viernes, 4 de abril de 2003

OV7: ¿Punto final?


La gira del adiós / 4, 5 y 13 de abril y 8 de mayo, 2003 / 
47 293 asistentes / 5 funciones / 2:00 hrs. de duración

Rodrigo Farías Bárcenas
El espectáculo aún no inicia y ya se siente lo que vendrá después con mayor intensidad: una total algarabía. Esta vez, sin embargo, la emoción es distinta a la de otros conciertos de OV7. Se percibe una ambivalencia en la que convive el entusiasmo alegre del encuentro con la tristeza de la despedida. El grupo se presenta por sexta vez consecutiva en el Auditorio Nacional, ahora para dejar los escenarios en forma definitiva. La gente no acepta el anuncio y lo hace saber a gritos insistentes, con aire de súplica: “¡OV7, OV7, OV7!..”.

Tan estruendoso preámbulo culmina en unánime ovación cuando el conjunto juvenil abre con una de sus más conocidas canciones, “Qué triste es el primer adiós”. Nada más apropiado para esta noche. Dos horas después llegaríamos a un cierre circular: con lágrimas en los ojos darían a conocer un tema que también hace alusión a la despedida: No voy a decir adiós, mientras no me olvides, no me voy... Apenas han transcurrido unos minutos y ya estamos inmersos en un clima de entrega incondicional. Las coreografías de “Aum aum” y “Mírame a los ojos” encienden al instante los ánimos. Las vestimentas del grupo son negras. Más tarde entenderemos el motivo. El adiós a veces parece definitivo y otras temporal. Esta ambigüedad matiza el disco más reciente del septeto titulado, simplemente, Punto. “No queríamos dejar claro si era punto final, punto y aparte o punto y seguido”, reconocieron en conferencia de prensa. Y aunque las intenciones no son del todo explícitas, OV7 opta por poner un punto, sin mayor explicación. ¿Será definitivo?

A lo largo del espectáculo cada quien se despide en forma individual. Erika, Mariana, Lidia, M’Balia, Óscar, Ari y Kalimba, con voces entrecortadas, coinciden en que no tienen palabras para semejante tarea. Es evidente que la decisión de concluir su carrera como grupo no ha sido fácil. Algunos de plano sueltan el llanto, como ocurre con M’Balia, quien recibe el consuelo de su hermano Kalimba. En su turno, Ari toma el micrófono, se acerca a la orilla del escenario y reconoce: “Qué difícil resulta darles la bienvenida el día de hoy, cuando es el principio del fin”. El público interrumpe con un rotundo “!Nooooooo!”. Y aquél trata de calmarlo: “Lo importante es que ustedes estén aquí”. Cuando se escuchan las primeras notas de “Love colada” el griterío es elocuente protesta. Tan pronto como termina “No es obsesión”, toma la palabra Óscar. Con su aspecto desaliñado, cerca de la facha punk, hace público su desconcierto: “Me cuesta mucho creer que estos son nuestros últimos shows en el Distrito Federal. No soy bueno para hablar, por eso me dirijo a ustedes con el corazón: muchas gracias por estos catorce años que han compartido con nosotros”. En la butaquería, lo mismo hay niños y adolescentes que gente adulta. Predominan los jóvenes de entre veinte y treinta. Edades aparte, todos se emocionan cuando escuchan al mismo Óscar en plan reflexivo: “El mundo pasa por un periodo de tristeza. Unamos nuestras voces cantando el ‘Himno a la alegría’ para rechazar la guerra. Tal vez no logremos mucho con ello porque Bush no le hace caso a nadie, ni a su chingada madre”. Lo dice con tal coraje que la gente acepta su propuesta sin chistar. Se escucha entonces, entonado por casi 10 mil gargantas, en la famosa versión del español Miguel Ríos de principios de los setenta, cuando el espíritu antibélico se manifestaba en contra de la guerra en Vietnam.
Termina el primer segmento. Los atuendos negros, que ahora sabemos llevan en señal de luto por la guerra de Estados Unidos contra Irak, serán cambiados por otros más llamativos y acordes con el espíritu festivo reinante.
La estructura segmentada del concierto sintetiza la trayectoria de OV7. Los vemos recordando su origen como el grupo infantil La Onda Vaselina, con sus atuendos de tenis, cuero y crinolina tomados del rocanrol de los cincuenta. Con un popurrí retornan a su época grupera, la de principios de los noventa, en plena transición adolescente, hasta llegar a su momento actual, de jóvenes adultos, encabezando la música pop juvenil de México. OV7 ha dominado el peligroso mar de la industria musical surfeando con agilidad en las olas de la moda, del rock en español para niños de fines de los ochenta al hip hop de hoy.
Han pasado casi dos horas de baile y canto sin playback. Los momentos más sobresalientes –por el reconocimiento del público– llegan con “Qué buen reventón”, “Shabadabada”, “Calendario de amor” y “Te quiero tanto”. Poco a poco la gente enciende miles de luces fosforescentes. La oscura cavidad de la sala se transforma en una especie de firmamento encapsulado donde los fans,   mimetizados en estrellas, se aproximan a sus ídolos. Es una ilusión pasajera, pero necesaria para formar parte de un tácito acuerdo de mutuas complacencias.
La balanza entre alegría y tristeza se inclina más hacia la segunda cuando llega el inevitable final. A pesar de las ganas de seguir, el adiós parece un hecho. Recordamos que a mediados de los noventa, después de un fracaso discográfico, hubo un intento de despedida que no se concretó debido al salvamento de parte de una transnacional japonesa. En 2002 el conjunto retomó la misma idea con dudas de por medio, pues estaba en su mejor época después de haber superado la separación de su primer manager, Julissa. En mayo de ese mismo año desmintió su desintegración durante un concierto en este auditorio. Sin embargo, anunció su despedida en noviembre, mientras actuaba en el estacionamiento del Estadio Azteca...
El círculo se cierra así con “No me voy”, cuya dedicatoria es para los testigos de esta disolución. La letra habla de la experiencia de haber compartido su vida con ellos: “Crecimos de la mano, jugando sin jugar. Hicimos una historia sin pensar en su final”. Vemos las lágrimas de los cantantes visibles gracias al close up que muestran las pantallas. Llaman a sus músicos, al staff, a su compositor, Memo Méndez Guiú. Intercambian abrazos mientras el Auditorio Nacional se vacía.
¿Habrá retorno como ocurrió con Timbiriche y otras fuentes de inspiración?.. Por ahora, dejemos que la nostalgia, magnificada por un mariachi que canta “Las golondrinas”, haga su trabajo a partir de hoy. 

7 cualidades de OV7 
1. Simpatía: Ari (29 de mayo de 1979), mezcla de galán y niño bueno, arranca aplausos fácilmente y destaca por su ángel, reconocido en particular por las chavas. 
2. Sensualidad: Lidia (13 de septiembre de 1979), de movimientos ágiles y enérgicos, proyecta madurez y erotismo.
3. Serenidad: M’Balia (3 de febrero de 1979), La mulata, tiende a un silencio con cierto dejo de misterio, pero también es capaz de abrir sus sentimientos, como en esta despedida. 
4. Dinamismo: Óscar (11 de julio de 1976) tiene facilidad de palabra y es quien mejor articula su lenguaje corporal: actúa como el motor del grupo. 
5. Naturalidad: Erika (15 de junio de 1978) cultiva su cuerpo con disciplina, pero el rigor se transforma en gozo cuando está en el escenario. Se dirige al público sin fingimiento.
6. Ligereza: la desenvoltura de Kalimba (26 de julio de 1982, hermano de M’Balia) le augura un buen futuro como solista. 
7. Tenacidad: Mariana (19 de febrero de 1979) se ha entrenado desde  pequeña en el canto y el baile, demostrando su fuerza de carácter. 

Canciones interpretadas
Qué triste es el primer adiós
Aum aum
Mírame a los ojos
Love colada
No es obsesión
Susanita tiene un ratón
Qué buen reventón
Tus besos
Popurrí grupero
Un pie tras otro pie
Popurrí CD00
Shabadabada
OV7 Nation
Enloquéceme
Te necesito
El calendario
Te quiero tanto, tanto
No me voy
Las golondrinas (con mariachi)
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