sábado, 10 de mayo de 2003

Alejandra y Enrique Guzmán: Rocanrol vs Rucanrol

Foto: Colección Auditorio Nacional

Juntos por única vez / 10 de mayo, 2003 / 6 680 asistentes / 
Función única / 2 hrs. de duración

Rodrigo Farías Bárcenas
Alejandra y Enrique Guzmán representan extremos opuestos. Ella es el presente. Él la nostalgia. Pero en realidad se asemejan más de lo que salta a la vista. Al comienzo vemos en las pantallas aspectos de lo que ocurre en los camerinos: la cámara recorre un pasillo donde echan relajo antes de salir a escena. No son detalles triviales. Saben llegarle a la gente con naturalidad, y de manera desparpajada transmiten la idea central del concierto: épocas distintas, cada quien su espacio y su propio estilo, pero al fin al cabo, son afines.

Enrique, emblema del rock en español de los sesenta, es una figura del espectáculo actual. Honor a quien honor merece, así que abre la hija. Su atuendo puede verse como signo de los tiempos híbridos de hoy: chamarra de cuero negro con incrustraciones plateadas, pantalones y falda del mismo color. Mezcla la moda rocanrolera de los cincuenta con la punk y dark más recientes. El papá, marcando el contraste, saldría portando un smocking como crooner de sus años mozos.

El set de Alejandra transcurre en poco más de media hora, en una secuencia musical más bien apresurada y sin sorpresas –al menos para quienes la hemos visto recientemente- en la que desfilan piezas conocidas de su repertorio, a excepción de “Señora”, de la brasileña Denise de Kalafe, incluida por ser el día de las madres. La Guzmán se refiere varias veces a su padre, ubicándolo en son de broma como símbolo de lo viejo. Cuando se despide lo hace con un lema que marca una supuesta brecha generacional: “Lo suyo es rucanrol, lo mío rocanrol”. 
Casi todos los presentes aplauden de pie cuando Enrique Guzmán toma su lugar en el escenario. El recibimiento es muy cálido. Es entonces cuando uno comprende que el dueño del concierto es él. Luce gran sonrisa. Y una  cabellera blanca, blanca, que refleja una vida de seis décadas. No había estado aquí desde 1995, cuando festejó su 35 Aniversario de carrera artística. En 1992 se había presentado junto con sus también legendarios colegas (Angélica María, César Costa, Alberto Vázquez y Manolo Muñoz) en un recital titulado Cinco grandes del rock.  
En el escenario opera un cambio radical: en lugar del grupo de rock anterior, se acomoda toda una banda con sección de metales. La música nos remonta a los sesenta y sus baladas melosas. El Auditorio adquiere la apariencia de un bar donde se sirven copas de nostalgia, a gente madura, en su mayoría, y a algunos jóvenes. Esas copas son “Tu cabeza en mi hombro”, “Payasito”, “Agujetas de color de rosa”, “Pensaba en ti” o un cover de la beatleana “Day Tripper”. El Guzmán domina el escenario con recursos cultivados durante más de cuarenta años de trabajo continuo. Tiene gran  facilidad de palabra, sentido del humor, ironía y una voz que denota el paso del tiempo, pero eficaz aún. El público interactúa sin barreras y el resultado es un show entretenido que incluye los errores –el olvido de algunas letras, por ejemplo- como parte de la diversión. Sin embargo, al igual que su hija, esta vez estuvo contenido en comparación con sus presentaciones habituales. 
Enrique también entra al juego de jóvenes contra viejos. Para dar pie a que su Ale entre al escenario, responde una de sus pullas: “En mi época las  canciones eran más bonitas que las actuales –dice con aire de superioridad fingida. A ver, díganme, ¿cómo está eso de hacer el amor con otro? Cuando Alejandra escucha el título de una de sus canciones más sentidas, irrumpe en el foro y se une a su padre para la última parte del show
Quique canta “La plaga”. En ese momento hay lugar tanto para el grupo de rock como para la banda. Sorpresivamente ésta es desplazada por los roqueros, quienes interpretan una versión pesada de la misma pieza.  Luego es el turno de “Popotitos”, otra de sus clásicas. “¿Por qué te metes con mis canciones?”, reprocha en son de broma. “Porque venden”, responde la hija con actitud de reto. Suena “El rock de la cárcel”, indispensable en el repertorio del papá, quien advierte: “Me vale que ahí esté tu mamá –Silvia Pinal ocupa un asiento de primera fila-, no quiero que te metas con mis canciones”. La gente ríe con esta comedia familiar.
En adelante, juntos o por separado, cantarían canciones de ambos. Se burlarían uno de otro, en un pique fingido para acentuar sus diferencias, hasta alcanzar el final con el tema que más los identifica, una versión en español de “My way”, que hiciera famosa Frank Sinatra. Por primera vez el gesto de ambos se torna serio, como si estuvieran enunciando una declaración de principios: “…Viví la inmensidad, sin conocer jamás frontera. Jugué sin descansar y a mi manera”. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Vendría un encore pero ya estaba dicho todo. Padre e hija han vivido cada quien a su manera. Sin embargo, los une el mismo sistema de valores: divertir y divertirse por encima de cualquier otro compromiso. Las diferencias, más que de fondo son de forma. No hay, en realidad, tal brecha generacional. ¿Será en verdad la única vez que compartirán este foro?

Santo y seña
Nombre completo: Enrique Alejandro Guzmán Vargas.
Fecha y lugar de nacimiento: 1 de febrero de 1943. Las circunstancias lo trajeron al mundo en Caracas, Venezuela, pero es mexicano.
Señas particulares: sin duda, una de las figuras del espectáculo mexicano con mayor éxito internacional. Pionero del rocanrol, estrella cinematográfica y televisiva, coctel de romanticismo, rebeldía ingenua y comicidad. 
Antaño: Funda Los Teen Tops en 1957, de gran impacto en México, España y América Latina. Deja el grupo al despuntar los sesenta para convertirse en uno de los principales baladistas de habla hispana. 
Compositor: de varias canciones, la más conocida: “Pensaba en ti”. “Popotitos” la escribió para su hermana.
Comediante: muy exitoso, sobre todo a fines de los sesenta y principios de los setenta. 
Influencias: Ritchie Valens, Elvis Presley, Frank Sinatra.
Hogaño: es un versatil showman. Ha incursionado en televisión y teatro, aunque son el cine y el cabaret los medios que más proyección le han dado. Su prolongada permanencia en el espectáculo nacional, que abarca más de cuarenta años, deja ver a un hombre capaz de combinar aptitudes artísticas y capacidad empresarial.
Récords de permanencia en centros nocturnos: 11 años en El Señorial, 9 en el Salón Maquiavelo, 6 en el Hotel del Prado, 4 en el Hotel Fiesta Palace. En su propio lugar, La Plaga, 5 años.
Discografía: más de 70 discos. 
Canciones: ha cantado más de 400.
Películas: ha actuado en 27, una en Hollywood.
Sus mujeres más famosas: Angélica María y Silvia Pinal.
Otras gracias: ¡experto en computadoras!
Mayor tesoro: “mis canas”.
Trascendencia: en el campo del rock, su punta de lanza original, es reconocido por personalidades como Joaquín Sabina o Gustavo Santaolalla (el principal productor del rock latino). Sin embargo, musicalmente hablando, no avanzó como lo hicieron contemporáneos suyos que suelen citarlo como pionero (Miguel Ríos o Litto Nebia).

Canciones interpretadas
Alejandra:
Toda la mitad
Mala hierba
Eternamente bella
Reina de corazones
Soy tu lluvia
Mírala, míralo
Diablo
De verdad
Ángeles caídos

Enrique:
Mi corazón canta
Te seguiré
Cariño y desprecio
Tu cabeza en mi hombro
Payasito
Te necesito
Agujetas de color de rosa
Pensaba en ti
Guitarra 
Got a good reason

Alejandra y Enrique:
La plaga, Popotitos, Pólvora (Ale)
El rock de la cárcel (Enrique)
Güera (Ale)
Quiero ser libre (Enrique)
Hacer el amor con otro
Anoche no dormí (Enrique)
Señora, señora (Ale)
Acompáñame
A mi manera

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