sábado, 9 de noviembre de 2002

Ana Gabriel: De espejismo, carne y hueso

Foto: Colección Auditorio Nacional

9 de noviembre, 2002 / 9 578 asistentes / Función única / 
2:00 hrs. de duración / Promotor: RAC Producciones S.A. de C.V. 

Tomás Granados Salinas
La radio y la televisión han terminado por habituarnos a la existencia de seres imaginarios. En la pantalla o en las bocinas se materializan voces y figuras que podrían no tener un origen orgánico, y uno se acostumbra a que, por ejemplo, las canciones sean siempre iguales, sin defectos súbitos o pequeñas improvisaciones que hagan de la experiencia auditiva un hecho único, fugaz, afortunadamente irrepetible. Las presentaciones en vivo son por lo tanto una anomalía a la que se exponen quienes se atreven a averiguar si el ídolo cotidiano, ese compañero que todos los días insufla fuerzas a nuestro deseo de caer enamorados o explica con sencillez los malestares de la traición, es algo más que una grabación o un espejismo. A eso viene el público que abarrota el Auditorio Nacional: esta noche comprobarán con ojos y oídos (y tal vez incluso con la piel, pues la voz que los aguarda es lo más parecido a una caricia sonora) que Ana Gabriel es un ente de carne y hueso. 

Que es de carne dan cuenta sus canciones. Buena parte de las letras que interpreta, ya sean de su autoría o de compositores afines, son un elogio de la materialidad del amor, ése que nos hace balbucear de emoción, ése que a pesar de ser imposible es satisfactorio. Con la doble vibración de su voz —la física y la de su vibrato característico— Ana Gabriel ha dado en un blanco entre la queja perenne y rencorosa de otras cantantes y la ingenuidad de las estrellas juveniles. La suya es la voz sincera de quien ha podido, y sabido, disfrutar la madurez, asimilando los tragos dulces y amargos. No hay en ella rencor malsano ni esperanza miope. Y por eso estas mujeres del público, los varones que las acompañan o que secretamente tomaron la iniciativa de asistir al concierto, pueden reconocer sobre el escenario a una cómplice, alguien que habla de tú a tú y da consejos hedonistas, enseñándonos cómo sobrellevar los dolores del amor correspondido a cuentagotas o el abatimiento que produce toda separación. 
La aparición de Ana es por eso tan íntima como su música: una luminiscencia morada, que disuelve las formas; un telón traslúcido que reduce el área del escenario, un melancólico dúo de piano y chelo. Surge entonces el dulce bramido de esta mujer brava, que se arroja al oscuro vacío del Auditorio Nacional en silencio. Y es que el canto a capella es un privilegio que pocos intérpretes se conceden. Desnuda de todo ropaje sonoro, la voz en solitario se arriesga al oprobio de la desafinación, ese inesperado traspié de la garganta, pero es al mismo tiempo la ocasión propicia para que las cuerdas vocales luzcan su timbre, su esencia última. No hay mejor reto para una cantante como Ana Gabriel, que no rehuye los riesgos y sabe, con intuición taurina, que quien pone en juego su integridad merece aplausos apasionados al concluir la faena. 
El primero es un canto a la soledad, que podría describirse como lastimero pero eufórico si es que uno está dispuesto a aceptar las contradicciones emotivas que durante toda la noche nos producirá la ídola de Guamuchil. Ejemplo de esa oposición musical es la réplica de la orquesta que poco a poco va arropándola como si la docena de violines, los cuartetos de metales y de guitarras, el baterista y sus colegas percusionistas, los coristas, el par de teclados, le dijeran a su conductora que viviendo entre corcheas y pentagramas nunca se está del todo a solas, como si la música fuera siempre un refugio para el alma infestada de desamparo: la compañía proviene a veces de uno mismo, del nudo de emociones que nos da forma, y el arte sirve para descubrirlo. 
El concierto quedará dividido en tres porciones: uno en que Ana luce un refulgente vestido plateado y ofrece piezas de reciente incorporación a su repertorio —en un momento insinúa que formarán parte de un nuevo disco, casi el número veinte en su haber, aunque desinfla las expectativas de sus escuchas al confesar que no sabe cuándo habrá de grabarlo—; otro que es un agradable intermedio, en el que la cantante se ausenta y deja su lugar al naciente dúo Sin Bandera, y un tercero en el que Ana, ahora en su oscuro traje con botonadura metálica, cede a las peticiones del público e interpreta muchos de sus temas más aclamados. El buen diseño de la presentación mantiene un equilibrio entre lo nuevo y lo que forma parte de su tradición personal. También merece resaltarse el estímulo de esta mujer a quienes, como ella alguna vez, se mueven en el escenario con más temor que dominio; integrado por un mexicano y un argentino, Sin Bandera entona su emotiva oda al amor telefónico, y el cálido aplauso les hace sentir el cariño multitudinario. Finalmente, hay que resaltar el respeto a quienes vinieron a escuchar en vivo, con sus valiosas modificaciones instantáneas, las mismas piezas que brotan de la radio o del aparato de sonido casero. Después de todo, los cantantes de éxito deberían corresponder siempre así al fervor de la gente que los prefiere y los coloca en el vórtice de la fama. 
 
Añadir leyenda
El erotismo plañidero de Ana Gabriel es misterioso. Puede ser exigente, como cuando se lamenta la ausencia de todo roce y uno queriendo; o envidioso, como cuando añora el papel protagónico de la mujer legítima; o simple, como cuando confiesa no saber qué tiene la mirada del ser amado; o confesional, como cuando describe el laberinto por el que se mueven quienes se ven obligados a esconder su preferencia sexual. Lo que siempre hay en esta voz ronroneada es una sinceridad que emociona y a esa franqueza responde el público con emoción no fingida. Lo único artificial en el concierto es, en consecuencia, los fuegos que sin previo aviso se disparan en el borde mismo del proscenio, bengalas que apantallan y parecen un recurso desesperado del escenógrafo por acompañar a una cantante quien no requiere más que de su propia luminosidad: esta voz no es mero aire en movimiento, es un buril que talla el alma de los espectadores. Esa muesca, dulce cicatriz espiritual, será para muchos la evidencia de que Ana Gabriel es no sólo un fenómeno de la industria fonográfica sino también una persona real, con las mismas grietas en el corazón que quienes, embelesados, la escuchan desde las butacas. 

Programa
Huelo a soledad / Evidencias / Tierra de nadie / Solo quiero ser amada / El Cigarrillo / No te hago falta / Destino / Es el amor quien llega / Paz en este amor / Me equivoqué contigo / Y aquí estoy / Soledad / Ni un roce / Tengo que esperar / A pesar de todos / Es demasiado tarde / Simplemente amigos / Luna / Pensando en ti / A tu lado / Baila el reggae / Quién como tú / No a pedir perdón.
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