sábado, 6 de septiembre de 1997

Ramón Vargas: El coloso celebra su cumpleaños

Foto: Colección Auditorio Nacional

México de mis amores / 6 de septiembre, 1997 / Función única / 
8,266 asistentes / 2.00 hrs. de duración 

Sofía González de León
Como todos los años, el mes patrio se vistió de gala. Sus puertas adoptaron ese traje típico otorgado por la más honda tradición popular, mezcla del patriotismo y espiritualidad: los foquitos tricolores. Hablamos de aquel que la gente, para apropiárselo, ha bautizado con apodos pintorescos como el Coloso de Reforma. Sí, nuestro Auditorio Nacional, que impone desde 1952 con sus apabullantes proporciones aztecas y, a partir de 1991, luce con toda la digna majestuosidad de la mejor arquitectura. 

Como todos los años, la fiesta giró en torno a dos fechas clave: el día de la Independencia, cuya celebración este año estuvo a cargo de Juan Gabriel. Y el aniversario doble –nacimiento y renacimiento (post remodelación)- de este grandioso foro de espectáculos. 
Para un evento de estas proporciones, magnos artistas y verdaderos representantes de nuestra música idearon un programa entrañable, con ejemplos de lo mejor de nuestra canción popular, a manera de homenaje a algunos de sus creadores. El repertorio cuidadosamente elegido por Armando Manzanero –quien se limitó en esta ocasión a la producción y a tocar el piano- contempló dos aspectos principales: todas las canciones debían ser clásicos (ya probados por el paso de varias generaciones) y todas debían dejar lucir la voz de un gran tenor operístico: Ramón Vargas, con quien Manzanero tenía una cita pendiente desde un par de años atrás. El resultado fue un auténtico “viaje por la vida sentimental de un país” (como lo expresó Carlos Monsiváis en la presentación del programa en mano), una espléndida mega-serenata (con 28 temas) que cumplió enteramente con toda la gama de deseos, expectativas y conjuros que conlleva un ritual patriótico como ése: sí, se mencionó al farolito que alumbra mi calle desierta, sí, se le dijo adiós a la “Mariquita linda”, sí, se habló de las tierras y los ojos tapatíos, del amor, las mujeres y el desasosiego, y cruzaron por la noche las dulces trovas yucatecas, las marimbas y los bongós del trópico. 
Lirismo es el término más adecuado para definir el recital México de mis amores. Lirismo de principio a fin: letras hiper-románticas, logradísimas melodías, verdaderos torrentes de historia sentimental, y en el corazón del espectáculo, la espléndida voz de Ramón Vargas. Si en 1996 esa voz había lucido majestuosa con los primeros programas que el tenor consagraba a su país –La España de Agustín Lara y Navidad desde México-, esta vez nos sorprendió por su versatilidad y su florecimiento: nos regaló todos sus timbres, registros, sensaciones, intenciones e intensidades, desde lo más tierno a lo más potente, desde lo más formal y operístico hasta lo más suelto, natural. Por primera vez conocimos al Ramón casual y cotidiano que, micrófono en mano, hizo de presentador y se paseó sin cesar de un lado a otro del escenario, por momentos con la mano en el bolsillo, como quien charla con sus amigos y atreve una confesión íntima. 
Su destreza técnica y su capacidad artística, su refinamiento, literalmente sometieron al público, como por encantamiento, porque el llamado Tenor de la Melancolía tiene esa maravillosa capacidad –que sólo se da de tanto en tanto- de transmitir todo su imaginario mientras canta, con la misma diáfana y aterciopelada transparencia de su voz. 
La magna serenata romántico-patriótica guardaba otras muchas sorpresas como los espléndidos arreglos orquestales de Chucho Ferrer –entre arrabaleros y cultos, con una mezcla de guitarras, marimba, salterio, batería, bombos y orquesta sinfónica- a canciones de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara, Manuel Esperón, Esparza Oteo, María Grever, Guty Cárdenas y otros tantos monstruos sagrados; y la presencia de una de nuestras máximas joyas musicales, creadora de nada más y nada menos que “Bésame mucho”, catalogada como “la canción más interpretada alrededor del mundo”, traducida a más de 20 idiomas, que ha pasado por manos y voces de cientos y cientos de grandes intérpretes desde hace casi 50 años y ha sido tema de numerosas películas mexicanas y extranjeras: doña Consuelo Velázquez (adoptada familiarmente por todos como Consuelito). Sí, en persona y a todo color. 
La gente la recibió de pie, con una ovación espontánea y muy cariñosa. Ante el micrófono que le tendió Ramón Vargas y con esa tremenda humildad y sencillez que la caracteriza, sólo dijo: “Pues una gran emoción me acompaña, pero no quiero entretenerlos, con mucho gusto espero que me admitan” y se fue directo al teclado para ejecutar con sorprendente energía un largo y elaborado arreglo de la celebérrima canción ya mencionada. En seguida se acercaron al piano Eugenia León y Ramón para formar un delicioso dúo con otra de las finísimas y apasionadas canciones de Consuelito: “Que seas feliz”. 
“Tenemos a Armando Manzanero”, anunció emocionado nuestro locutor lírico, para luego aventarse otros tres himnos de la cultura mexicana, acompañado al piano por el propio autor: “Somos novios”, “Esta tarde vi llover” y “Adoro”. El final de cada tema estaba hábilmente hilvanado al siguiente, mientras los artistas iban desapareciendo, para evitar los aplausos que hubiera durado toda una eternidad de agradecimiento. 
La última parte fue la más festiva y estruendosa, la tricolor, la del ¡Viva México! Allí pudimos apreciar toda la potencia de quien fue nombrado en Europa Rey de la Ópera del año 2000. La emoción iba in crescendo; al final, el público no quería que se fuera, así que Ramón regaló tres encores, entre ellos la última sorpresa musical: “El triste”, de Roberto Cantoral, sí, la misma canción que José José inmortalizó hace 30 años, con el arreglo original del mismísimo Chucho Ferrer.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Las descargas emocionales no terminaron ahí: al público lo esperaba todavía una verbena popular en el lobby del teatro, con bebidas y un sinfín de antojitos mexicanos dispuestos con mucho arte y color, bailes típicos y mariachis. La concurrencia pudo escuchar una vez más y muy de cerquita a Ramón Vargas interpretando “México lindo y querido”, en compañía del Mariachi de la Ciudad de México. 

Intérpretes 
Tenor: Ramón Vargas 
Producción, dirección musical y piano: Armando Manzanero 
Piano: Consuelito Velázquez 
Mezzo soprano: Eugenia León 
Arreglos y dirección de orquesta: Chucho Ferrer 
Trío Los Primos 
Coro Renacimiento 
Orquesta La Camerata (reunión de músicos de las mejores sinfónicas de México) 

Retrato parlante 
Nombre: Ramón Vargas 
Lugar y fecha de nacimiento: Ciudad de México, un 11 de septiembre (no nos dijo más) 
Sus límites, según él mismo: “no creo poder interpretar a Wagner o Strauss”. 
La música que no le gustaría interpretar: la comedia musical y la zarzuela. 
Poetas que más le gustan: Lorca y Dante 
Pintor favorito: Van Gogh 
Sobre la fama: “confiarse es el principio de la decadencia” 
Su lema: “¡Haz y ayuda a hacer! 
Calificaciones y adjetivos que suscita a la prensa internacional: uno de los cinco mejores jóvenes tenores del mundo en la actualidad, el nuevo Di Stefano, el tenor lírico superestrella que puede suceder a Pavarotti, la nueva voz de la lírica mundial, un tenor de ensueño, la más hermosa voz rossiniana-donizetiana de nuestra época, el rey de la ópera del año 2000. 
Los siguientes premios y concursos hablan por sí mismos: 
1982.- Concurso Nacional de Canto Carlos Morelli, México. 
1986.- Enrico Caruso, Milán, Italia. 
1987.- Vicenzo Bellini y Pablo Neglia, Italia 
1993.- Lauri-Volpi (mejor tenor de la temporada en la Scala de Milán), Italia 
1995.- Gino Tani, ópera de Roma, Italia (primera vez que lo gana un cantante no italiano) 

Mínimo homenaje a una gran compositora 
Visité a Consuelito Velázquez un sábado de noviembre en su domicilio de San Angel Inn, donde vive desde los años 50. En el umbral de la puerta me recibieron sus legendarios ojos negros, muy abiertos, curiosos y afables. A partir de ese momento, habrían de transcurrir, como agua, más de tres horas al lado de quien desborda vida, talento y generosidad. 
Consuelo no sólo habló de su trayectoria, contó anécdotas, respondió a mis preguntas, me enseñó fotografías y partituras, me dio un tour por toda su casa, sino que, para mi gran sorpresa, se sentó al piano a interpretar una decena de composiciones. “¿Conoce ésta?”, preguntaba mientras soltaba unos acordes, un título, una estrofa. Sí las reconocía, pero debo confesar que ignoraba que todas fueran de su puño y letra. Y me pregunto cuánta gente sabe que, aparte de “Bésame mucho”, tiene un largo repertorio de canciones, algunas muy conocidas, otras no tanto, pero todas de gran calidad y gracia. Lo más inesperado fue verla disculparse una y otra vez: “no tengo voz… no me responden los dedos…¿no te aburro?...” Yo no sabía cómo expresarle el regalo que significaba para mí poder escuchar esos temas así, entre dichos y cantados, con toda la carga emotiva de quien los ideó. 
Mientras sus dedos buscaban melodías coquetas como Si te vienen a contar cositas malas de mí… (sí, la misma que inmortalizó Pedro Infante) –o las ricas estrofas de “Enamorada”, “No me pidas nunca”, “Te lo dije”, “Corazón”, “Orgullosa y bonita”, “Por el camino”, “Enamorado perdido”, “Cachito”, “Chiqui” –sus ojos parecían perderse en un mar de sensaciones, recuerdos, imágenes y muchas satisfacciones. Y yo me preguntaba de dónde podía venir tanta inspiración, tanto que decir. Ella adivinó mis ojos y dijo: “adoro al ser humano”… 
Cuando releí mis notas varios días después, reparé en una frase acuñada en varias ocasiones al narrar la aventura increíble de su vida y que define muy bien su personalidad: “yo no me lo explico”, decía, con una hermosa expresión de sorpresa y candor. Para fortuna de todos, Consuelito no se lo explica. Porque sigue intacta su capacidad de asombro. Porque, además de haber nacido con oído musical, supo estudiar el piano con gran dedicación hasta obtener su título profesional cuando todavía era una adolescente; y tuvo la peculiar sabiduría de dar a conocer sus canciones “como las de una amiga” cuando trabajaba de pianista en la XEQ, para no toparse con la oposición de su familia y los prejuicios de la época, hasta que llegó el día en que no tuvo más remedio que decir la verdad, pues sus canciones gustaban enormemente. Con gran naturalidad le dio la bienvenida al éxito y a la abundancia sin dejar de ser fiel a sí misma; y supo decirle no a un importante productor de cine de Hollywood quien quería lanzarla como actriz (era muy hermosa), pues ya tenía fecha para su boda en México… 
Consuelo Velázquez es una mujer eminentemente sentimental (hoy sí es consciente de ello) que sabe prestar oído a cientos de historias del corazón, “propias y ajenas” para plasmarlas en su música, traducirlas al lenguaje de los pájaros y así, universalizarlas. Sin proponérselo, todo llegó a ella, la música, los pájaros, los corazones y el éxito. Esta finísima compositora, creadora de verdaderos poemas musicales que se encuentran entre lo más exquisito de la lírica mexicana e internacional, es ante todo un ser que ha sabido vivir y darse al mundo. 
Tras comentar que “Bésame mucho” obtuvo el título de La Canción del Siglo –se codea en número de arreglos e interpretaciones a nivel mundial con “Yesterday”- dios otros datos sorprendentes: fue de los primeros covers del Cuarteto de Liverpool, ha sido traducida a todos los idiomas de la tierra (tan sólo en japonés existen cientos de versiones) y se convirtió en el himno sentimental de la armada norteamericana en la Segunda Guerra Mundial. También narró su llegada a la Plaza de San Marcos en un viaje que hizo a Venecia: “la orquesta que allí estaba la interpretó; luego me enteré que la tocaban todos los días”. En Rusia, un taxista se la cantó en español al enterarse de que ella era su creadora… Y como ésas, hay mil anécdotas que urge recopilar en entrevistas de historia oral a Doña Consuelito. 
Pero lo más hermoso fue la siguiente confesión que hizo con un gesto de complicidad un tanto pícaro: “Cuando la escribí era muy jovencita, todavía no había tenido novio… Pero ya ves cómo somos las mujeres…” En efecto, si vemos bien, la letra refleja la más honda e incauta fe en el amor. Qué delicia constatar que una de las más bellas canciones de amor existentes, una de las más famosas, fue compuesta por una adolescente que aún no lo conocía: ¡prodigios del anhelo y la imaginación! Por esa capacidad de ensueño, habría que bautizar a Consuelito como La Oídos de Ensueño o La Soñadora. 
Sus canciones han hecho felices a miles de personas que las repiten como oraciones desde hace 50 años. Verdaderos universos en miniatura, condensan placer y dolor de vida en un par de instantes fugaces. ¡Gracias, Consuelo Velázquez! ¿Qué más se puede decir? 

Retrato parlante 
Nombre completo: Consuelo Velázquez Torres Ortiz 
Lugar y fecha de nacimiento: Ciudad Guzmán, Jalisco, un 29 de agosto de 1922, pero su infancia transcurrió en Guadalajara. 
Formación musical: carrera de piano (nueve años) en la academia de Ramón Serratos y Aurora Garibay de Serratos, en Guadalajara y la Ciudad de México. Se graduó concertista y maestra de música con un recital de piano en el Palacio de bellas Artes (no pasaba de los 17, a juzgar por la fotografía de la graduación). Tomó un curso de perfeccionamiento con el gran pianista chileno Claudio Arrau y fue cálidamente elogiada por él. 
Otras gracias: se recibió además en la carrera de Comercio en Guadalajara, “que entonces era tan importante como la de ingeniería u otras”. Ha sido también, y siempre por petición popular, Diputada Federal a la 51ª Legislatura (1979-82), Presidenta de la Sociedad de Autores y Compositores (integrada por 44 países). 
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