jueves, 22 de mayo de 2003

Ricardo Arjona: Entre los favoritos

Santo Pecado / 22 al 25 de mayo y 5 al 8 de junio, 2003 / 
70 848 asistentes / 8 funciones / 2:30 hrs. de duración

Patricia Ruvalcaba
Si llenar el Auditorio Nacional una vez en la vida ya es memorable, realizar ocho funciones de corrido y vender casi 71 mil boletos es una de esas hazañas que brillan en la historia de muy pocos. La cuarta temporada de Ricardo Arjona en el coso de Reforma con Santo pecado, espectáculo homónimo de su disco reciente fue un éxito rotundo. Aunque no llegó a las nueve funciones del año anterior (con Galería Caribe), ya podemos considerar que se encuentra entre los favoritos de este foro, como Alejandro Fernández, Miguel Bosé, Alejandro Sanz o Fey (quien lleva el Récord Femenino de asistencia con 10 funciones consecutivas), sin contar, claro está, a Luis Miguel (quien supera a todos con 21 funciones consecutivas).  

En los días previos al concierto, la canción “El problema” sonaba a todas horas en las cocinas, las recámaras y bajo las duchas de miles de mujeres que esperaban ver a esta especie de príncipe tropical. Quizás por eso, la noche del primer concierto, muchas de ellas se portaron algo rudas con los artistas del breve show introductorio. 

He aquí la escena: el foro simula el acogedor lobby-bar de un hotel. Un pianista toca boleros, algunas parejas se acurrucan a media luz ante pequeñas mesas, una bailarina ejecuta una danza de corte clásico y un botones resguarda la puerta giratoria del lobby y el ascensor. La planta de arriba es simulada por la proyección de un video sobre dos enormes pantallas y muestra un pasillo con habitaciones cerradas. El ensamblaje entre los elementos tradicionales  escenográficos (madera, plástico, metal) y el despliegue tecnológico es muy afortunado. Pero toda esta atmósfera no merece el aprecio del público: una andanada de gritos femeninos, silbidos y chillidos interrumpe: “¡Arjona, Arjona!”. Los actores aguantan y prosiguen con su guión... Una chica entra al lobby y sube al ascensor. Ya en el video, toca la puerta de una habitación y entra: “¡Arjonaaaaa!”. Por fin, de la misma habitación, sale el susodicho: cesan los aullidos. Él baja por el ascensor: ellas contienen el aliento... Por fin sale al escenario y el alarido se vuelve tumultuoso, emocional y hormonal, para ensordecer a la noble e intimidada sección masculina del público. Sonriente, seguro, con cierto aire de top model, forrado de cuero negro, el llamado Trovador de América canta “Mesías”. Ellas gritan y gritan más.
Asombra la intensidad del encuentro. El clamor que envuelve al cantante parece un enorme animal. Se entiende que habrá clímax puro y duro hasta el final. Siguen “Ella y él”, “Historia de taxi”, “Quién diría”, “Si el Norte fuera el Sur”. Arjona es juguetón, bromista, platicador, encantador. Cuenta cómo a los 12 años una vecina le enseñó a besar: “Primera lección, los besos no son piezas de museo, hay que darlos cuando se tienen ganas. Segunda, falso que sólo hay que darlos en la mejilla o en la boca, hay otras partes donde darlos. Tercera, los besos no mejoran con la práctica, sino con el amor”. Y aunque Arjona tiene otras cosas interesantes que decir, sus fans sólo quieren escucharlo cantar. Si intenta hablar de política, ellas gritan; si de asuntos espirituales, ellas gritan; si de literatura, ellas gritan. 
El programa es cambiante, va de “Chaplin”, gracioso homenaje al gran mimo con un videoclip ad hoc, a “Santo pecado”, sobre los límites que a veces rebasa el amor; de la coreadísima “Señora de las cuatro décadas” a “Lo poco que queda de mí”. Balada, rock suave con detalles sinfónicos, bossa nova por aquí, salsa por allá. Y así se trate del amor y el desencanto, de la tensión y las trampas entre las parejas, de la gloria sexo mediante, de la fascinación por un cuerpo desnudo, o bien de la inequidad social en el tercer mundo y la banalidad humana, el cantautor expresa ideas complejas y claras. Su voz, aunque con pocos matices, es varonil, precisa y tiene el misterioso don de  saber dirigirse a las mujeres. Como acostumbra, es generoso en la producción: ahí están los ocho músicos de primera, los arreglos inteligentes, la bailarina que hace apariciones esporádicas, los abundantes elementos de video: secuencias, escenas cotidianas de su vida, animaciones, abstracciones coloridas, guiños (como una despedida falsa de todos los artistas, uno por uno, haciendo caras y gestos).  
Sentado en un sofá cuyo respaldo es una pantalla de video (allí, unas nubes cruzan un cielo azul), Arjona ofrece sus mejores ángulos y el intercambio de feromonas prosigue. Un metro 90 de músculos y huesos como para triturar cuerpos femeninos, pelo largo y húmedo, espesas cejas gitanas y labios finos, justifican plenamente la atmósfera de sensual desmayo y las cascadas de suspiros provenientes de la sala. “¡Qué hermoso eres!”, es el piropo más recatado de la noche. Muchas abuelitas deben haberse revolcado en sus tumbas porque además de flores, cartas e intentos de trepar al podio, abundaron las declaraciones picantes y hasta un brasier blanco (34B, digamos) cayó a los pies del cantautor. “Me gustó esto, aunque he de confesar que me gusta más lo que hay debajo”, dijo, al levantar aquel objeto que parecía palpitar. 
Hacia el final del concierto, ofrece un concentrado de amor con “Dime que no”, “El problema” y un popurrí. Las mujeres de Arjona acaban rendidas al santo provocador por siempre jamás.

Santo y pecador
Dice la leyenda que un Ricardo Arjona de 25 años, después de haber sido basquetbolista, compositor, profesor rural, estudiante de carreras varias y vendedor de seguros, se fue Buenos Aires a probar suerte, con una guitarra nada más. Allí, en banquetas y bares de variopintas reputaciones, con hambre y frío, con el método de prueba y error, introspección y desvelos, se hizo músico. Entre su primer disco (que hoy aborrece), Déjame decir que te amo (1985), y el más reciente, Santo pecado (2002), hay otras ocho grabaciones en las que ha manifestado desde un ánimo bohemio y romántico (Animal nocturno, Historias, Sin daños a terceros) hasta uno rebelde y de crítica social (Jesús verbo no sustantivo, Si el Norte fuera el Sur), pasando por el divertimento tropical (Galería Caribe). “Trovador”, “cronista urbano”, “controversial”, son calificativos que siempre ha suscitado, aun cuando sus hits suelen ser temas amorosos u homenajes a la feminidad, lo que muchos consideran su mayor especialidad. 
Durante años, para la crítica afín al pop, Arjona pecaba al imprimirle un tinte intelectual a sus canciones; para la crítica afín a la música “seria”, el hecho de que pretendiera tratar la cuestión social era como una herejía intolerable. En tanto, el público lo convertía en una fábrica de discos platino y diamante. Y él correspondía a tanta devoción madurando, mejorando, creciendo. Santo pecado, cuyas letras son todas de su autoría, muestra a un compositor seguro de sí mismo, con dominio técnico y legítimas aspiraciones de sofisticación. Las nuevas historias abordan temas como la frivolidad, el tiempo, el secuestro... “El problema”, tema punta de lanza, es un examen casi psicoanalítico de las contradicciones a que se enfrenta un alma enamorada de manera malsana. 
¿Dónde termina el pop y empieza la música “seria”? Arjona es la prueba de que esos límites son relativos y de que sólo hay una regla de oro: hay buena o mala música.  (P.R.)


Canciones interpretadas
Mesías
Ella y él
Historia de taxi
Quién diría
Si el Norte fuera el Sur
Tu reputación
Se nos muere el amor
Santo pecado
Chaplin
Casa de locos
Buenas noches Don David
Señora de las cuatro décadas
Cuándo
Lo poco que queda de mí
Sin daños a terceros
Mujer de lujo
Te conozco
Dime que no
Soledad
El problema
Realmente no estoy tan solo
Primera vez
Desnuda
Dame
Minutos
Mujeres

Músicos acompañantes
Guitarra: Michael Landau
Guitarra acústica, piano: Carlos Cabral Junior
Auto harp, stell guitar: George Doering
Piano: Fernando Otero
Órgano: Kim Bullard
Bajo: Neil Stubehhaus
Batería: Vinnie Colaiuta
Percusiones: Armando Montiel y Rafael Padilla

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