lunes, 23 de diciembre de 2002

Compañía Nacional de Danza: Apasionante historia de un cuento

Foto: Colección Auditorio Nacional

El Cascanueces / 13 al 23 de diciembre, 2002 / 5 400 butacas disponibles / 20 funciones (3 privadas) / 
67 117 asistentes / 2 hrs. de duración / Promotor: Compañía Nacional de Danza 

Sofía González de León 
Todas las historias europeas para niños escritas entre los siglos XVIII y XIX (muchas de ellas, recobradas del folclor medieval) son entre maravillosas y siniestras. Reflejo, sin duda, del espíritu Romántico, ciertamente genial e iluminado, pero oscuro y paradójico en su anhelo idealista. En todo caso, poco cordial con los niños. Recordemos tan sólo los cuentos de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, los de Hans Christian Andersen o Charles Dickens. Pocas veces felices y las más, intrincados y llenos de símbolos misteriosos. El escritor, músico y pintor Ernest Theodor Amadeus Hoffmann no fue la excepción. De hecho, su obra literaria –donde se sobreponen lo sobrenatural y la realidad- fue una importante fuente de inspiración para músicos (por ejemplo, el ballet Coppelia de Delibes, o la ópera de Offenbach Los cuentos de Hoffmann, que pone al escritor como protagonista); para escritores, como Washington Irving, Nathaniel Hawthorne y Edgar Allan Poe, y también para la teoría de los arquetipos del psicoanalista Carl Jung. Así de importante es el autor del cuento cuyo nombre original era El Cascanueces y el Rey de los ratones. La historia, de 1816, no fue concebida para los infantes, sino que trataba de niños y adultos y sus oscuros fantasmas (en el sentido freudiano, ahora decimos), es decir, sobre las tormentosas relaciones humanas. Era mórbida e intrincada, muy interesante. Fue el novelista francés Alexandre Dumas quien la adaptó para niños, extrayendo mucho de su amargura original. Marius Petita, el más grande coreógrafo del Ballet Ruso Imperial, imaginó enseguida un ballet con la nueva historia y encargó en 1891 la música a Tchaikovsky. El compositor, quien prefería el cuento de Hoffmann, no estaba nada contento, ya que Petipa lo había aligerado aun más para intercalar sus danzas de carácter más bien decorativo, despojándolo de todo contenido dramático. Tchaikovsky trabajó a regañadientes y en una época de terrible melancolía. Sin embargo, su inspiración fue creciendo hasta tornarse sublime y la partitura resultó una obra de arte, que es hoy por hoy, el best seller por excelencia de la música clásica orquestal. El ballet no se quedó atrás; luego de su estreno en el Teatro Mariinsky en 1892, se fue convirtiendo en el más representado en todo el mundo. 

Así que lo que nos llega hoy del cuento de Hoffmann es un pálido esqueleto y, en efecto, bastante carente de hilo dramático, a diferencia de El lago de los cisnes o La bella durmiente, por citar los otros dos ballets igualmente bellos de Tchaikovsky. De hecho, si uno mira la representación sin conocer la historia, no entiende bien por qué aparecen ratones, animales bastante siniestros, dignos de provocar sueños fóbicos en el espectador, o bien por qué la pobre niña Clara no recibe los espléndidos muñecos de Arlequín y Colombina, creaciones de su más bien presuntuoso padrino el Señor (Herr) Drosselmeier, y por qué sí recibe un bastante feo muñeco de madera con una boca capaz de tronarle la cabeza a un ratón, mismo que se convierte en príncipe, ya en el país de los sueños... ¿Se han puesto a pensar en ello? 
Lo que gusta en realidad a niños y adultos es, antes que nada, la música de Tchaikovsky, eterna, fresca, evocadora de universos entrañables, por sí sola alimento de la imaginación. Otro gran atractivo es la gran puesta en escena, con 60 bailarines y 50 músicos de orquesta en vivo, y las grandes escenografías, que en el caso que nos ocupa (el diseño es de Laura Rodes), son de excelente factura y, aunque demasiado convencionales en cuanto a color y formas, cumplen con su objetivo de maravilla: el juego de escalas entre la realidad y el sueño de Clara (el reloj, el árbol y el sillón crecen sin que nos demos cuenta). Algo similar ocurre con el vestuario de Demichelis, que se atiene demasiado a la época y no explora elementos modernos o más imaginativos. Y, last but not least, la danza. Mucha razón tiene el coreógrafo James Kelly al declarar que el nivel de ejecución técnica es muy superior al que seguramente presenciaron los tzares rusos en el estreno de El Cascanueces, y aun al de hace treinta años, en la primera versión mexicana de la obra (de Jorge Cano, en 1969). La Compañía Nacional demuestra su profesionalismo en esta puesta ya muy perfeccionada (desde 1999). Son de notar, por supuesto, las interpretaciones de primeros bailarines y solistas, pero también la participación de 40 jóvenes y niños (de entre 9 y 10 años) en una coreografía muchas veces compleja, llena de detalles, de acciones sucediendo al mismo tiempo. Hay que dar un bravo especial a la interpretación de Julieta Lara en el papel de Clara (el día del estreno). Con a penas 17 años y a punto de terminar los primeros ocho años de su carrera, es quien permanece más tiempo sobre el escenario, y aunque su técnica necesita más trabajo, se desempeña con soltura y se le ve disfrutar. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
En su segundo año consecutivo en el magno escenario del Auditorio Nacional, El Cascanueces pasó de 11 funciones a 17 públicas, 9 de las cuales gozó con la presencia en vivo de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes dirigida por Enrique Patrón de Rueda, reuniendo a un número considerable de espectadores. Además, tres funciones privadas se dedicaron a niños y jóvenes de escuelas públicas (a través del programa Alas y raíces a los niños que promueve CONACULTA). Menudo regalo navideño. Ojalá se repita. 
Elenco

Sandra Bárcenas, Irma Morales, Laura Morelos, Raúl Fernández, Jaime Vargas, Jorge Vega. 
Primeros solistas: Carmen Correa, Alma Rosa Cota, Jacqueline López, Erick Campos, Jiandy Martínez, Rafael Santiago. 
Solistas: Iratxe Beorlegui, Carolina Capdevila, Martha de Ita, Giselle Gómez, Slauka Ladewig, Patricia Orozco, Aurora Vázquez, Ares Perezmurphy, Guillermo Ríos. 
...y 50 bailarines más, la mayoría, niñas y niños. 
Orquesta del Teatro de Bellas Artes 
Director huésped: Enrique Patrón de Rueda 

El Cascanueces 
Libreto: Marius Petipa, basado en la versión de Alexandro Dumas del cuento de E.T.A. Hoffmann Música: Piotr I. Tchaikovsky Coreografía: James Kelly Escenografía e iluminación: Laura Rode Vestuario: Carlo Demichelis
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