viernes, 10 de octubre de 2003

Alejandro Fernández: Alazán retinto y fashion

Foto: Colección Auditorio Nacional

10, 11, 16 al 18, 23 y 24 de octubre, 2003 / 60, 800 asistentes / 
7 funciones / 3 hrs. de duración

Patricia Ruvalcaba
Señores, señoras, ejem...: la perfección casi existe. 60,800 personas lo pueden atestiguar más o menos así: el Coso de Reforma está lleno, vibrante, caliente, hay descargas de silbidos, palmadas y gritos de impaciencia. Dos gruesas arcadas de piedra, como fragmento de una ex hacienda, flanquean el escenario. Como parásitos, gordas raíces de árboles se abrazan a los arcos. Se hace la penumbra, hay sonidos de tormenta y en la pantalla gigante del centro, en un cielo tonante, se revuelven rayos y nubes. El video muestra un patio campirano, se escuchan los cascos de un caballo que se acerca. La expectación crece. El jinete llega al centro, descabalga y se descubre: es Zapata, redivivo y empapado. Explota una ovación en el foro. La pantalla se oscurece. Una silueta negra aparece a contraluz en el fondo del escenario. Conocedor del oficio, Alejandro Fernández aguarda unos segundos, antes de caminar hacia el frente. Ahora lo bañan la luz y una masa de gritos. Es una aparición del pasado revolucionario con look fashion. Bronceado impecable, mostacho a la manera del Caudillo del Sur, pinceladas de canas en las sienes, y traje charro minimalista: cuero negro, un solo botón en el pecho, sin pistolas ni guarniciones, sombrero a juego, moño de seda color vino. Seguro, dispuesto, juguetón, sensual. Lejos quedó El Potrillo. Ahora, frente a los miles que lo miran –y él se deja mirar-, sobre un piso cubierto de hojarasca, está un alazán retinto pura sangre, de buena alzada y mejor temperamento, fino semental de crin lustrosa y ancas potentes... 


 “¡México!: ¿cómo estás?”, pregunta. “¡Oooohhhh!” es la respuesta, en código femenino, aún cuando el foro está abarrotado de gente de todo color, edad y grosor en la billetera. Y así, en alto, en clímax, inicia el encuentro, con un popurrí de huapangos seguido de “Pájaro perdido”, “Que seas muy feliz” y una versión condenadamente dulce de “Abrázame”. Sigilosos, el mariachi Real de México, un grupo de músicos sinfónicos y cuatro coristas habían ocupado su lugar mientras “El Charro Sexy” hacía su triunfal aparición. Otro popurrí cien por ciento ranchero (“Tú, sólo tú/ No volveré”) y uno más en homenaje a Agustín Lara (“Noche de ronda/ Solamente una vez/ Granada”) le permiten hacer unos alardes vocales que el Auditorio, íntegro, aplaude de pie. Estos números se alternan con baladas como “Loco” o “Que digan misa”. En tanto, un cuerpo de baile interviene a veces con coreografías sencillas, y las pantallas proyectan videoclips de moderna factura para las interpretaciones cercanas al pop, en los que el cantante luce su musculatura mientras acaricia a una odiosa modelo quien seguramente tiene celulitis detrás de las orejas; o bien, Ale en sepia o blanco y negro, de charro tradicional. La escenografía –obra del cinefotógrafo Sergio Ulloa— parece viva: las raíces adheridas a las arcadas laten, se ablandan o endurecen según las afectan las luces de colores. Es un espectáculo de primera, con ejecuciones musicales idem. La prueba es que el clímax no sólo se ha sostenido, sino que ha mostrado crestas, y la gente corea las canciones, fusiones ranchero-caribeñas, ranchero-flamencas, otras típicas de José Alfredo o versiones traviesas de jarabes jalisquillos como “Guadalajara”. La ocasión sirve para promover el disco número 12 del artista, Niña amada mía. En uno de los momentos más emotivos, si cabe decirlo, Ana Gabriel sube al escenario y cantan a dúo “El sauce y la palma”, “Es demasiado tarde”, “Ella”.

-¿Dónde están las prietas?
-¡Aquííííí!, chillan prietas, güeras y apiñonadas.
-Esta canción se la vamos a dedicar a todas las morenas que están aquí.
-¡Ooooohhhh! 
Ni modo, la proyección erótica de Alejandro Fernández es como la Barranca del Cobre o el mar Caribe, un fenómeno natural. ¿Qué tanto está barnizada de marketing? A nadie le importa. El punto es que durante todo el concierto, grupos o parejas de muchachas, aquí y allá, cantan y bailan mostrando sus ombligos con piercing. Que cuando él accede a las peticiones de “¡Vueeelta, vueelta!” y da el show meneando la cadera, hay un desquiciamiento instantáneo. Envía un beso en el aire a cierta mujer del público y la imagen queda inscrita en la historia de la poesía. Y si se dirige a otra con un “¡Ay, chiquita… cabroncita…!”, el aullido es general. Ejecuta unos lances imitando a un torero y la estructura del coso vibra. Él parece divertido con la tormenta de piropos, ingeniosos o limitados –no sólo a ellos se les seca el coco-, pícaros o recatados, que le cae encima. Quizás el mejor dictamen de la noche acerca de las cualidades del espécimen, es el expresado por una mujer madura: “Este muchacho es y está”. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional

Como sea, indudablemente, miles de pantaletas y tangas estarán empapadas. Se acerca el final. Alejandro ha brindado con el público: “¡Viva México, viva Zapata!”; ha puesto a competir a las gargantas femeninas con las masculinas, con el predecible resultado; ha saltado de gusto, pidiendo aplausos para su equipo y, cómo no, para sí mismo; ha hecho lo que se le ha dado la gana. En mangas de camisa, y cantando “Las leyes del querer” y “Te quiero a pesar de todo” en versión guapachosa, deja rendido al monstruo ante su magnífica persona.  

¿Zapata masculinista?
El canon está rompido, y para siempre. Alejandro Fernández, como su colega Pepe Aguilar, encarna una paradoja que los charros más bragados no hubieran imaginado ni en sus peores pesadillas. Es el charro masculinista (o sensible), el que proviniendo de una cultura considerada el summum del machismo, se declara abiertamente a favor de un trato respetuoso y amoroso hacia las mujeres. Yo no soy de esos que se sienten superior(es) a la mujer, yo me declaro dócilmente dominado, dice la letra de “Es la mujer”, mientras que “Mátalas” es un manual de seducción que combina las antiguas artes de la caballerosidad con ingredientes eróticos. Para colmo, ya no usa pistola y admite sus fragilidades y sus miedos. Un ataque al centro mismo de los valores tradicionales de la cultura rural mexicana. La sospecha sobre si los señores del marketing tienen algo que ver es pertinente, pero Ale parece coherente cuando uno examina sus actitudes fuera del escenario. Esta nueva propuesta luce más extremosa aún ahora que el cantante y compositor se ha estrenado como actor de cine encarnando al protagonista  de Zapata (2003, Alfonso Arau), cuyo look ha adoptado. Pero más allá de estas consideraciones, Ale es un artista en pleno crecimiento. En 2002, en el Palacio de Bellas Artes, grabó un disco acompañado por la Orquesta Filarmónica de México; antes de ésta, su sexta presentación en el coloso de Reforma, reinauguró el Caesar’s Palace Coliseum de Las Vegas.     (P.R.)


Programa
(en la primera noche)

Popurrí de huapangos
Pájaro perdido
Que seas muy feliz
Abrázame
Mátalas 
Si tú supieras
No sé olvidar
Popurrí ranchero
Nube viajera
¿Por qué no estás conmigo?
Popurrí de Agustín Lara
Loco
Si he sabido amor
Que digan misa
El monstruo
Tantita pena
Niña amada mía
Ella 
Bésame mucho
Ay, amor
Como yo te amé
Como el sol y el trigo
Quisiera
Es la mujer
Cuando yo quería ser grande
Popurrí mexicano
Estrella
Si nos dejan
Ámame
Quiéreme
Ingrato amor
Qué poca
No soy monedita de oro
El rey
Mi gusto es

Con Ana Gabriel:
El sauce y la palma
Es demasiado tarde
Ella
Ya no es lo mismo 

Solo:
Las leyes del querer
Tú sabes que soy parejo
Te quiero a pesar de todo...


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