viernes, 13 de septiembre de 2002

Lupita D´Alessio y Paquita la del Barrio: Un macho en el valle de las hembras

Foto: Colección Auditorio Nacional

Duro y contra ellos / 13 y 14 de septiembre, 2002 / 2 funciones / 17 526 asistentes / 
3:45 hrs. de duración / Promotor: RAC Producciones S.A. de C.V. 

Tomás Granados Salinas

Si hubieran hecho caso a las consejas populares, todos los varones que traspasaron las puertas del Auditorio Nacional esta noche habrían debido cubrirse el rostro con protectoras bolsas de papel o buscar refugio en un disfraz que los hiciera parecer respetables damas. El temor parecía justificado: la fuerza de las canciones que se aprestaban a escuchar es tan grande que aun cuando muchos de los espectadores nunca han cometido las traiciones o faltado a las promesas que Lupita D'Alessio y Paquita la del Barrio describen con enfático menosprecio, las represalias femeninas podrían dirigirse contra cualquiera de ellos por el solo hecho de tener el mismo tipo de cromosomas que los villanos invocados musicalmente. Un recorrido por las butacas del Coso, mayoritariamente ocupadas por festivos batallones de señoras, habría agudizado la impresión de que aquello sería un aquelarre y que la sed de venganza, ya de ofensas reales, ya de agravios que existen sólo en al ámbito de la lírica, se saciaría con la sangre de los hombres con vocación suicida que se aventuraran por las inmediaciones del Campo Marte. Este cronista, advertido de los peligros pero seguro de que la proximidad femenina amerita esa y otras audacias, recorrió con timidez la ruta hasta el asiento donde se disponía a escuchar, con un estoicismo rayano en la temeridad, la catarata de oprobios que muchos de sus congéneres (y acaso él mismo) merecen. 

Nada es mejor que equivocarse de esta manera. Cuando las dos veteranas de la canción concluyeron su espectáculo, no sólo todos los representantes del sexo fuerte habían sobrevivido sino que abandonaron la sala con la múltiple satisfacción de haber escuchado dos voces firmes y conmovedoras, y de ser cómplices de una reivindicación amorosa que por suerte es hoy, además de necesaria, imposible de detener. 
Aunque ocurrieron bajo el mismo techo, en el mismo día, las presentaciones respectivas fueron en realidad dos conciertos distintos. Lupita D'Alessio muestra una vitalidad escénica que hace creer que la verdadera fuente de la juventud está en los aplausos del público: con sus armoniosos giros y sus breves carreras de un extremo al otro del escenario, toma posesión de la noche en un santiamén. El cuero negro de su traje de dos piezas le da un aire de agresiva mujerez, no exenta de la ternura que le haría derramar lágrimas en un par de ocasiones cuando la ovación coincide en intensidad con la entrega de la cantante. Al irrumpir en escena, antecedida por el largo maullido de un saxofón, la D’Alessio no puede ocultar su alegría, que tal vez lleva incluso una gota de temor, porque ve las gradas repletas, de gente y de entusiasmo. Segura de que sus canciones “no van a pasar de época nunca”, Lupita sonríe y activa con sus palabras la reacción de tantas y tantas amantes sin medida, leonas dormidas que conocen el filo de sus garras. 
Es cierto: muchas de las letras rezuman rencor pero otras son loas a la satisfacción, a la caricia oportuna o al amor sin recovecos, y aun a la dignidad, como cuando la ganadora del OTI proclama que “hay alguien que le gusta así como soy” o se pavonea de que aquélla, la insolente que completa el triángulo amoroso, carece de “lo que yo tengo de más”. Lupita sabe qué efecto producirán esos conjuros: cada vez que blande la varita mágica de su voz, la muchedhembra —valga el neologismo— aprueba con aplausos y alaridos, pues por esa garganta habla más de una mujer, herida tal vez pero reconciliada consigo misma. Y es que las dificultosas andanzas personales de quien comanda al viejerío la convierten en vocera de estas damas, que se carcajean regocijadas cuando Lupita, sin dirigirse al micrófono para no dejar constancia sonora del insulto, envía recordatorios familiares a un hombre en abstracto, al macho ridículo que puede soportarse como amigo y es insufrible como amor, el pillo del relato que despierta muchas ganas de no verlo nunca más. 
D’Alessio gusta de conversar con el público. A menudo dice gracias, promete entre sollozos que esta noche “no se me va a olvidar nunca”, reconoce la ayuda de su familia, de su compañera de armas Angélica Vale y de sus músicos para seguir activa en el desgastante orbe de la farándula, y pone especial énfasis al agradecer a su gastroenterólogo por contribuir a que sus entrañas, y no es una expresión figurativa, hayan remontado un padecimiento severo. Acompañada de dos pianos, cuatro alientos, dos percusionistas, guitarra y bajo, además del trío de voces que hace los coros —todos descritos como su “familia musical”—, Lupita es un torbellino y quizás por eso tiende a girar incesantemente, con exactitud de bailarina, hasta que, apenas antes de las 22 horas, abandona el proscenio. Las palmas la traen de regreso varias veces, exigiéndole más dosis de liberación, y cuando por fin se refugia en su camerino la efervescencia del público es tal que el intermedio es estorboso y no se antoja fácil insuflar nuevo aliento en el espectáculo. 
Pero Paquita la del Barrio sabe cómo enardecer a sus escuchas. Basta un par de notas del acordeón, basta el brillo caleidoscópico de las lentejuelas que cubren el rotundo cuerpo de la cantante, basta el grito de batalla de esta mujer sufridora para que las espectadoras vuelquen sobre el escenario lo que les queda de emoción. Nadie puede ignorar el contraste entre las dos intérpretes: la primera con su agilidad de muchacha traviesa y la segunda con una quietud monolítica, aquélla con un experto manejo del espacio y las luces y ésta con una sobriedad que conmociona, sin oropeles, sólo con su impecable voz que recorre todas las regiones del amor, desde la lascivia juvenil hasta la amargura de la mujer madura, desde la tristeza sin consuelo hasta el desdén lleno de burla. 
Paquita es una reliquia viva, la sobreviviente de una tradición artística en la que el dolor de las canciones no es una impostura sino que está lleno de vivencias personales, en las que cada proclama lírica es siempre una declaración de principios. Su cruda muletilla —“¿Me estás oyendo, inútil?”, con la última palabra pronunciada como un chasquido de látigo— suena a revancha anónima, que por ser aplicable en mil situaciones resulta un grito de batalla para quienes se identifican con esta dama de alto peinado y voz tersa. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Más de 30 canciones, la mitad de ellas en compañía de un suntuoso mariachi en traje blanquísimo, manaron de la garganta de Paquita. Durante las dos horas de su presentación, el hembrismo orgulloso deleitó a la concurrencia. Quien escribe esta reseña recibió una sustanciosa lección no sólo de quebrantos y pasiones, de astucia amatoria y poder vengativo, sino de entereza humana: tanto Lupita D’Alessio como Paquita la del Barrio saben producir adeptos. Tras escucharlas no queda más remedio que ir duro y contra ellos, así sea uno parte de estos últimos.  

Programa
Lupita D´Alessio: Gaviota del aire / Ni guerra ni paz / Engañada por ti / Leona dormida / De parte de quién / Que ganas de no verte nunca más / Aquí estoy yo / Acaríciame / Ese hombre / Mentiras / Inocente pobre amiga / Mudanzas / Mi corazón es un gitano

Paquita la del barrio: Confesión / Perdida / Invítame a pecar / Cheque en blanco / Arrástrate / Hipócrita / Amor perdido / Mar y cielo / No hay quinto malo / Anhelo / Imposible / Fallaste corazón / La huerfanita / Hombres malvados / Derecho a la vida / Azul celeste / No vuelvo a amar / La cantinera / Cuando el destino / El rebelde / Por tu culpa / La noche de mi mal / Hace un año / Me saludas a la tuya / El fracaso de mi amor / Tres veces te engañé / Que me perdone tu perro / Piérdeme el respeto / Nadie perdona el éxito / Taco placero / Rata de dos patas / Pobre pistolita.
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