miércoles, 27 de noviembre de 2002

Ola Cubana: De España, África, Cuba y México

Foto: Colección Auditorio Nacional

27 de noviembre, 2002 / Función única / 7 276 asistentes / 
3 hrs. de duración / Promotor: Identidad y Diseño S.A. de C.V. 

Patricio Ruffo Healy

Un aire salino y lleno de sustancia caribeña hacía crecer la expectación de todos los devotos amantes de la música de Cuba que acudimos al Auditorio a esperar la Ola cubana que, auspiciada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, rompía en viejas playas de la Ciudad de México. Una ola rica en influencias, confluencias, flujos, reflujos y retroinflujos que, con un entramado básico de España y África, forman un tapiz musical único, de colores y formas intensas y contrastantes, con el poder de estremecer, fascinar y hacer soñar a los escuchas. 

Desde que Hernán Cortés llegó a México de Cuba, todo barco destinado a la Nueva España, pasó antes por ahí, y cada uno nos trajo un pedacito de su cultura, que creció junto a la nuestra y se hermanó con ella. Por eso, Benny Moré hacía que la música ranchera pareciera hecha en la isla y el gran Dámaso Pérez Prado, ese gran chilango, hacía sonar a la Ciudad de México en mambos como “El Ruletero” o el “Universitario”. Al mismo tiempo, muchos músicos mexicanos han moldeado su obra con arcilla de son, danzón, bolero, chachachá y casi todos los estilos rítmicos creados en Cuba. 
El concierto, dedicado al músico cubano Polo Montañés, fallecido el día anterior en La Habana, abrió con La Nueva Trova que este año cumple 30 años de existencia. Este género es uno de los frutos artísticos de la Revolución y de las prestigiosas escuelas de instrucción musical de ese país. Los espectadores se deleitaron con la alta poesía de sus letras y sus audaces armonías, interpretadas por algunas figuras fundadoras como Noel Nicola, Amaury Pérez, Manuel Argudín, Vicente Feliú. Todos ellos hijos de Juan Manuel Serrat, de la canción de protesta latinoamericana de los sesenta, de Bob Dylan, los Beatles, y por supuesto, de Cuba. En la mayoría de los casos, acompañó el trío Trovarroco formado por tres guitarristas mulatos que nos recuerdan que aquella es la tierra de Leo Brower, quien llevó a la guitarra a altas expresiones de creatividad y versatilidad, creando una escuela reflejada en la técnica impecable de estos intérpretes, sin embargo fieles a la esencia sensual y cadenciosa de sus raíces. 
Vicente Feliú abrió con “Yolanda” y el bolero “Musas” compuesto por él mismo en el estado de Hidalgo; en la templada garganta de Noel Nicola: escuchamos: “Para una imaginaria María del Carmen” y “Es más, te perdono”. Miguel Argudín contribuyó con dos canciones: “Soy” y “Muchacha no te Enamores”. Todas ellas enmarcadas en el estilo característico de la Nueva Trova, que raya entre lo culto y lo popular, lo romántico y lo político, más cerca de la guitarra que de la clave, de lo español que de lo africano. 
José María Vitier, sentado al piano nos presentó su música para cine “Danzón Imaginario” (de Salón México) y “Fresa y Chocolate”, cuyas imágenes corrieron en la pantalla. Martha Valdés, a quien Vitier anunció como “una mujer que convierte cualquier escenario en algo mágico” lo comprobó en seguida con sus encantadoras versiones de “Tú no sospechas” y “Llora”. Amaury Pérez, coordinador del evento, cantó para celebrar 24 años de reciprocidad con México, y la palabra “reciprocidad” no fue usada a la ligera, como lo demostró el calor de la audiencia y él con su entrega al entonar “Acuérdate de Abril” y “Si yo pudiera”. 
La noche era larga, igual que esa ola que continuaba rompiendo sobre nosotros y ahora nos traía sabor a tierras santiagueñas con Eliades Ochoa y el Cuarteto Patria. Con su sombrero de hombre de campo se anunció con un “¡Viva México, viva Cuba, qué lindo encuentro entre familias!”. Advirtió que él no era hombre con desenvolvimiento de palabra y prefería hacer lo que bien sabe. Acompañado por bongos, claves, maracas, guitarras y trompeta, cantó “María, píntate los labios”. El son montuno, alegre y cadencioso, logró lo inevitable: en la parte de atrás del recinto se armó el bailongo, y siguió con “El Cuarto de Tula” y “El Carretero”, coreado a todas voces: A Caballo vamos pa’l monte... 
El grupo Síntesis fue un salto hacia otra región de la cultura cubana, la de los jóvenes actuales de La Habana que quieren pertenecer al Siglo XXI y buscan una fusión de su música autóctona con el lenguaje internacional del rock y del jazz. Batería, dos percusionistas, dos sintetizadores, guitarra y bajo eléctricos. El baile de tres mulatas coristas nos condujo por una aventura sonora, mezcla de ritmos y cánticos africanos con rock electrónico y funk de barrio negro norteamericano, pero que a fin de cuentas, resulta tener el sello absoluto de lo cubano. Aunque era algo nuevo para la mayor parte del público, su calidad se impuso y el conjunto fue despedido con muchos aplausos. 
Atrás de los instrumentos, de entre las sombras, surgió una figura encorvada, dos personas lo ayudaron a caminar hasta una silla al centro del escenario: una leyenda viva apodada Compay Segundo. Con sus 95 años a cuestas, se desplazó dificultosamente, mirando al público con alegre satisfacción. Irradiando una serenidad antigua y sabia, Compay saludó a México, tomó su armónico (ese invento suyo) y nos deleitó con la hermosa música de “Se perdió la flauta”, acompañado de su singular conjunto: guitarras, voces, güiro, clave, timbales y su particular sección de maderas (un clarinete bajo y dos en si bemol). En seguida, otra leyenda de la canción y la cinematografía: Omara Portuondo. Juntos cantaron “Veinte Años" y "La Pluma”. El público no quería dejar ir a Omara y ella concedió una versión a capella de “La era está pariendo un corazón” de Silvio Rodríguez, ante el silencio del cautivado auditorio, alargando las vocales en arpegios y escalas improvisadas. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Para cerrar, apareció en escena la orquesta de Isaac Delgado, el llamado Rey de la Salsa en Cuba, acompañado de trombones, trompetas, saxofones, dos teclados, bajo eléctrico, contrabajo y toda una sección de timbaleros y percusionistas menores, representantes de la parte cosmopolita y urbana de la isla. No bien abordaron el primer acorde de “La Sandunguita”, cuando de la multitud surgió una coreografía espontánea al ritmo cadencioso y energético de salsa y merengue que siguió en “Popurri para un Sonero” y “Yo Te Quería María” y ya no se detuvo; tampoco el canto: Juancito tucupé muchacho es un hombre popular, humilde... le gusta guarachar, a veces... Ya entrados en calor no nos podíamos ir sin el encore, para nuestra sorpresa, en boca de todo el elenco: “Un montón de Estrellas”. Y así terminó de pasar la ola, dejándonos la certeza de que en cuestiones de arte y cultura, cuando se trata de bailar, cantar y gozar, a cubanos y mexicanos nos baña la misma ola.

Programa
Vicente Feliú: Yolanda / Créeme / Musas
Noel Nicola: Para una imaginaria María del Carmen / Es más, te perdono
Manuel Argudín: Soy / Muchacha, no te enamores
José María Vitier: Fresa y chocolate / Danzón imaginario
Martha Valdés: Tú no sospechas / Llora
Amaury Pérez: Acuérdate de abril / Encuentro / Si yo pudiera
Eliades Ochoa: El cuarto de Tula / El carretero / Píntate los labios, María
Grupo Síntesis: Erú ayé / Amalia
Compay Segundo: Se perdió la flauta / Chan chan
Omara y Compay: Veinte años / La pluma
Omara Portuondo: La era está pariendo un corazón 
Trío Trovarroco: Silencio / Homenaje a trovadores y soneros
Isaac Delgado: Popurrí para un sonero /Yo te quería, María / La sandunguita
Final- Todos: Un montón de estrellas
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