lunes, 15 de abril de 2002

Juan Gabriel: Aquí estoy

Foto: Colección Auditorio Nacional

30 años de carrera / 11, 12, 13, 14 y 15 de abril, 2002 / 5 funciones / 48 125 asistentes / 
3:45 hrs. de duración / Promotor: RAC Producciones

David Miklos
Las pantallas, a ambos extremos del escenario, nos muestran a un joven alegre que, guitarra en mano, canta a la carestía con la mejor cara posible. Pasa el tiempo y el chico se contonea con desparpajo, una playera ajustadísima pegada al torso. Una década después, luce un icónico y tejido suéter rojo; ahora, rodeado de veladoras, entona un hermoso himno de amor. También lo vemos vestido de revolucionario y de charro, y se nos aparece en compañía de otras estrellas, pero ninguna tan grande como él (acaso una, pero de ella, que en paz descanse, hablaremos más adelante). El video, que dura una decena de minutos, comprende las tres décadas de carrera artística de un cantante sin precedentes en la esfera de la música popular mexicana. Llegados al 2002, aquí y ahora, la cinta se regresa y, a toda velocidad, vuelve a la escena inicial, en donde se congela.

Aún distraídos y en pausa ante las pantallas, tardamos en notar que una figura ha aparecido al centro del escenario, debajo del umbral iluminado de azul al tope de unas escaleras. “Aquí estoy”, dice Juan Gabriel, y baja los escalones sin prisa y con una guitarra al hombro, como salido de la pantalla, aunque muy elegantemente vestido: saco largo, chaleco y corbata oscuros. “Así empecé, hace treinta años”, nos cuenta y comienza a cantar “No tengo dinero”. Ya no tan joven, sigue siendo el mismo hombre alegre que canta a la carestía, en el sentido más amplio de la palabra, con la mejor cara posible.

Sobra decir que el público, nosotros, estamos a la vez hipnotizados y en pleno éxtasis: si para algo es bueno el Divo de Juárez es para llevar a cabo un instantáneo juego de seducción. Las luces bañan a los fieles y la frontera con el escenario se rompe; es como estar en la sala de nuestro hogar acompañados por 10 mil invitados, una orquesta de 40 músicos y seis coristas, todos honrados por la visita de quien más nos quiere, al que hace tiempo no veíamos por aquí. Estará entre nosotros cinco noches seguidas... ¿se puede pedir más?

Juan Gabriel no tarda en invitar al escenario a Estela Núñez, con quien canta, y a quien deja cantar, un par de canciones, entre ellas “Lágrimas y lluvia”, compuesta especialmente para ella. También se hacen presentes Ana Gabriel y Mona Bell, con las que se avienta sorpresivos palomazos: “Luna” y fragmentos de “La vida es una tómbola”, respectivamente.

Sus primeras interpretaciones son con la orquesta y es el Juan Gabriel más clásico, famoso por sus baladas y sus joviales cantos de ardido; luego, aparece el Mariachi Arriba Juárez y, junto con sus 13 integrantes, el Divo se deschonga y muestra su faceta más lúdica y alburera. En algún momento se tropieza y es auxiliado por uno de los trompetistas... “Si me caigo me cogen”, advierte, y celebramos su ocurrencia. Nada más divertido que verlo cabalgar cuando llega el momento de “Móntate, móntate”.
Hacia la tercera noche su voz parece haber renunciado a seguir con la fiesta, sin embargo algo sucede y ésta suena en plena forma, la afonía vencida por el milagro de la emoción y la entrega. Cuando se cansa, nos cede el micrófono y somos nosotros los que le cantamos a él. “Hubieran venido hace treinta años”, asegura, “estaba nuevo como billete de dólar”. 
El clímax de la velada llega con “Amor eterno”. “Gracias por cantar mis canciones”, nos dice, “carecí del amor de una madre y ahora tengo el de millones”. Es suficiente para que se nos agazape el corazón y le cantemos a todo pulmón a Victoria, la madre tempranamente muerta de nuestro ídolo. No deja de agradecérnoslo: todos somos sus amores.
En su último concierto sucede lo esperado: la interpretación de “María de todas las Marías”, en honor a la recién fallecida Doña y dedicada a Ernesto Alonso, mejor amigo de María Félix, quien pronto se conmovió ante la canción de Juanga. “Ni una lágrima más”, pidió el Divo; y luego todo fue algarabía: por algo es ya un lugar común que los mexicanos nos reímos de la muerte.
Otra grata sorpresa es el uso del Órgano Monumental del Auditorio Nacional, cuyas pipas sirven de acompañamiento a una versión exquisita de “Siempre en mi mente”.
También está allí Isela Vega, a quien le dice: “Espero que cuando me metan al bote por no pagar impuestos me vuelvas a visitar”. Y a nosotros: “Un aplauso para que no me demanden”. Cada vez que se acerca la fecha en la que hay que declarar los impuestos, a Juan Gabriel, hostigado por las autoridades, no le queda de otra más que dar la buena cara, como es el caso ahora.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Son, como los años que cumple en escena, 30 o más las canciones que nos dedica sin tregua, todas ellas coreadas con precisión. Cerca de cuatro horas después de iniciado el concierto, aún pedimos más, pero el Divo no es, al fin y al cabo, un superhéroe y se despide, convertido en amor y ternura, con “Abrázame más fuerte”, para así regresar, en nuestra compañía, a su soledad.

Programa
No tengo dinero / Extraño tus ojos / Una lágrima / Lágrimas y lluvia / Infidelidad / Inocente pobre amigo / Una vez más / Catalina / Yo creo que es tiempo / Tu más fiel admirador / Me he quedado solo / No se ha dado cuenta / Se me olvidó otra vez / Te voy a olvidar / La farsante / Tú sigues siendo el mismo / Juro que nunca volveré / Mañana te acordarás / Cuando todo se acabe / No vale la pena / Caray / Siempre en mi mente / Noa – Noa / Con tu amor / Costumbres / No me vuelvo a enamorar / Ya lo sé que tú te vas / Debo hacerlo / Hasta que te conocí / Si quieres / Tú a mí no me hundes / Querida / Así fue / Mi más bello error / Amor eterno / Te sigo amando / Abrázame muy fuerte.
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