lunes, 17 de noviembre de 1997

Kenny G: ¿Un clásico para el futuro?

Foto: Colección Auditorio Nacional


Los grandes éxitos / 17 y 18 de noviembre, 1997 / 2 funciones / 

19, 511 asistentes / 2:00 hrs. de duración 

Francisco Martínez Negrete
Hay cosas que nunca pasan de moda: el amor, por ejemplo. Y es que el amor, hoy como ayer, aquí y en China, toca las mismas cuerdas emocionales, despierta idénticos suspiros anhelantes y consigue que sus víctimas caminen como suspendidas en un colchón de aire, a tres metros sobre tierra, olvidadas del mundo y sus problemas, embebidas el uno en la otra, el uno en el otro o la una en la otra (más allá de edades, razas y demás). Por todo ello, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que el amor es un verdadero “clásico” pues, más allá de las veleidades (¿y qué es la moda sino una veleidad?) y los estilos del tiempo, apela y atrae, en forma continua y consistente, a una gran mayoría. Algo semejante parece ocurrir con la música de Kenny G. quien –con más de 30 millones de discos vendidos en todo el mundo a lo largo de 15 años de fungir como Saxofonista de Hammelin y literalmente encantar a las multitudes –se perfila (junto con el fútbol, los Beatles y la Coca Cola) como un digno candidato al singular apelativo. 

¿Clásico del futuro o best seller musical de fin de siglo? Lo sabremos al tiempo. El caso es que, demostrado por varios, alabado por muchos y consumido por muchísimos más, el almibarado sonido de Kenny G, ha llegado para inscribirse en los anales del evanescente milenio. Esencialmente apolínea, mesuradamente cool e hiper melody, su música es preclaro testimonio de que a Kenny parece haberle pasado de noche la revolución del Jazz (ésa que empezó con Charlie Parker, alcanzó la cima con John Coltrane, y culminó con genios de la talla de Pharaoah Sanders, Archie Shepp u Ornette Coleman). Cero free jazz, cero improvisación, cero disonancia. Lo de Kenny es otra cosa: pura miel, pura nitidez de melodía cincelada al rigor de la excelencia con toda premeditación, alevosía y ventaja, es decir, con la consciente decisión de no correr el más mínimo riesgo. El énfasis, en cada nota, está puesto en el acabado, en su limpieza y en su cuidadosa y atildada relación con las demás, para componer esas breves joyitas portátiles, sus piezas, que hoy gozan de adicción universal. 
Estas sencillas palabras definen la actitud –y la estética- de este virtuoso de Seattle, Washington (¡paisano de Jimi Hendrix, de Curt Cobain!), y explican, en gran medida, la clave de su éxito arrollador. 
Kenny G. (amante, esposo y padre de familia que gusta de pasar su tiempo libre jugando al golf o volando diversos aviones) quien se autodefine como “sólo un pequeño y ordinario saxofonista”, no se percibe diferente, para nada, de su público; de ahí que no busque imponerle complicados criterios ni arriesgados estilos sino, más bien, detectar el gusto general para mejor complacerlo. Y vaya si lo ha logrado. En 15 años –y 10 discos de por medio- su música ha podido rebasar las fronteras de la Unión Americana para desparramar su melódica lindura –no exenta de cierta mesurada, ensoñadora melancolía- en los ávidos oídos de la gente común, y soñar, a diario, por las esquinas de los cinco continentes. 
Y cómo había de serlo si en el corazón de cada mexicano se esconce un empedernido romántico, un poeta en ciernes, un soñador de lo sublime. Ante un coso rebosante de anhelantes corazones, manitas sudadas, ojitos entornados, suspiros y sonrisas, Kenny G., con absoluta maestría, transformó sus dos presentaciones (fue tal la asistencia que tuvo que abrirse una segunda fecha) en sendos pretextos para una tumultuaria celebración del amor. De entrada, apareció tocando entre el público y no frente a éste, y la gente lo agradeció con un atronador aplauso. Qué manera de cruzar esa barrera invisible, de anular la distancia para darse, de plano, al respetable. Para ello, claro, se necesita casta, y algo más, un genuino amor por la gente. Con desenfadada soltura, Kenny, ataviado de negro y luciendo su típica desatada melena naranja, transitó por los pasillos embelesando con sus grandes éxitos (tocados con esa mezcla de jazz light a la new age tan característica) a la nutrida concurrencia. Acompañado por cinco maestros en el piano, bajo, batería, guitarra y percusiones, inició con “Home”, para seguir la fiesta con sentidas melodías que le han dado renombre como “Silhouette”, “Sade”, “G-Bop” y “Sister Rose”. Cuando tocó el turno a “Havana” -¡viva la rumba y todos a bailar!- Kenny desapareció para dar paso a un redoblado y alucinante solo de percusiones. Oleadas de aplausos navegadas por seguidos “You are beautiful” y “I love you Kenny” de desgañitadas admiradoras, sólo se sosegaron cuando Kenny reapareció para interpretar “The Joy of Life”, a la que luego siguió “The Moment”, la hermosa pieza que da título a su penúltimo disco.

Foto: Colección Auditorio Nacional

“Ahora les vamos a tocar una pieza que viene en mi próximo álbum”, anunció Kenny y, con las primeras notas de “Loving you”, una constelación de encendedores iluminó el Auditorio. 
El Saxofonista de Hammelin se despedía así de su querido público: con “Songbird”, esa clásica entre las clásicas de su repertorio, el maestro del smooth jazz dejó a su mesmerizada audiencia cuasi-levitando, con la absoluta seguridad de haber transitado a lo largo de nubes vaporosas por el rosáceo umbral hacia el país de los sueños. 

Retrato parlante 
Nombre verdadero: Kenneth Gorelick 
Breve biografía: a los 10 años se “decidió” una noche, al ver en la tele a un saxofonista tocando en el Show de Ed Sullivan. Apenas en la adolescencia, ya tocaba en la banda de la secundaria con un saxofón rentado por su madre. A los 17 años, el director de la banda le consiguió su primera tocada profesional, acompañando a Barry White, quien se presentaba en su nativa Seattle; después acompañaría a Johnny Mathis, Liberace y Los Spinners, en sus presentaciones en la misma ciudad. De 1974 a 1978, Kenny G. unió su talento al de una banda local de soul llamados Cold, Bold & Together (algo así como fríos, audaces y conectados). A los 22 años se integró a la banda de Jeff Lorber (Jeff Lorber Fussion) con la que por vez primera partió de gira por toda la Unión Americana. En esas estaba cuando fue escuchado por el presidente de la disquera Arista, que le propuso grabar su primer álbum como solista, mismo que fue producido en 1982. 
Momento dorado: haber tocado el himno nacional de su país en la inauguración de los juegos de Campeonato Mundial de Futbol en 1994.


Piezas interpretadas 
Home / Silhouette / Sade / G-Bop / Sister Rose / Havana / The Joy of Life / The Moment / Innocence / That somebody was you / Everytime I Close my Eyes / Don’t make me wait for love / All the way / One for my Baby / Forever in love / Against Doctor’s Orders / Loving you / Songbird. 
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