miércoles, 11 de septiembre de 2002

Joaquín Cortés: En una cueva expectante

Foto: Colección Auditorio Nacional

New Live / 11 y 12 de septiembre, 2002 / 2 funciones / 7 013 asistentes / 
2:00 hrs. de duración / Promotor: Biosfera Entertaiment 

Tomás Granados Salinas
Son las 8:45 de la noche cuando sobre el escenario se vislumbra una veintena de perfiles humanos, delante de un luminoso fondo rojo. Se diría que es una cordillera al atardecer, pero el ensueño dura muy poco: estamos aquí para ver movimiento, no para fantasear con geografías estáticas, y por eso llena de emoción el diálogo entre una flauta y los golpes que recibe la caja, acaso el más tosco de los instrumentos pero que en esta banda capaz de producir sonidos mestizos ocupa una posición de privilegio. Se suman las guitarras, otras percusiones, hasta uno o dos violines, fuereños en la acústica del flamenco, y pronto incluso las voces lastimeras están tomando posesión del Auditorio, que aguarda expectante la entrada de quien usa todo su cuerpo como batuta para conducir esta orquesta. Escándalo es palabra tímida para describir el primer asalto de los músicos, que quieren encontrar el modo de hacerse presentes en una fiesta que tiene un solo invitado de honor. Al finalizar la inaugural descarga de aplausos, más ansiosa que entusiasta pues la obertura sólo ha demorado la entrada de Joaquín Cortés, las pocas luces se apagan. Así, a oscuras, el Auditorio es una cueva expectante. 

De lo alto, justo en el centro del escenario, un reflector rompe la uniformidad negra y obliga a los espectadores a concentrar su atención en una silueta espigada. Ya se ve el sombrero, las hombreras anchas de un traje sastre que gracias al porte del bailarín no parece fuera de lugar, las botas con tacones rotundos que habrán de ser protagonistas durante los próximos minutos. Esa luz cenital es una señal de la nueva vida que Joaquín está por presentarnos: su New Live comienza como si él fuera una planta que se renueva alimentándose con esa cascada de fotones. 
“Yo ya no soy quien era”, dice el cantaor con esa voz suya que podría servir para convocar a los fieles desde un minarete. “Yo ya no soy quien era”, repite Joaquín con todo su organismo, levitando al recorrer a lo ancho el escenario, y aunque es un poco mentirosa esa premisa de renovación personal parece latir en cada cabriola, cada alarido, cada tableteo de los talones. No sé si podamos decir que es nueva esta vida (pues el espectáculo guarda un estrecho parentesco con los anteriores del bailarín cordobés), pero lo que nadie podrá poner en duda es que se trata de vida en un estado de pureza poco común: la simulada espontaneidad del bailaor, sus improvisaciones bien ensayadas, los desplantes que hacen creer al público que el hombre goza tanto como quienes lo están viendo arriesgar el físico están llenos de vitalidad, contagiosa, emocionante, envidiable. 
La delgadez de Joaquín es engañosa. Ese cuerpo, que podría emplearse para dar lecciones anatómicas, tiene las cualidades del ligamento, que es fuerte y flexible, resiste la tensión y da impulso. Da gusto verlo flotar sobre unos pies que, de tan rápidos, casi no tocan el piso, o congelarse en una pose que nos hace recordar a algún ave en pleno vuelo, o detenerse de golpe al terminar un redoble de piernas, en ese instante en que el bailarín está satisfecho con su desempeño y se permite un gesto apenas arrogante —la sonrisa de complicidad consigo mismo— para propiciar el aplauso tumultuoso. 
Como si sacara una flecha del carcaj, el hombre que toca el bajo se apodera del arco y luego serrucha las cuerdas, para producir la pieza en que una de las cantantes se apodera de la escena y permite que Cortés vaya tras bambalinas. Reaparecerá pronto, con unos estrambóticos zapatos blancos que podrían ser ridículos si no se movieran con esa celeridad y esa precisión, ametrallando las duelas. Vestido con una elegancia de chulo (ya es hora de hablar del hilo de barba que recorre quijadas y mentón, de la fresca pelambrera donde se aglutina el sudor), el bailarín va de un lado a otro, haciendo rápidos solos que el público festeja con aplausos arrítmicos pero cariñosos. Y luego el frenesí se desborda cuando el primer esbozo de strip-tease deja a Joaquín enfundado en una camisetita. Más adelante habrá otros actos nudistas, como cuando el gitano se despoja de una gabardina y luce pecho y abdomen, sabedor de que de su cuello cuelga el sambenito de ser un sex symbol, condición que se confirma con los alaridos, mayoritariamente femeninos, con que el respetable celebra tantas desnudeces. 
Vuelve el bailaor, ahora vestido de rojo, tal vez como símbolo mefistofélico del pacto que tuvo que hacer para lograr que su cuerpo produzca la principal música de acompañamiento para sus evoluciones. A menudo se golpea con las manos los duros muslos, el altivo pecho, y entonces echa uno de menos el micrófono que habría capturado esa percusión corporal, porque Joaquín se usa a sí mismo como instrumento, ya para girar como una peonza, ya para martillar el piso, ya para extraer de su caja torácica una tonadilla rítmica. Más aún, por el modo de agitarse, sus manos parecen tañer el aire, hacer que la luz retumbe como si fuera un tambor más. Esta noche en el Auditorio abunda el contrapunto: está en las palmas con que los cantantes acompañan sus lamentos, en el talón intruso con que Joaquín repiquetea, en el rasgueo de las guitarras que se enciman unas a otras. 
Habrá quien se canse de la falsa monotonía del zapateo, pero nadie negará el prodigio corporal del hombre que martilla tantos clavos sonoros sobre la tarima. Pronto Joaquín queda cubierto sólo por unas mallas oscuras y por una levísima prenda líquida, tejida con finos hilos de sudor. Éste es el líquido que uno asociaría con el otrora bailarín clásico: cuando se yergue, cuando se retuerce, cuando finge ser un torero y provocar al astado, su cuerpo luce el brillante barniz del esfuerzo físico. Al terminar el espectáculo, la deshidratación habrá hecho mella en el bailarín: los dos kilos de peso que haya perdido son el precio a pagar para lucir una ligereza de nube, esa furia alegre, ese malabarismo de las pantorrillas. 
Porque lo cortés no quita lo flamenco, la faena del bailaor es un recorrido audaz por todo el abanico —y tratándose de esta música viene a cuento el pequeño ventilador de mano— de un género rancio y propenso al cliché. Joaquín es lo mismo un ejecutante ortodoxo, al que le vendrían bien las castañuelas que no emergerán esta noche, y un iconoclasta capaz de posar como si fuera Cristo en mitad del escenario, o un deliberado enfermo del mal de Parkinson que se sacude con el descontrol mejor dirigido del universo. 
Una hora y media después de que el sol eléctrico inauguró la función, el jefe de la tropa se retira. Joaquín Cortés no aceptará la convocatoria de los aplausos: el encore corre a cargo de los músicos y los cantantes, que ahora sí se entregan al festejo y hasta bailan, sin el mismo fuste que su patrón pero con tanta alegría como él. Es como tomarse un digestivo al final de una comilona. En los ojos y los oídos de los espectadores aún retumba la figura de Joaquín, plato fuerte para una noche veraniega; la mínima pachanga de sus acompañantes nos ayudará a asimilar los nutrientes dancísticos de este califa flamenco. Digamos salud con el brazo en alto, aunque al levantarlo quede claro que no es fácil emular a Joaquín, ave humana, cuando se anima a extender sus alas.  


Foto: Colección Auditorio Nacional

Tri-biográfica 
Oriundo de la andaluza ciudad de Córdoba, donde nació en 1969, Joaquín Cortés ingresó al Ballet Nacional de España en 1974. Tras ser solista en esa compañía, participó en diversos espectáculos como artista invitado y como coreógrafo, hasta que en 1992 creó Joaquín Cortés Ballet Flamenco, con la que ha preparado los espectáculos Cibayí (1992), Pasión Gitana (1995), Soul (1999), Live (2000) y New Live (2002). Además de su vocación dancística, ha alentado la cinematográfica con sus participaciones en La flor de mi secreto (1992), de Pedro Almodóvar; Flamenco (1992), de Carlos Saura, y Gitano (2000), de Manuel Palacios, con guión de Arturo Pérez-Reverte. Aunque él mismo anticipó que se retiraría al llegar a la edad que ahora tiene, es muy probable que continúe golpeando las tablas por varios años; cuando finalmente se aleje de ellas, fundará una escuela para jóvenes de escasos recursos y abundante habilidad corporal. (T.G.S.)


Programa
Introducción / Marinete / Transición / Bulería / Solea por bulería / Alegrías / Zambra / Seguidilla / Jaleos. 


Créditos 
Dirección y coreografía: Joaquín Cortés 
Música original: Joaquín Cortés y Juan Parrilla 
Vestuario: Giorgio Armani 
Iluminación: Juanjo Beloqui


Elenco
Voces: Encarna Amador, Irene Molina, Reyes Martín, Antonio Carbonell, Juañares, Juan José Amador. 
Flauta: Juan Parilla. 
Violín: Calos Carramolino. 
Viola: Sonia Martín. 
Contrabajo: Juan Cañada. 
Guitarras: Pepe Montoyita, Piripi. 
Chelo: Marina Sorín. 
Percusión: Ramón Porrina, Fernando Favier, Morito y El Pájaro. 
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