miércoles, 22 de mayo de 2002

Buena Vista Social Club: Ritual para conocedores

Foto: Colección Auditorio Nacional

22 de mayo, 2002 / Función única / 9 402 asistentes / 
2:00 Hrs. de duración / Promotor: Zarabanda Producciones S.A. 

Tomás Granados Salinas
No es por respetar las reglas de urbanidad que uno se pone de pie delante de los señores del Buena Vista Social Club. Nadie abandona su asiento para ofrecerlo al viejecillo que con paso vacilante se acerca al proscenio o a la mujer de peinado enhiesto, única fémina que pisará la tarima del Auditorio. No es mera cortesía la que el público expresa: es un gesto de festivo respeto, un modo espontáneo de agradecer a esos tenaces músicos por su larga vida, por el ave fénix de su entusiasmo. Y es que estar de pie, bambolearse, saltar incluso en el espacio entre las filas de butacas, es un modo de aplaudir con todo el cuerpo.
Quienes colman el Auditorio Nacional conocen las líneas generales del espectáculo que arranca con apenas diez minutos de retraso, pero hay un poco de expectación sobre el programa definitivo. A veces juntos, a veces en solitario, estos cubanos han frecuentado nuestro país desde que en 1996 estalló la impredecible supernova del disco homónimo, convirtiendo a la música isleña en un producto tan delicado y tan a la moda como los puros que han dignificado el vicio del fumador, y por eso la sed de sorpresas que domina al público no surge tanto de averiguar si los sones y los boleros serán novedosos como de conocer el elenco que finalmente habrá de pararse sobre el escenario. Se rumora que Rubén González, el artrítico más ágil del orbe, se plantará frente al piano; que Ibrahim Ferrer tiene un nuevo disco en la punta de la lengua; que Compay Segundo logró desembarazarse de otros compromisos y su voz cavernosa invadirá las bocinas. 
Por eso parece que dos bandas actúan esta noche, una compuesta por estrellas de renombre y otra que desde su moderado anonimato apoya y permite los destellos de Omara, Eliades, el Guajiro Canabal. Es la segunda la que toma posesión del terreno tras escucharse la tercera llamada, con una descarga sin voces humanas, sólo con alaridos de metal y palmadas de cuero, queriendo que el público entre rápido en sintonía con esta música que no por simple está exenta de los enredos que inventa el solista a la hora de presumir sus dotes. Pero dura poco la obertura: los espectadores se declaran listos para recibir a Omara Portuondo, diminuta, orgullosa de su porte anticuado pero elegante, y ella entra para alegrarnos con la nostalgia, ese dolor hecho lágrimas sonoras, de quien evoca el día lejano ya en que para alguien más fuimos la ilusión de su vida. Esos “Veinte años”, que no son nada o que marcan la diferencia entre los mosqueteros y su achacosa sombra, caben varias veces en las biografías de estos hombres y mujer que nos alegran, y quizá porque en ellos el paso del tiempo, con sus dichas y sinsabores, no es una simulación, todo lo que dicen suena auténtico, bien vivido, doloroso tal vez. 
Acaso porque tiene tintes autobiográficos, Eliades Ochoa escoge “El carretero” para presentarse, luciendo su inverosímil aunque usual indumentaria ranchera, hoy festoneada por un saco bordado. Rasga y pespuntea la guitarra y detrás de él viene Barbarito Torres con el laúd, dispuesto a un amigable duelo entre tañedores. Entran también Pío Leyva, acartonado por las décadas que lleva encima, e Ibrahim Ferrer, que por contraste parece un adolescente hiperquinético. Una vez presentada la plana mayor, Juan de Marcos —uno de los demiurgos que ensamblaron esta orquesta— introduce un género que por desgracia habrá de ser frecuente en una agrupación como ésta, tan en la orilla que nos separa del más allá: el son elegiaco, dedicado ahora a la memoria de Puntillita, cantante en la grabación original y que ya no está entre nosotros. Él, dice el responso, “rebosaba cubanía”, cosa que puede aplicarse a cada uno de estos veteranos. 
Se equivoca quien diga que el estruendo es cualidad esencial de Buena Vista Social Club. Valga como contraejemplo la delicadeza con que la banda acompaña a Ferrer cuando interpreta “Murmullo”: los metales callan, bajo y piano asumen sin timidez su protagonismo melódico, cuatro percusionistas se afanan en romper apenas el silencio, produciendo así un levísimo tapiz de maderas frotadas y golpes sobre el parche de tumbadoras y bongó. Es ahí donde la voz profunda, sedosa y fatigada del santiaguero reluce, donde la picardía de quien más adelante confesará sus preferencias femeninas —de las rodillas p’arriba, de la cintura p’abajo— se convierte en ternura y hasta en malestar de enamorado. 
Se suceden melancolía y frenesí, “La sitiera” que mana de la garganta de Omara y la sabrosamente cursilona “Cómo fue” con que Ferrer explora por millonésima ocasión la alquimia del enamoramiento. Anticipándose a las peticiones obvias del público —conformado lo mismo por gente tan joven que está convencida de que el Buena Vista Social Club es un “rescate” de la música cubana y por quienes escucharon en su primer apogeo la voz de Portuondo, el piano de González, el patriótico cuarteto que dirigía Ochoa—, Ibrahim da un primer paseo por el vivero de la lírica cubana: mientras convierte sus “Dos gardenias” en símbolo vegetal de la pasión, alguien desde la primera fila pone en sus manos un racimo de flores blancas, luminosas, que contrastan en color y lozanía con el cantante pero que exaltan la interpretación de esa pieza. Poco después Omara acompañará a Ferrer en el recorrido por el invernadero, en un mano a mano —si puede aplicarse la expresión a una dupla de gargantas— que busca impedir que las flores sepan los tormentos que les da la vida. Oyéndolos padecer con tanta delicia, dan ganas de pedir que sufran por siempre. 
Cuando la orquesta abre la puerta de “El cuarto de Tula” y nos hace pasar a sus entrañas abrasadoras, el Auditorio todo es una alegoría del incendio, cada espectador es una llamita que se agita y disfruta siendo parte de una destructora quemazón. Nadie se quedará dormido mientras las velas humanas danzan y se dejan conducir por Ibrahim, por el solo de laúd de un Barbarito Díaz al que había que ingresar en el manicomio desde la vez en que grabó esa pieza para el disco con que se disparó esta nueva ola de cubafilia. Se comprueba entonces lo que Juan de Marcos afirmó entre dos piezas: México es la segunda patria musical cubana. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
Éste es uno de los conciertos que no terminan cuando los asistentes se van: al recrearlo en la imaginación se extiende la candela; sólo quedará echar de menos el marco arquitectónico en que ha ocurrido la bacanal sonora. 

Programa
Veinte años / El carretero / Amor verdadero / Pío mentiroso / Murmullo / La sitiera / Píntate los labios María / Cómo fue / Cienfuegos / No me llores más / Dos gardenias / El cuarto de Tula / De camino a la vereda / Chan Chan / Bésame mucho / Silencio / Candela.
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