sábado, 31 de agosto de 2002

Óscar Chávez: Con humor de color mexicano profundo

Foto: Colección Auditorio Nacional

No me toquen ese vals / 31 agosto, 2002 / Función única / 9 603 asistentes / 
1:45 hrs. de duración / Promotor: Discos Arpegio 


Patricio Ruffo Healy
El título del concierto de Óscar Chávez para este año, su quinto consecutivo en el Auditorio, es: No me toquen ese vals, con el caricaturesco subtítulo de, Ni mucho menos ese fox-trot, añadido atribuible a Rius, autor del cartel publicitario del evento que, sin dejar de causar cierto escozor, resume el humor sagaz e ingenioso, de color mexicano profundo, que impregnó la atmósfera del Coso durante dos horas y media de espectáculo musical.  

Un público más bien de familias y parejas, de 15 a 80 años, con predominancia de cuarenteros y cincuentones, llenó el recinto. Esto habla de la bola de nieve de su popularidad, que ha venido rodando y creciendo con el tiempo, a la par de la sutileza de su arte, el cual, como los buenos vinos, demuestra ser mejor año con año. 
Serenidad y muchas tablas irradia su rostro maduro, al salir a escena entre el estruendoso aplauso de millares de fans. Lo acompaña la Camerata Académica de Mérida, bajo la batuta del maestro Jorge Buenfil, que alternará con el trío los Morales, sus versátiles acompañantes de siempre. 
Después de presentar a cada uno de los músicos, el cantautor decide que sea la suerte quien dicte el orden de su menú musical. Una mano inocente del público echa la moneda, es sol. Los Morales salen de escena y la sabrosa orquesta, sazonada con la sal de las percusiones de Armando Montiel, arranca con una de las grandes de la trova yucateca. Óscar comienza a cantar con su voz profunda de tenor: Quisiera preguntarle a la distancia/ si tienes para mí un pensamiento, y la atmósfera se llena de nostálgica alegría caribeña, agradecida por aquellos que conocen y reconocen la versión que cantaba Guti Cárdenas, tan sutilmente retomada por Chávez y sus músicos. Entre las gradas se escucha la voz de algunos más jóvenes deseosos de escuchar los éxitos de su ídolo: “¡‘La niña de Guatemala’, Óscar, ‘La niña de Guatemala’!”, grita uno. “Pérate mano, si te la toco ahorita luego te vas”, responde entre las risas del respetable. Prosigue un deleitoso silabario de canciones del viejo Yucatán: “Desdén”, “Frágil”, y continúa adentrándose en el Caribe con “Mariposa Misteriosa”, hasta desembocar en un hermano son cubano, “Y tú qué has hecho”. En ese ánimo de menearse con el baile y de emborrachar al público con su música, culmina con un bolero: “Despierta Paloma”. 
Ahora sí, entran Los Morales para darle variedad al menú. La orquesta se ha ido, sólo queda el incansable Armando Montiel, que acompaña a ambos grupos. Óscar habla de las próximas dos canciones dedicadas a Chiapas, lamenta que no se hayan resuelto los tres puntos del acuerdo de concordia y esboza un par de caricaturas políticas verbales que regocijan a la concurrencia, luego hace sonar a fondo su voz colorida y profunda: “A vos Chiapas, mi amor, te regalo este son”. Ya entrado en los temas políticos y con un público candente, los Morales se hacen de su acordeón y Óscar se avienta “El Coyote”: la ovación se convierte en rugidos de regocijo al escuchar los versos filosos que dejan sin cabeza a más de un funcionario público. La siguiente, “Luna blanca y luna negra”, constituye un arreglo con letra y música propios, pero que retoma versos de “El fandanguito” del legendario trovador huasteco don Arcadio Hidalgo. Chávez los interpreta con un aire de marcha fúnebre lleno de dramatismo: Yo fui a la revolución/ a luchar por el derecho/ de sentir sobre mi pecho/ una gran satisfacción/ pero hoy vivo en un rincón/ cantándole a la amargura/ pero con la fe segura/ que es el hombre campesino/ nuestra esperanza futura. Así cierra la primera parte. 
Para la segunda tanda el público está en sus manos. Cuando las pantallas gigantes muestran un acercamiento a su rostro, una mujer no aguanta más y grita: “¡Eres un cuero!” “No se llama así esta canción”, responde Óscar sin inmutarse, y añade, “se llama ‘Cómo quisiera’” (es una composición suya). Se pone de acuerdo con el maestro Buenfil cuya batuta despierta un voluptuoso tango, o yucatango, como aclarará al terminar la pieza. En ese ánimo, nos hace suspirar con varias joyas de la trova del Mayab, hasta terminar con “Ella” y despedir a la orquesta. 
Esta vez, Los Morales sacan jarana, requinto y arpa veracruzanos, y lo acompañan con “La Guacamaya”. La ovación del público se desborda cuando el maestro deja que sus músicos luzcan su virtuosismo. Para la siguiente pieza, demuestran su amplio dominio de los instrumentos al cambiarlos por la guitarra de doce cuerdas, el acordeón y el bajo eléctrico, y Óscar incursiona nuevamente en un tema político, la reciente cabalgata de ocho o nueve gobernadores en un conocido rancho de Guanajuato: “ésta fue de charros”, comenta al terminar, “pero de charros de oficina”, y aprovechando que Los Morales han calentado ya los instrumentos norteños, canta una de las múltiples piezas que ha rescatado del olvido, una joya del folclor norteño: “Paso del Norte”, nombre original de Ciudad Juárez, e intenta dar fin a su menú con algo más romántico, su acostumbrado regalo: “Por ti”. Con 30 años de antigüedad, es una de las favoritas, y recientemente Lucero la ha vuelto a hacer sonar en versión comercial. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
El ídolo pretende despedirse, pero su público está gozando demasiado como para dejarlo ir. Para nuestra fortuna, él y sus músicos se quedan otro rato, ahora sí, a complacer peticiones. Es curioso ver cómo una señora de 70 años y su nieta de 16 corean al unísono, “Cien Años de Macondo”. Aprovechando esta ola de entusiasmo, remata con una pieza en la que, muy a su estilo, satiriza una vez más con ingeniosas coplas al mundo de las cúpulas políticas: Con el corazón enfermo/ les vengo a hablar de un desmother/ ya no tenemos gobierno/ hoy tenemos un Big Brother. Asegura que quiere retirarse pero, en realidad, también está feliz. “¿Quieren un bolero?”, pregunta. “¡Siiií!”, responde la voz caliente del Auditorio. Tras “Un año más sin ti”, aunque su público le aplaude a rabiar, se va. Será, como acaba de cantar, “un año más sin él”

Entrevista
De Lucero y “Por ti”. La única que ha llegado al terreno comercial, por llamarlo de alguna manera, ha sido esa de “Por ti”. Ésa es un garbanzo de a libra. La grabó Vicente Fernández, ahora Lucero, la Estudiantina de Saltillo, algunos intérpretes de ranchero también. El público heterogéneo. Eso es muy bonito, me da mucho gusto porque quiere decir que tanto trabajo de tantos años no ha caído en el vacío. Le estoy cantando ya a una tercera generación, a los nietos de mis contemporáneos. Si calculamos de a generación por década, entonces es muy bonito que el público resulte tan heterogéneo: distintas edades, distintos ambientes, qué fea la palabra, distintas clases sociales... me da mucho gusto. El rescate de la tradición. Fuentes es lo que sobra, yo he resultado ser no tanto un investigador, sino un intermediario, porque la información está en los libros. Hay muchos investigadores, libros de muchos años, el trabajo de Vicente T. Mendoza, el del Instituto Nacional de Antropología, Hellmer, Irene Vázquez, las ediciones del Colegio de México, el Instituto Nacional Indigenista y muchas gentes de provincia; de viejos discos y también de la memoria de la gente que por ahí te encuentras y te recuerda, lo apuntas y lo anotas. Sus presentaciones en el Audi. Para mí el Auditorio es importante. Yo soy de la ciudad, es el espacio mejor acondicionado de la ciudad para eventos de tanta gente. Ya solicitamos fecha en el Auditorio para el año que entra, el 30 de agosto supongo que será posible. Y ya estoy pensando qué locura se me ocurre para el año que entra. Eso me entusiasma mucho, a ver qué le propongo a la gente. Hay tanto en este país, a donde te vayas, qué bárbaro. Encontrar buenos ejecutantes, buenos acompañantes, un repertorio interesante que no sea sobado. La canción política y la caricatura. Realmente yo estoy siguiendo una tradición equivalente de la caricatura de Rius y todo ese movimiento portentoso que tenemos de caricatura. Nunca ha dejado de ser importante y fuerte la caricatura en México. La pretensión de este tipo de canciones es manejar también el sarcasmo, la ironía, la ira, el enojo, la burla, todo se saca a través de una canción ranchera. La idea es que sean caricaturas verbales. Tratar de rescatar la picardía, el humor con el que los pueblos se desquitan de sus malos gobernantes, es algo a lo que no todo el mundo se avienta a hacer. El riesgo permanente de la canción política es que es, en general, muy efímera. Buscas un hecho, un personaje, y ya cuando sacas el disco pasaron tantas cosas que a la mejor pierde sentido, pero hay que hacerlas. Carrera y fama. Igual pasas sin pena ni gloria. Uno se dedica a trabajar y las cosas se van dando. Han pasado muchos años. Para cualquier gente de las que nos dedicamos a este tipo de manifestación, hay años en que las pasas terribles. Pero ya lo sabes, no hay queja, sabes que la batalla es ésa. No puedes esperar esa imagen del éxito ultratelevisiva. El renacimiento de lo mexicano. Es un poco sorprendente, pero qué bueno, el trabajo no ha sido en vano. Hay sectores de la juventud que se empiezan a interesar otra vez por el pasado, por lo que sucedió antes. Como que la música se recicla. Como he tenido la suficiente terquedad para seguir dando lata, por ahí me topo con los jóvenes, qué bueno. Eso me provoca en el sentido productivo, te induce a hacer cosas para estar a tiempo con la muchachada, te refresca, te revitaliza. (P.R.H.)

Programa 
Almendra / No me toquen ese vals / Quisiera / Desdén / Frágil / Mariposa misteriosa / Poquita fe / Y tú qué has hecho / Ella parada en la puerta / Canción Infantil / A vos Chiapas, mi amor / El Coyote / Luna negra / Despierta paloma / Cómo quisiera / Sólo tú / Ojos tristes / Cocotero / Inútil / Ella / La guacamaya / La cabalgata / Paso del norte / Hasta siempre / Por ti / Macondo / Coplas guerrero (órale indita) / El guarura de levita / Siempre me alcanza la danza.
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