jueves, 21 de noviembre de 2002

Ramón Vargas: De grandes profesores

Foto: Colección Auditorio Nacional

Los Amores de Lara / 21 de noviembre, 2002 / Función única / 5 484 asistentes / 
1:30 hrs. de duración / Promotor: Union Road 

Tomás Granados Salinas

La educación sentimental de los varones mexicanos pasa por dos aulas musicales básicas: una en la que, airoso y doliente, José Alfredo Jiménez nos enseña a paladear el sufrimiento y otra en la que Agustín Lara, con gallardía y ternura, explica cómo las párvulas bocas habrán de enseñarnos a pecar. Podrían agregarse nombres de compositores contemporáneos a este repertorio de profesores —de manera sobresaliente los de Armando Manzanero o Juan Gabriel—, pero los dos polos entre los que brota la chispa emotiva del macho nacional son el músico guanajuatense y el jarocho, adoptivo o auténtico, cuyas canciones siguen escuchándose por doquier. Es fácil entender por qué José Alfredo se ha encumbrado en el lastimero gusto popular: de factura sencilla, sus letras apuntan directamente al centro de las llagas anímicas y obligan a una catarsis explosiva. Explicar, en cambio, la aceptación masiva de un poeta como el Flaco áureo exige una diversidad de herramientas: por un lado, su curiosidad en materia de géneros fue tan ancha y tan bien atendida que pueden encontrarse obras suyas entre los mejores tangos, boleros, pasodobles y rancheras; por otro, la lírica que palpita en sus canciones acepta múltiples lecturas, desde la llanamente emotiva hasta la que requiere una pausada digestión literaria. 

No ha de extrañar, por lo tanto, que los repetidos homenajes que se le han hecho convoquen siempre a decenas de agustinos laicos. Miembros de esa fervorosa orden, damas y caballeros en proporción casi paritaria, colmaron el Auditorio para escuchar las palabras de su profeta en boca de un músico de gran finura: con su sonrisa permanente y su agradecible modestia, Ramón Vargas nos llevó a explorar los cuatro amores principales de Lara. Fue, en efecto, un recorrido por el ámbito femenino —sin lugar a dudas el máximo vicio del compositor—, la fiesta brava, España y Veracruz. Mujer y toro, seres enigmáticos que avivan por igual el miedo y la ilusión, son presencias frecuentes en la poesía lariana, acaso porque en las fiestas que los hombres hacemos para una y para otro surge lo mejor y lo peor de nuestro género: la devoción interesada, la soberbia, la fragilidad última, la valentía sin sentido. La Madre Patria y el rinconcito donde hacen su nido las olas del mar son, por su parte, dos de los pilares geográficos sobre los que el hijo favorito de Tlacotalpan erigió sus versos y melodías, en una saludable concupiscencia musical que produjo danzones con ecos andaluces. 
Pocas semejanzas pueden encontrarse entre los dos protagonistas de este concierto. Mientras que Lara llevaba la delgadez hasta en el sobrenombre, Vargas tiende a la complexión que, se dice, caracteriza a los tenores; si Agustín era adusto hasta parecer grosero, Ramón es afable, incluso chispeante; la ruta que condujo al compositor hasta el estrellato fue retorcida —el rechazo paterno a su vocación, sus andanzas como mero pianista por establecimientos no santos— y, en cambio, la del cantante tuvo la buena estrella del talento descubierto aún en ciernes. Tal vez sean esas diferencias las que hacen que la interpretación de Ramón Vargas sea tan valiosa: no se trata de regresar a la raíz arrabalera sino de llevar la mejor música vernácula a los terrenos del canto académico, de poner la justa afinación al servicio de la emoción cruda. Una orquesta sinfónica, la de Xalapa en este caso, dirigida por Enrique Barrios, sirve para completar el abrazo que el arte de conservatorio puede darle al de la calle, en una simbiosis que beneficia sobre todo al público. 
La velada comenzó con el canto, hoy anacrónico, a un cómplice esencial de quien se dispone a llevar serenata, esa lucecita callejera... Ramón Vargas apareció en escena a mitad de la canción, luego de que se dejó ver dentro de un fotomontaje que mostraba una de las intenciones del concierto —tender un puente entre los tiempos de Lara y los que corren—, pues la primera imagen que pudo verse del tenor lo mostraba en una plaza de esas que despiertan nostalgias entre los enamorados de antaño. Desde allí, su voz se presentó con la elegancia que no siempre ofrecen los dueños de una garganta sin fisuras: la pericia tonal, el dominio del vibrato, la fuerza de los pulmones estaban al servicio de las obras y no al revés. El público escucharía, sí, a Ramón Vargas y su rica panoplia vocal, pero no a expensas de las letras de Lara. Esa sutil disposición, qué duda cabe, fue parte del homenaje que el intérprete ofrecía al admirado compositor. 
El Flaco habría entendido, acaso sin sorprenderse, el juego técnico que se ofreció como segundo plato, cuando desde una grabación fonográfica, hilvanada con las imágenes televisivas de una presentación en vivo, cantó a dúo con Ramón esa confesión descarnada, y no poco cursi, de quien pone en unos versos toda la dulce verdad que tienen sus dolores. Y es que Lara supo lo que la tecnología puede hacer en beneficio de los artistas: su éxito fue de la mano del que experimentaron primero la radiofonía y luego el cine en nuestro país: La hora azul y la treintena de películas en que intervino están detrás de la popularidad que alcanzó en vida. Esa misma conjunción de medios llevó a los espectadores a reenamorarse de María Félix y a batir palmas cuando el Faraón de Texcoco lució un par de verónicas en las grandes pantallas gigantes; la orquesta tocaba el pasodoble y Ramón evocaba al monarca del trincherazo, el mismo que, de carne y hueso recibió la ovación luego de que Vargas cometiera la premeditada infidencia de anunciar que estaba presente en la sala. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Aunque erró al calificarla de inédita, el tenor interpretó una canción prácticamente desconocida de Lara. “Lo que somos” es una pequeña pieza de amor pero a la que Vargas, con inteligencia, dio una interpretación a favor de nuestro país aunque sin caer en nacionalismos baratos. Ahí donde Agustín exaltaba el vínculo solidario entre los amantes, Ramón sugería un simple pacto de hermandad, una alianza nacional acaso menos romántica pero sin duda más ambiciosa. Al hacer ese ejercicio exegético, el cantante confirmó la cualidad multiinterpretativa de las letras larianas; al interpretarla con una suavidad acariciante, hizo que los amores de Agustín, que sus enseñanzas sentimentales, se materializaran frente a los emocionados espectadores. Reencarnado en un ser distinto y quizás antitético, ahí estaba ese rumbero, jarocho, trovador de veras. Por eso los aplausos que Agustín Vargas —¿o era Ramón Lara?— cosechó esa noche tenían doble destinatario. Por eso la fusión de estos dotados músicos resultó un valioso experimento de mestizaje artístico. Y por eso el público ratificó la vitalidad de uno de los mayores educadores de México: el poeta Agustín Lara. 

Programa 
Farolito / Amor de mis amores / Señora tentación / Oración Caribe / Danzones (orquesta) / Madrid / Solamente una vez / Novillero / Lo que somos / Valencia / Mujer / Paso doble / Silverio / María bonita / Veracruz / Granada.

Elenco
Orquesta Sinfónica de Xalapa 
Director huésped: Enrique Barrios
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