable de que El cascanueces haya resistido el paso del tiempo. Sin embargo, coreográficamente permite el lucimiento de la técnica clásica. Y en este sentido, en la medida en que una compañía crece y madura, la obra se enriquece y brilla por sí misma. Es el caso de la Compañía Nacional de Danza que cuenta hoy con un sólido cuerpo de baile y solistas capaces de sacarle el brillo a las características del ballet romántico. Porque así como encontramos lo “turco” en Mozart, lo “húngaro” en Brahms, cuya música, muy atractiva, nada tiene que ver con Turquía ni con Hungría en un sentido profundo, el mismo romanticismo ve las culturas periféricas como fuentes de inspiración, por ser supuestamente más arcaicas y puras. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
La entrada al segundo acto es la continuación del viaje al País de Nunca Jamás, que para Marius Petipa es de azúcar: el escenario de lucimiento de bailarines virtuosos que vivirán como angelitos, chocolates de España, café de Arabia, te de China, nougat de Francia, flautas de caramelo y jardines de flores. Pero el aplauso se lo lleva el hada de azúcar y su acompañante. En sentido estricto, estos personajes son los centrales de la obra. Aquí, el hilo dramático se diluye y más que acciones, que sí vemos en el primer acto, tenemos danza decorativa, de entretenimiento para que Clara, acompañada de su príncipe, se deleite con la fiesta de la fantasía coreográfica. Este espectáculo o desfile de delicias exóticas vendría siendo el premio que gana la protagonista por rescatar al príncipe de su condición de muñeco inerte.
Mientras tanto, la luna brilla, el frío cala y el sueño de Clara nunca termina. Bueno, es lo que quisiera todo niño espectador. 
El cascanueces en México
En 1969 Jorge Cano monta la obra para los bailarines del Ballet Clásico de México, que junto con el Ballet Concierto, fundan la Compañía Nacional de Danza. Antes, la Academia de la Danza Mexicana y el Ballet de Monterrey habían presentado otras versiones. Actuaron en el Auditorio Nacional con más de veinte funciones. Cerraron la temporada los bailarines Aurora Bosch (Cuba) y Carlos López (México).
La Compañía Nacional de Danza aprovechó la estancia de la coreógrafa Nina Novak en México para montar Ballet Imperial y El cascanueces, versión que conocía del Ballet Ruso de Monte Carlo, sobre la versión original de Lev Ivanov. Se estrenó en 1980 durante el Festival de Ópera y Ballet en la ciudad de Monterrey. Participaron Sylvie Reynaud y Sygmunt Szostak. Esta misma versión se repitió en Saltillo con Dianne Gaddy y Alpo Pacarinen. 
También en 1980, el 2 de diciembre, se presentó por vez primera la versión de Nina Novak en el Palacio de Bellas Artes, acompañada de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes. Participaron los niños del Sistema Nacional para la Enseñanza Profesional de la Danza en los roles de ratoncitos, soldados y angelitos. Desde entonces, El cascanueces es tradición anual en México.
El 15 de diciembre de 1991 se llegó a las cien representaciones en el Palacio de Bellas Artes. En 1996 Laura Rode diseñó la escenografía actual y en 1997 se presentó el nuevo vestuario diseñado por Carlo Demichelis.
En 1999 se estrenó la nueva versión de a cargo de James Kelly, que reúne la técnica clásica y el estilo neoclásico. Sin embargo, para las presentaciones de 2002 y 2003 en el Auditorio Nacional, se regresó a la versión coreográfica tradicional de Nina Novak. (P.C.)


El Cascanueces 
Música: compuesta entre 1891-92 por Piotr Illyich Tchaikovsky (1840-1910)
Coreografía: Nina Novak (n. 1943), sobre la original de Lev Ivanov(1834-1901)
Libreto: de 1892, de Marius Petipa, basado en la versión de Alexandro Dumas del cuento de E.T.A. Hoffmann (de 1916)
Escenografía: Laura Rode
Vestuario: Carlo Demichelis
Iluminación: Gabriel Pascal
Efectos especiales: Alejandro Jara y Grupo Profesional de México

Primeros bailarines:
Sandra Bárcenas, Irma Morales, Laura Morelos, Raúl Fernández, Jaime Vargas, Jorge Vega.
Primeros solistas: Carmen Correa, Alma Rosa Cota, Jacqueline López, Erick Campos, Jiandy Martínez, Rafael Santiago.
Solistas: Iratxe Beorlegui, Martha de Ita, Giselle Gómez, Slauka Ladewig, Patricia Orozco, Aurora Vázquez, José Luis González, Ares Perezmurphy, Guillermo Ríos.

...y 50 bailarines más, la mayoría niñas y niños.

Orquesta del Teatro de Bellas Artes
Director huésped: Enrique Patrón de Rueda

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