viernes, 21 de febrero de 2003

Miguel Bosé: Un intermedio de diez meses

Foto: Colección Auditorio Nacional

Sereno / 21 al 23 de febrero, 2003 / 28 733 asistentes /
 3 funciones / 2:30 hrs. de duración

Tomás Granados Salinas
¿Cuánto puede durar el intermedio en un concierto? Se dirá que unos minutos, el tiempo necesario para que el cantante se guarezca en el camerino y cambie de ropa, tome un poco de agua, relaje las cuerdas vocales. Lo que el público sabe es que la pausa será breve y que muy pronto el héroe musical volverá a pisar el escenario, si no para retomar la emoción en el punto exacto donde la abandonó, de seguro para emprender un nuevo paseo por el mundo lírico que los cantautores van construyendo con la argamasa de palabras y sonidos.
¿Hay alguien dispuesto a aguardar diez meses para que la segunda parte del concierto tenga lugar? Contra todo pronóstico, la respuesta es, al menos en el caso de los seguidores de Miguel Bosé, un sí enfático: en esta temporada, las cerca de 30 mil personas que ocuparon toda la sillería del Auditorio Nacional presenciaron al mismo grupo (dos coristas, dos hombres frente a sendos teclados, bajo, guitarra, discreta batería y percusiones), la misma escenografía  (la retícula blanca del fondo y una estructura tubular de la que pendían los reflectores, las columnas metálicas con varillas en relieve), incluso el mismo repertorio. Una descripción de los gozosos asistentes habría mostrado asimismo un buen número de semejanzas. Por aquí un cardumen de bellas y bien cuidadas treintañeras (cabellos revoltosos, pantalones y faldas ceñidos, soltura de movimientos), por allá un grupito de damas maduras, esporádicos caballeros (algunos meros acompañantes, otros prosélitos del Bosé más militante).

Explicar esta duplicación de funciones, este único concierto diferido, tal vez sea muy simple: Sereno, la larga gira con que el amante bandido rompió un mutismo de cerca de un lustro, dio inicio y concluyó en el mismo escenario, nuestro Auditorio Nacional, ese insaciable anfitrión que no se cansa de atestiguar la dicha sobre y en torno al escenario. Ahí estaba Miguel, con su alegría tierna, sencillo delante del micrófono, como si a regañadientes echara mano de la electrónica pues lo suyo es cantarle al oído a sus escuchas, ser una especie de voz interior que murmura palabras de amor. No hay en él las poses del ídolo con pies de barro sino la confianza de alguien que ha producido no sólo discos sino modos de quererse entre quienes, desde hace unas dos décadas, han usado sus versos como decálogo sentimental. Esa confianza en sí mismo —que se expresa en la escueta pero trascendente fórmula “Siento un control profundo y absoluto sobre lo que hago”, según declaró en una entrevista— ha liberado a Miguel Bosé del oropel que protege a las estrellas y lo autoriza a comportarse con la franqueza de quien, aproximándose a la cincuentena, ya no tiene que pagar derecho de piso.
Tal vez por eso en este caso no extrañe el atuendo desaliñado y cómodo: camiseta negra y jeans que a ojos de un preciosista ingenuo dejan ver los leves pero inocultables estragos de la edad pero que, a juicio de este cronista, exhiben un maduro desinterés por el convencionalismo. El célebre accidente de auto que casi le cuesta la vida, el fatigoso clavado en la alberca de la producción televisiva, la fama duradera, la inmarcesible condición de sex symbol: todo contribuye a que Miguel Bosé abdique a las formas del estrellato y se comporte como el hijo del capitán Trueno. En el escenario vemos al niño curioso y al jovencito que se niega a ser soldado, al partisano que clama —en tiempos en que la guerra era una amenaza— por una paz duradera y que pide al público que se esmere, todos los días si es posible, en invocar al amor. Y para demostrar que ese credo es rentable, Miguel besa con emoción a una corista, quizá porque hay un ángel en su mirada, o porque ya ha vendido su alma y su sombra para obtener tal beso, o porque con cariño se navega hasta esa isla en medio del mar que los cartógrafos del público, a coro, llaman libertad, o porque cada roce de labios es una de esas estrellas que en la noche le hacen compañía.
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Esta cuarta visita de Bosé al Auditorio Nacional, que podríamos considerar continuación o al menos como eco de la tercera, es un afortunado balance entre esas canciones que muchos, y sobre todo muchas, valoran como clásicos, hasta las letras que aún suenan extrañas de tan nuevas. Desde “Qué será” muy al principio y hasta “Sereno”, Miguel recorrió buena parte de su repertorio, en parte para corresponder a las apasionadas exigencias de los asistentes —que lo mismo unían sus gargantas a la del español que se desgañitaban gritando “te amo” y otras entusiastas confesiones— y en parte para divertirse él mismo, que podría atreverse a describir esos momentos plagiando una de sus propias letras: “si esto no es felicidad que baje Dios y lo vea”. 

Santo y seña
Nombre: Miguel Bosé
Fecha y lugar de nacimiento: 3 de abril de 1956, en Panamá.
Nacionalidad: durante 34 años, la panameña, luego la española.
Radica: entre Milán y Madrid.
Padres: Lucía Bosé (Miss Italia en 1947 y luego actriz) y Miguel Dominguín (español, famoso torero). Se separan cuando Miguel cumple 12 años.
Hermanas: Lucía y Paola. 
Formación: rodeado de arte y celebridades (Pablo Picasso, Lucino Visconti...), aborda varias disciplinas: danza, teatro y cine. Se inicia en esta última como actor a los 15 años.
Escuela política: en la adolescencia perteneció al Partido Radical Italiano.
Primera grabación: Soy (1975), sencillo creado y producido por Camilo Sesto.
Su primer hit: “Bandido” (1985).
Discografía como cantautor: tiene 26 discos (contando las antologías), desde Linda (1977) hasta Sereno (2002).
Filmografía: ha actuado en 25 películas, españolas, italianas y francesas. 
Otras gracias: actor en diversas obras de teatro y conductor de televisión (Séptimo de caballería, Operación Trinfo –el equivalente de La Academia-, en su versión italiana).
Vicios: emborracharse, reventarse.
...y virtudes: muy amiguero y sencillo con la gente.
Música favorita: la clásica.
Imagen: “A mí no me visten. Siempre doy las directrices... porque sigo de cerca la moda.”
El deseo: “A mí el juego del deseo me parece un juego muy sano”.
Su lema: “esto es un concierto y las reglas de la alcoba ya las saben: entre más ustedes me den, yo me entregaré”.
Primera presentación en el Auditorio Nacional: 1994 (Bajo el signo de Caín).
Lunas del Auditorio: en la primera edición de estos reconocimientos (2002), es laureado por su trayectoria artística. (T.G.S.)


Canciones interpretadas
Mirarte
Bambú
Salamandra
Te comería el corazón
El hijo del Capitán Trueno
Nada particular
Partisano
Te digo amor
Si tú no vuelves
A millones de kilómetros de aquí
Nena
Puede que
Gulliver
La belleza
Amante bandido
Morena mía
Este mundo va
La noche me gusta
Creo en ti
Te amaré
Muro
Sereno
Sol forastero

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