lunes, 18 de marzo de 2002

Miguel Bosé: El roce de la muerte

Foto: Colección Auditorio Nacional

Sereno / 18, 19, 20, 21 y 27 y 28 de marzo, 2002 / 7 funciones / 60 346 asistentes / 
2:30 hrs de duración / Promotor: RAC Producciones 

Patricia Ruvalcaba
Miguel Bosé sabe que no hay atractivo más poderoso que el misterio, y durante 25 años de carrera artística ha ejercido su condición de enigma con inteligencia, dejando a sus fans migajas relucientes en un sendero a oscuras. Las canciones de Sereno (2002), disco número 15 del cantautor español, son eso, nuevas migajas en la oscuridad... y el misterio continúa. Más aún si se recuerda que los últimos cinco años del artista transcurrieron por extraños derroteros. Después de Laberinto (1997) Bosé guardó silencio como compositor. Tenía fama, prestigio, dinero, mercado, pero su metabolismo espiritual le dictaba otros caminos. Rindió homenaje a varios artistas que admira mediante el cd Once maneras de ponerse un sombrero (1998); como conductor del programa de tv Séptimo de caballería, especializado en música, difundió la obra de numerosos músicos y miró las entrañas de la industria discográfica. Empezó a sentir fatiga. En 1999, mientras preparaba la antología Lo mejor de Bosé sufrió un accidente automovilístico del que se salvó milagrosamente. Sintió el roce de la muerte. Durante la rehabilitación se reencontró con las palabras; su metabolismo había completado un ciclo. Luego, en la gira con Ana Torroja, GIRAdos (2000-2001), recobró el sabor incomparable de los escenarios y del público. A inicios de 2002, declaraba: “Me ha costado 45 años pero ya he entendido. Sé lo que quiero. Siento un control profundo y absoluto sobre lo que hago. Sereno es autoridad respecto a mí mismo y a lo que me rodea...” 
Sus fans esperaron esos cinco años, pacientes. Por fin el inasible Bosé anunciaba un disco “en primera persona”, en el que “a lo mejor me traicioné” porque “por primera vez hablo de mí”, con historias reales, “con nombres y apellidos”, “100% Bosé”. La expectación no era para menos. En, éste, su segundo concierto en el Auditorio Nacional, la mayor parte del público eran mujeres creciditas, de 30 para arriba, en grupos de tres o cuatro, acompañadas por algún varón cómplice. “Basta que nos deis, México, un poquitico de amor”, dijo el cantante, e inició con “Bambú”. La atmósfera se sintió vaporosa, sensual. Igual que los seis músicos y las dos coristas, Bosé vestía de negro: saco largo, camisa blanca, rayas perfectas en los pantalones que hacían juego con su apostura y su rostro anguloso. “Salamandra” expandía sus notas hipnóticas, a pesar de que el sonido estaba saturado de agudos. Cuatro columnas con estrías horizontales de aluminio recordaban la noche urbana; en el techo, una enorme cuadrícula tubular se coloreaba según el temperamento de cada canción, descendía, se elevaba, era una extraña forma de vida de la que nacían combinaciones luminosas. Bosé recibía una luz cenital que lo santificaba en “Te digo amor” --una reflexión sobre el acto de dar existencia a las cosas al nombrarlas--, y una gama verdeagua lo convertía en súbita criatura submarina en “El hijo del capitán Trueno”. 
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
La sensación hipnótica seguía. Y la ambigüedad boseana también. Estaba en las enigmáticas letras, en ese pop-rock refinado con pinceladas tecno, reggae y de música del mundo, en los breves desmayos de las fans. ¿Qué le ven?, pudo haber preguntado un no iniciado. Bosé evolucionaba, giraba, mostraba la naturaleza flamenca y árabe de sus manos, sus párpados se hundían en las profundas cuencas de sus ojos. Se tocaba el sexo, provocaba, remataba una canción ofreciéndose de tres cuartos o con un enérgico zapatazo. Ahí está la respuesta: Bosé sabe acariciar. Sabe llegar, integrarse al paisaje y desaparecer como una emanación. Prosiguió con “Nena" y "Gulliver", un viejo éxito sobre amores etéreos, y un lamento nuevo por la depredación ecológica. El sonido ya estaba corregido. Se transformó en un solemne predicador con "La belleza", himno de Luis Eduardo Aute contra la sinrazón humana, e hizo una larga versión bailable de "Amante bandido”. Un falso final de tres minutos le sirvió para constatar cuánto se le aprecia: ovaciones y alaridos lo reclamaron incesantemente. Volvió con camisa roja y aún ofreció casi una hora de espectáculo, que incluyó un apartado acústico para “Creo en ti” y “Te amaré”. El remate, intenso, fue con “Mientras respire” y “Forastero”. Finalmente, las promesas que hizo Bosé al anunciar Sereno, quedaron en eso. No hubo revelaciones ni confesiones, pero sí un Bosé más consciente de su entorno. El misterio continúa. 

Programa 
Mirarte / Bambú / Salamandra / Te comería el corazón / El hijo del Capitán Trueno / Nada particular / Partisano / Te digo amor / Si tú no vuelves / Millones de kilómetros de aquí / Nena / Puede que / Gulliver / La belleza / Bandido / Morena mía / No hay un corazón que valga la pena / La noche / Creo en ti / Te amaré / Mientras respire / Muro / Sol forastero.
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