jueves, 20 de marzo de 2003

Juanes y Natalia Lafourcade: Juventud, diversión y furor

20 de marzo, 2003 / 8 196 asistentes / 
Función única / 2:30 hrs. de duración 

Tomás Granados Salinas
Éste no puede ser un día normal. En tales días no ocurren estos pequeños brotes de furor musical, estas fiestas de buen humor y garra. Nada mejor para combatir la rutina y  moverle los cimientos al edificio cotidiano, que dejarse invadir por la juventud rebozante de los dos músicos que ocuparán el escenario. Primero, como aperitivo burbujeante, la frescura de Natalia Lafourcade. Segundo, para saciar nuestros apetitos de vitalidad, el sonriente Juanes, un explosivo colombiano que sabe, antes que nada, divertirse mientras divierte.

El Auditorio Nacional fue el ápice de la gira que Juanes realizó en México. Sería difícil asegurar que su sonrisa franca, incluso desparpajada, fue más sincera en este escenario que en los otros sobre los que se paró a su paso por nuestro país, pero lo que puede afirmarse es que sólo aquí su alegría fue compartida por una muchedumbre tan numerosa y entregada. Este hombre, de cabellera lacia y entrecejo capaz de endurecerse como si lo aquejaran graves preocupaciones, produjo un lleno notable, no sólo por el número de asistentes sino por la composición del público. Desde centenas de niños hasta esporádicas personas maduras, desde paisanos suyos que no se cansaron de agitar las festivas banderas tricolores hasta chauvinistas que no pudieron contener el júbilo de este admirador de Vicente Fernández, los ocupantes del graderío bailotearon con la música de Juanes, que con su guitarra ha producido un sabroso mestizaje, revolviendo con fortuna la herencia de salseros como Joe Arroyo, la trasnochada pero aún vigente poesía de Silvio Rodríguez, los acordes inesperados de Jimi Hendrix o la plúmbea densidad de Led Zeppelin.

A menudo las estrellas juveniles son meras marionetas. Alguien diseña su vestuario, las coreografías, la rígida mueca con que le sonríen a las cámaras, por no hablar de que las canciones son impecables obras de mercadotecnia sonora. Esas cantantes impúberes pueden ser encantadoras, pero antes que otra cosa son encantos, es decir obra de alguno de esos magos del mundo del espectáculo y no algo con sustancia propia. Tal vez por eso la soltura y el nerviosismo de Natalia Lafourcade, su naturalidad, sus movimientos de grillo y su falta de sensualidad prefabricada resulten tan reconfortantes. Sobre el escenario es una muchachita sin inhibiciones y con una idea, buena o mala (está todavía por verse), de lo que debe ser la música, y sobre todo las letras dirigidas a sus pares, las mujeres cuyo capullo sigue parcialmente cerrado. Ella se sabe dueña de su vida y por eso proclama, sin masoquismo, que amar duele y que tarde o temprano la inocencia se termina. Con trenzas asimétricas, pantalón encarnado que se hace ancho mientras llega a los tobillos, collares y pulseras que complementan ese atuendo sin aderezos, Natalia lo mismo tañe la guitarra que pulsa el teclado, lo mismo recurre a la onomatopeya que a la metáfora para dar voz a las de su edad, tantas veces alimentadas con cancioncitas insípidas. Se ha vuelto frecuente leer en los diarios o escuchar por la radio que Natalia tiene todo para triunfar, que tiene asegurado el éxito y demás parafernalia mercantil del negocio de la música. Lo que está claro es que, aparte de lo que le depare el destino, es un hecho que para ella pararse en el escenario y saberse acompañada, ya con aplausos, ya con los coros espontáneos del público, es motivo de placeres sin comparación, de emociones que valen más que el equívoco logro de conquistar el hit parade.
Un respiro de 20 minutos bastó para girar el dial emotivo y trasladar al público de su nube rosácea a la terrenalidad que domina las letras de Juanes. Guitarrista que vive en simbiosis con su instrumento, el ganador de cuatro  Grammies sabe cómo ocupar la escena. Se viste con desgano pero sabe mostrar su porte, interactúa bien con la banda y con el gentío, zigzaguea sin problema por el reggae y la balada, por el rock básico y el vallenato con teclado eléctrico que imita al acordeón. Hay gran compañerismo entre estos músicos, tan juguetones como el líder, y por eso causa risa la camiseta de uno de ellos, con la que rinde un tímido homenaje al Chapulín Colorado.
Las letras del colombiano están dominadas por el optimismo, aun cuando se refieren al dolor o la pena. Con llaneza, sus palabras recorren lo bien sabido (“nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”) y la súplica pueril (“a Dios le pido que mi madre no se muera”), el resentimiento jocoso (“eres mala gente y en el infierno enterita te vas a quemar”) y el amor sin retruécanos (“yo te quiero a ti, yo no quiero a nadie más”), como si quisiera mostrar que esa amplitud de voces es el equivalente lírico de su diversidad musical. También por su garganta salen agradecimientos: a México, al propio Auditorio Nacional, a las huestes que lo catapultaron a la fama. La suya es una historia a lo Cenicienta y por eso conserva fresco el recuerdo de su marcha cuesta arriba y del impulso recibido por los oyentes.
Por supuesto, en una carrera tan breve como la de Juanes los éxitos comerciales resuenan con intensidad en los oídos del respetable. Porque los asistentes quieren oír las piezas cumbre, el colombiano guarda su plegaria de amor para el final (“A Dios le pido”): mientras reza pidiendo la gracia no sólo de morir de amor sino de enamorarse de vos, y con ese pronombre excéntrico y suculento refrenda su oriundez, dos cañones escupen sendos chorros de papelitos, que caen pausadamente sobre el escenario y sobre el público que se las arregla para malbailar entre los asientos. Es la misma emoción colectiva que se produjo cuando ocurrió el prometido dúo entre Natalia y Juan Esteban (ése es su nombre civil y origen del eficaz apelativo artístico), “Fotografía”: si en la grabación el cantante de Medellín unió su voz a la de Nelly Furtado, ahora lo hizo con la de Natalia, voz saltarina y feliz. 
Al concluir el concierto se mantiene en lo profundo de nuestros oídos un eco que podría servir para convertir al planeta en un lugar mejor: lo híbrido, tanto el mosaico melódico de Juanes como la plausible revoltura de Natalia, enriquece a la personas pues nos hacer ser lo que somos y un poquito más. 

Santo y seña
Nombre: Natalia Lafourcade
Edad: 19 años (25 febrero 1984)
Formación: hija de un clavicembalista y una pianista, desde niña gozó de una amplia educación artística: danza, pintura, actuación y, además del canto, diversos instrumentos (piano, guitarra, saxofón).
Primera actuación: a los 10 años, cantando música vernácula con mariachi.
Discografía: Natalia Lafourcade, El que la hace la canta – Primer Acto, Amar te duele
Premios: Disco de oro por más de 100 mil copias vendidas de su disco homónimo. 
Adjetivos que arranca: natural, espontánea, burbujeante, desparpajada, inteligente.


Nombre artístico: Juanes
Nombre civil: Juan Esteban Aristizabal
Origen: el menor de seis hermanos músicos de la región montañosa de Antioquia, Colombia
Edad: 28 años
Formación: a los 7 años empezó a rasgar la guitarra; tuvo varios profesores, incluidos sus cinco hermanos y su padre
Señas particulares: llamado el artista pop-rock latino más popular del momento, este cantautor, mezcla de roquero, arriero, trovador y hippie –adornado de tatuajes, aretes y melena larga-, ha logrado reunir en poco tiempo una considerable fanaticada juvenil iberoamericana y estadounidense que gusta de su espíritu romántico-religioso
Primera banda: Ekhymosis, con la que graba cinco álbumes
Discografía solista: Fíjate bien (2000) y Un día normal (2002)
Número de canciones compuestas: 43
Premios: 4 Grammies, 2 MTV (EUA), 4 Lo Nuestro, un Onda, 3 Amigo (España), un Oye (México)
Novia: Karen Martínez (modelo)
Platillo favorito: bandeja paisá (típico colombiano), sobre todo, preparado por su madre
Miedos: a la muerte y al olvido
Fobia: viajar en avión
Su oración: el Padre Nuestro
Músicos preferidos: Metallica, Pink Floyd, U2, Led Zeppelin, Silvio Rodríguez, Carlos Gardel, Julio Jaramillo
Un día normal: grabado en Los Ángeles, co-producido con Gustavo Santoalalla, ha vendido más de un millón de copias
Primera tocada en México: en 1996, con Ekhymosis
A futuro: Ricky Martin grabará su canción “Si tú te vas”; a lo mejor le cede otra inédita a Paulina Rubio; quiere cantar a dúo con Vicente Fernández (T.G.S.)

Canciones interpretadas
Natalia Lafourcade:
Busca un problema
Georgina
Mañana olvidaré
El destino
Elefantes
Amarte duele
Noche divina
Te quiero dar
En el 2000

Juanes:
Fíjate bien
Mala gente
Un día normal
Destino
La tierra
Nada
Para qué
Podemos hacernos daño
Vulnerable
Fotografía
Es por ti
La noche
A Dios le pido
Luna
La paga

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.