jueves, 29 de agosto de 2002

La Ley: A veces pantera, de pronto pez

Foto: Colección Auditorio Nacional

29 y 30 de agosto, 2002 / 2 funciones / 17 067 asistentes / 
2.15 hrs. de duración / Promotor: OCESA presenta 


Rodrigo Farías Bárcenas
Para captar lo que ocurre esta noche en el Auditorio Nacional no hay como tener en cuenta que detrás de cada músico, de cada instrumento, de cada luz, hay una historia que, en el caso de La Ley, abarca tres etapas definitivas: la primera empieza con su desarrollo en Chile; la segunda contempla un periodo de expansión en México y la tercera surge con su propósito por consolidarse en Estados Unidos. 

Su espectáculo concreta ese nivel de aspiración; en particular el desempeño escénico de Beto Cuevas. Desde que empieza hasta que termina el concierto su actitud es la de todo un rockstar ajeno a estereotipos nacionalistas y sin limitarse a cantar en español –a veces lo hace en inglés o francés. Su mayor recurso para conmover a una audiencia más allá del idioma es el poder de la seducción. Este encanto, desde luego, en su conjunto proviene de las canciones, del resto de los músicos, y de recursos técnicos y escénicos. Sin embargo, todo ello se encuentra imantado por el lenguaje corporal del vocalista, esencial componente expresivo del concierto. 
Las luces, la pantalla que exhibe figuras abstractas, el volumen trepidante, son elementos que invariablemente se conjugan a su alrededor sin llegar al extremo de reducirlo a jugar el papel de solista respaldado por un grupo. La explicación de este equilibrio, difícil de lograr por gente con menos experiencia, puede ser ésta: La Ley trabaja de acuerdo con el criterio de la interacción grupal que los roqueros enarbolan como parámetro de autenticidad, pero también domina uno de los requisitos del pop que consiste en ubicar al cantante como centro de la atención, aun cuando los músicos pasen a un segundo plano –no en el caso de los chilenos– siendo el playback el mejor ejemplo de este principio. 
Los modelos de Alberto Cuevas son algunos de los más prominentes iconos del rock: Presley, Jagger, Bowie, Bono y otros diestros domadores del escenario, pero aquél tiene su propia forma de expresión. Si así lo pide el tema, es capaz de romper las fronteras de lo femenino y lo masculino; puede ser sutil o directo; ágil como atleta o rígido cual militar. Con un poco de imaginación podríamos ver cómo ese hombre de espigada figura y voz suave, ataviado de negro, con los pantalones ajustados y la camisa entreabierta, con sus movimientos se transforma en otras especies. A veces pantera, ahora serpiente, de pronto pez. 
Deslumbrados por su apabullante profesionalismo, no podemos dejar de notar que tanto el grupo como sus recursos escénicos son producto de una evolución que lleva tres lustros. Desde su origen en 1987 la banda ya tenía la meta de armar un espectáculo profesional de todo a todo. En 1990 debuta en PolyGram y tarda sólo dos años en convertirse en una de las principales agrupaciones de América Latina. Para 1996, ya con residencia en México y el apoyo de otra compañía (Warner), alcanzan el impulso que les permite llegar a Estados Unidos, donde han tenido logros como el haber sido reconocidos con el Grammy. 
La Ley pasa por un momento clave en el que está consolidando su relación con la gente en un plano internacional, en gran parte gracias al disco unplugged de MTV (2002). Esta noche el espectáculo se distingue porque, en comparación con producciones previas, hay menos énfasis en aspectos tecnológicos y más peso en las texturas naturales. 
En algunos puntos estratégicos escuchamos temas conocidos con nuevos arreglos de tipo acústico. Destaca la apertura con “Animal”, que define la tónica a seguir; a la mitad del show “Mentiras” acaba por acentuar la emotividad reinante; y casi al final sobresale “El duelo”, con el apoyo de la cantante de jazz Elizabeth Meza. Mención aparte merece el solo de batería, que revela a Mauricio Clavería como un frontman que aporta un contrapeso a la omnipotente presencia de su compañero vocalista. 
Desde un principio, el ánimo de la gente es de entrega incondicional, pero es a partir del segundo tercio del programa cuando alcanza su nivel óptimo. “Aquí” y “Prisioneros”, provocan que la audiencia se ponga de pie y participe con los primeros grandes coros de la noche. 
Y aunque el público responde indistintamente al enganche visual de Cuevas, es el femenino el más receptivo y el más dispuesto a desinhibirse con el movimiento de sus propios cuerpos. Ellas bailan solas, sin hacer caso a sus tímidos acompañantes. 
 
 Foto: Colección Auditorio Nacional
Con sus movimientos Alberto Cuevas ha marcado la ruta a seguir de canción en canción, dejando un rastro significativo de sus vivencias en los escenarios. Lo que nos muestra ese lenguaje corporal es que, parafraseando una rola de Rod Stewart, cada concierto cuenta una historia. Y La Ley ha escrito la suya con un afán de sintetizar la estética sonora con la visual. 

Programa
Animal / Delirando / Eternidad / Hombre / Aquí / Prisioneros de la piel / Fuera de mí / Paraíso / Tejedores de ilusión / La luna / The Corridor / Mentira / Intenta amar / Just Another Day / Doble opuesto / Día cero / Cielo Market / El duelo.
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