lunes, 20 de octubre de 2003

Royal Philharmonic Orchestra: Polémico sí, aburrido no

Foto: Colección Auditorio Nacional

20 de octubre, 2003 / 4 182 asistentes / 
Función única / 2 hrs. de duración 

Juan Arturo Brennan
Unos días antes de su presentación en el Auditorio Nacional al frente de la Royal Philharmonic Orchestra, el director de Orquesta Enrique Bátiz hizo algunas declaraciones en la prensa, de entre las que se puede rescatar esta frase contundente, muy cierta, y que sin duda se puede prestar a la controversia: “Es preferible ser polémico que aburrido.” Y vaya que Enrique Bátiz se ha mantenido fiel a ese principio durante los largos años de su carrera. En numerosas ocasiones se ha visto envuelto en polémicas surgidas de su personalidad, de su trato con sus colegas, de sus proyectos personales e institucionales, de su relación con el poder y con las figuras en el poder y, en general, de su imagen pública como músico. Y en medio de todas estas polémicas, en  ocasiones suele perderse de vista un  hecho cierto y comprobable que muchos de sus críticos no le reconocen: Enrique Bátiz es un buen director de orquesta, con una visión propia e individual de la música que dirige; si su forma de comunicar esta visión es a menudo áspera, esa es harina de otro costal. Con estos antecedentes, Bátiz se presentó en el Auditorio Nacional en una de las escalas de la gira que realizó con la orquesta inglesa en el marco de su participación en el Festival Internacional Cervantino. Como un dato importante, vale la pena recordar que a lo largo de los años Bátiz ha desarrollado y mantenido una estrecha y productiva relación con las orquestas inglesas, uno de cuyos frutos más tangibles es una amplia y numerosa discografía grabada con estos espléndidos conjuntos sinfónicos.  Esta componente británica del trabajo musical de Bátiz fue reforzada por el hecho de que en el concierto participaron dos jóvenes solistas inglesas, y la última obra del programa fue una de las obras más significativas de la producción orquestal de Inglaterra.


El Auditorio Nacional registró una entrada menos satisfactoria de lo que hubiera podido esperarse dada la calidad de la orquesta, el prestigio local del director y un programa muy accesible que incluyó dos infalibles caballitos de batalla: el Concierto para violín Op. 64 de Félix Mendelssohn  y el Concierto para piano  Op. 16 de Edvard Grieg. La solista en la obra de Mendelssohn fue Nicola Loud, y demostró un dominio técnico muy sólido de la materia musical, así como una buena comprensión de la doble vertiente estilística del compositor, situado en la frontera entre lo clásico y lo romántico. Después, la pianista Lucy Parham abordó la obra de Grieg con una notable atención a los contrastes dinámicos, matizando con claridad la diferencia entre los pasajes enérgicos y apasionados y aquellos en los que priva el lirismo y el espíritu cantabile. Extrañamente, tratándose de dos de los conciertos favoritos del repertorio, la respuesta del público fue tibia y un tanto indiferente. Esto, en contraste con la recepción de la obra inicial del programa, la obertura de la ópera Ruslán y Ludmila de  Mikhail Glinka, en la que Bátiz demostró que el repertorio ruso (al igual que el español) se le da con especial naturalidad. Desde las primeras obras del programa el público pudo apreciar las enormes dificultades que implica sonorizar y amplificar una orquesta sinfónica de este calibre en un espacio tan amplio. Algunos melómanos acostumbrados a escuchar orquestas de primera en escenarios de condiciones acústicas impecables mencionaron que la amplificación hizo resaltar demasiado a la sección de cuerdas, confiriéndole un brillo metálico que ocasionó un leve desequilibrio con las otras secciones de la orquesta. A cambio, la sonorización permitió al público apreciar con claridad las virtudes interpretativas de la orquesta londinense, que son muchas.  Después de su sobria ejecución del Concierto Op. 16 de Grieg, la pianista Lucy Parham interpretó con una buena mezcla de delicadeza y variedad rítmica uno de los valses más conocidos de  Frédéric Chopin.

El plato fuerte de este programa a cargo de Enrique Bátiz y la Royal Philharmonic Orchestra fue, sin duda, la más conocida obra de Edward Elgar, sus nobles Variaciones Enigma Op. 36. Lástima que un buen número de asistentes se haya ausentado antes de la ejecución de esta obra, porque sin duda contiene muchas riquezas que bien valen la pena de ser escuchadas. ¿Quizá se sintieron satisfechos de haber escuchado los conciertos de Mendelssohn y Grieg y creyeron que Elgar salía sobrando? Craso error, sin duda. Bátiz logró algunos momentos realmente poderosos en las partes más extrovertidas de las Variaciones Enigma, y supo aligerar la textura de su tremenda orquesta cuando la partitura así lo requería. Según los parámetros usuales de ejecución de esta obra, podría decirse que Bátiz tomó las páginas finales de la pieza de Elgar de manera un tanto apresurada, cosa que también se le ha señalado en otras ocasiones con otras obras. Al final del programa, la reacción del público resultó un poco más cálida que para las obras anteriores. Y en respuesta, Bátiz agradeció la presencia de los asistentes y afirmó:
“El concierto ya se terminó, pero si ustedes lo desean con mucho gusto tocaremos algunas más.”
Claro, se trata de una oferta que ningún público puede rechazar, y la orquesta inglesa y el director mexicano procedieron a interpretar la famosa Estrellita de Manuel M. Ponce (probablemente en el almibarado arreglo de Elías Breeskin), así como una versión muy veloz de una de las Danzas eslavas de Antonin Dvorák.
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Entre las cuestiones polémicas arriba mencionadas, hay una que se ha repetido con insistencia: el protagonismo que en ocasiones caracteriza la actuación de Enrique Bátiz en el podio. Sobre este particular, justo es decir que en este concierto al frente de la Royal Philharmonic Orchestra, el director mexicano hizo gala de una notable discreción, particularmente en lo que se refiere al trabajo de acompañamiento de sus jóvenes y talentosas solistas inglesas. Es un  hecho, sin embargo, que con tal combinación de orquesta, director y repertorio, hubiera sido lógico esperar una asistencia más nutrida al Auditorio Nacional, y una respuesta más cálida y generosa por parte del público. 


Programa

Mikhail Ivanovich Glinka
Obertura de Ruslan y Ludmila

Felix Mendelssohn
Concierto en Mi menor para violín y orquesta Op. 64 
Nicola Loud, violín

Edvard Grieg
Concierto en La menor para piano y orquesta Op. 16
Lucy Parham, piano

Edward Elgar
Variaciones Enigma Op.36


Royal Philharmonic Orchestra
Director:
Enrique Bátiz


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