sábado, 20 de septiembre de 2003

Compañía Nacional De Danza: Dos visiones del Medioevo

Foto: Colección Auditorio Nacional

Raymonda y Carmina Burana  / 20 y 21 de septiembre, 2003 / 
16 370 asistentes / 2 hrs. de duración

Patricia Cardona
Si algo se le agradece a la Compañía Nacional de Danza es permitirnos celebrar su 40 aniversario con los cantos de taberna de los monjes poetas del siglo XII. Léase Carmina Burana.  Digamos que el júbilo de estos "extravíos" bucólicos (de religiosos amantes de la sagrada sensualidad), nos remiten a nuestra propia naturaleza lúdica y rítmica. Carl Orff la organizó en explosivas cantatas dedicadas al destino, la primavera y el amor para un espectáculo total que la coreógrafa Nellie Happee supo convertir en  alimento visual. José Solé comparte la dirección escénica. ¡Apenas para llenar el vientre infinito del Auditorio Nacional!

El público inquieto y expectante ocupó el noventa por ciento de las butacas de la monumental sala. ¿Que no hay público para la danza? Aquí se rompen reglas. Vitalidad, esencia y poética; canto, danza y música instrumental juntos se encargaron de atrapar a los espectadores que como un solo cuerpo concentrado de miradas se entregó a la seducción de esta obra única en su género. 

El tercer acto de Raymonda también aparece en el programa como un aperitivo en este aniversario de gala.  Es la copa de champagne que abre el apetito antes de brindar con el vino tinto que acompaña el banquete. Esta pieza  nos recuerda la nitidez y organización científica del ballet clásico a la manera de Marius Petipa, el Zar del ballet romántico. Aunque la acción escénica transcurre en la Hungría medieval durante las cruzadas, la versión coreográfica de Fernando Bujones está muy lejos del ímpetu báquico de los monjes errantes de la Edad Media. La desbordante embriaguez de los clérigos de Bavaria y la contención idealizada y virtuosa de Raymonda presentan dos visiones de una misma época.  
Recordemos, a manera de breve recuento, que durante el Renacimiento el cuerpo adquirió un valor estético al lado de las demás artes. Los creadores entendieron por naturaleza, la naturaleza civilizada como lo era el Parque de Versalles. Las danzas campesinas también fueron ornamentadas y sometidas a las reglas de la razón. El estilo noble, grave y majestuoso era la imagen misma del orden, de la mesura. Se estaba respondiendo a la necesidad científica de la época. Así nació el ballet clásico que Luis XIV convirtió en la savia de su cuerpo. Para algunos, la danza se encarceló en la técnica metálica. Hasta que en el siglo XX las exigencias expresivas del modernismo introdujeron la revolución estética en las entrañas de la era romántica. Y se liberó el cuerpo.
Durante 40 años la Compañía Nacional de Danza, ahora bajo la dirección de Dariusz Blajer, ha caminado paralelamente con las conquistas estéticas del siglo XX. Empezó con la reunión de esfuerzos de los bailarines independientes que durante la primera mitad de siglo mantuvieron viva la presencia del ballet en México mientras el furor nacionalista de la danza moderna acaparaba todos los presupuestos oficiales. Pero en 1963, Celestino Gorostiza, entonces director del Instituto Nacional de Bellas Artes, apoyó la decisión de retirar el subsidio a los bailarines de los pies descalzos. Se fusionaron los dos grupos independientes: Ballet Concierto, de Felipe Segura y Ballet de Cámara, de Nellie Happee y Tulio de la Rosa. Esta aleación de clásico tradicional con neoclásico y contemporáneo permitió que un sinnúmero de maestros extranjeros fortalecieran la técnica clásica. En l974 se convirtió en la Compañía Nacional de Danza con la asesoría de la escuela cubana de ballet. Toda esta energía invertida ha rendido fruto. Hoy, este elenco puede  presentar una versión más plena, vital y audaz de Carmina Burana que hace 20 años, cuando salió por vez primera del diminuto cuerpo y enorme talento de Nellie Happee.
El vientre gigantesco del Auditorio Nacional sólo puede ser saciado con artistas y obras que nos remiten al poder de la energía. No cabe duda que bailarines y músicos, coros y solistas como Lourdes Ambriz, Javier Medina y Jorge Lagunes arman un conjunto de poderes embriagantes. La sonoridad profunda de sus voces y el despliegue explosivo de los cuerpos jóvenes, hoy nítidamente entrenados y disciplinados, convencen y seducen. Digamos que la Compañía ha alcanzado la madurez que los 40 años implican en la vida de un individuo; es decir, cuando la edad física está en perfecto equilibrio con la interior, la espiritual. Hay dominio técnico que se ha convertido en una segunda naturaleza que a su vez permite el despliegue exuberante que la obra exige y demanda. El público agradecido. Claro, estamos frente una monumental obra de coordinación visual y musical.
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
¿Cuántos gestos de profunda pasión nos encontramos en nuestro camino a lo largo de la vida? En un mundo alienado y sediento de humanismo, toparnos con las grandes obras de la escena contemporánea es conocer la obra de Eros, el impulso de vida que todo lo estructura, unifica y vincula en el universo. Este canto a la vida, esta Carmina alemana es una parte de nuestra memoria esencial y primordial. Hoy se revitaliza y renueva. 

Mutaciones de una Carmina mexicana
En 1955 el director de orquesta mexicano, Luis Herrera de la Fuente, trae a México, por vez primera, la obra Carmina Burana. Cuarenta años más tarde la presenta nuevamente en el Auditorio Nacional con la Orquesta Sinfónica Nacional. Aquí mismo, en 1966, la Filarmónica de la Ciudad de México vuelve a revivir esta cantata bajo la dirección de Fernando Lozano.
El montaje escénico, hasta ahora el favorito del público, fue realizado en 1983 para el Festival Cervantino. Nellie Happee, coreógrafa y José Solé, director de escena, Antonio López Mancera, escenógrafo y la iluminadora Elena Marsans recibieron una ovación inusual a lo largo de once telones. 
En 1991 se reestrenó con bombo y platillo el renovado escenario del Auditorio Nacional con la presentación de la misma versión. La Compañía Nacional de Danza se hizo acompañar del coro y orquesta del Instituto Nacional de Bellas Artes, bajo la dirección de Enrique Barrios. 
La versión de 1999 contó de nuevo con la supervisión de la coreógrafa y la participación de los cantantes solistas Lourdes Ambriz, Héctor Sosa y Arturo Barrera, acompañados de 300 figuras en escena.
En sus distintas mutaciones, la obra reincide en el Auditorio Nacional y esta última versión, para la celebración del 40 Aniversario de la Compañía Nacional de Danza, se afianza como un clásico que ha perdurado a lo largo de veinte años sin perder efectividad y fuerza, enriqueciendo el desarrollo interpretativo de distintas generaciones de bailarines. (P.C.)

Raymonda, acto III

Estreno mundial:
Teatro Mariinsky, San Petesburgo, 19 de enero 1898

Estreno  de la CND: 
Palacio de Bellas Artes, 25 de mayo 1997

Coreografía:
Fernando Bujones según la original de Marius Petipa

Música: 
Alexander Glazunov

Escenografía y vestuario:
Eugenio Servín

Iluminación: 
Víctor Flores

Elenco (Raymonda)

Raymonda
Irma Morales / Aurora Vázquez

Jean De Brienne
Ryoichi Quietan / Jorge Vega

Solistas de carácter:
Maricarmen Flores Y Hansell Nadchar
Miriam González Y Erick Campos


Carmina Burana, cantata escénica (1937) 

Estreno en México: 
Palacio de Bellas Artes, 7 de octubre 1983.

Música: 
Carl Orff (1895-1982)

Coreografía: 
Nellie Happee 

Director de escena: 
José Solé

Escenografía y vestuario: 
Antonio López Mancera

Iluminación: 
Víctor Flores

ELENCO (Carmina Burana)

Primeros bailarines:
Laura Morelos, Raúl Fernández, Jaime Vargas

Cantantes solistas:
Lourdes Ambriz, Soprano
Javier Medina, Sopranista
Jorge Lagunes, Barítono

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.