sábado, 27 de septiembre de 1997

Marillion: Por tercera vez en México

Foto: Colección Auditorio Nacional

This Strange Engine / 27 de septiembre, 1997 / 6,590 asistentes /
 Función única / 2:00 hrs. de duración 

Francisco Martínez Negrete
La tercera es la vencida. La primera vinieron en la noche de los tiempos (1992). La segunda, en 1995 para promocionar Brave, para algunos su álbum más doliente, conceptual, eléctrico y acabado. Ahora regresan de nuevo a México, al Auditorio Nacional, para refrendar con This Strange Engine, su último álbum, un pacto de entrega con sus fans, esa no tan reducida cofradía de adeptos a la altísima fidelidad de su propuesta, que por casi dos décadas –y una veintena de álbumes- han venido siguiendo, como privilegiados testigos de una continua evolución en la que el angst (desconcertante desazón) y fervor iniciales han dado lugar a una inquietante caligrafía musical cuyas sutileza, melancolía, profundidad de tonos, texturas y matices han venido a caracterizar a su música como, sencillamente, una obra de Arte. Se trato, calro está, de Marillion (proviene de Silmarillion, novela epónima de R. R. Tolkien), una de las bandas inglesas de rock más singulares de la época. 

Exquisitos, preciosistas, conectados con el lenguaje del corazón por sobre la peripecia y el efectismo técnicos (de por sí considerables: todos los integrantes son virtuosos) la prensa los ha catalogado como exponentes del rock progresivo, ese término acuñado por Frank Zappa que ha venido a definir propuestas tan diversas como la del mismo Zappa, ciertos Beatles (Sgt. Pepper’s, Abbey Road), Pink Floyd, King Crimson, Yes, Jethro Tull, Genesis, Emerson, Lake and Palmer…durante las dos décadas pasadas, y que por lo mismo tiene más que ver con una actitud que con un estilo; la de una acendrada inconformidad con lo corriente y lo fácil, con los dictados de la moda, en pos de una continua experimentación comprometida con la búsqueda de la más genuina calidad. Esto y algo más es Marillion, cuya refinada intensidad busca también reflejarse en las letras de su actual cantante y vocero, Steve Hogarth, quien a partir de 1989 se integra a la banda para subtituir a The Fish (sí, el pez) su anterior afamado vocalista, otorgando a sus nuevas creaciones el tono indistintamente dark o new romantic que imprime con el rico, modulado terciopelo de su voz de barítono. 
Para abrir boca: John Wesley Harding, el folkroquero inglés, su guitarra y sus canciones en la mejor tradición dylaniana, lograron contener, al menos por un rato, la expectación y el hambre de absoluto que corroían a las miles de almas reunidas. Tras un cierre magistral con “In Your Eyes”, la distintiva rola de Peter Gabriel, se desbordó la ovación unánime para transformarse en un solo grito que el cantante telonero ya no pudo detener ni sacando fotografías (en efecto, extrajo de la bolsa de su saco una polaroid para tomarlas) al público: el clamor “Ma-ri-llion, Ma-ri-llion” fue llenando –con la vertiginosa, ensordecedora intensidad de una marea- la bóveda del recinto, y no cesó hasta que el grupo hizo su aparición en escena y las primeras notas de “Beautiful” (…sois lo suficientemente salvajes para permanecer bellos…) llenaron el ambiente, seguida por “Alone again in the lap of Luxury”, esa oda al vacío emocional que queda aun cuando la celebridad y el éxito material han sido alcanzados.

Foto: Colección Auditorio Nacional
“Esta es nuestra tercera vez en México, gracias por estar aquí. La siguiente canción es para ustedes y por ustedes” dijo Steve Hogarth a su público, para proseguir con una rola del nuevo álbum: “Man of a Thousand Faces”, ese espejo-metáfora de la multitud que hace el milagro de la música posible, y el público, de plano, enloqueció. Vestido con ajustado pantalón a rayas verde olivo y negro, jubón oscuro y sicodélica camisa multicolor que hacía juego con sus tenis y le otorgaba la apariencia de bufón, arlequín o lewiscarroliano sombrerero loco, Hogarth empezó a hacer de las suyas en el escenario, a volar como avión, a dar marometas, a jugar con su público, bajo la magia de un estupendo claroscuro de luces sordas y vibrantes, para transportarlo con el hipnótico embrujo de su voz a un viaje a través de la furia, la exaltación, el arrobamiento y la melancolía que la guitarra de Steve Rothery y los teclados de Mark Kelly suelen producir cuando apoyados por el macizo bajo de Pete Trewavas y la precisión percusiva de Ian Mosley llegan a sonar como si fueran uno, echando a volar esa extraña máquina llamada Marillion. Y en efecto, Marillion –ese singular artefacto metálico en donde late un enorme corazón- voló a través de sus éxitos más sonados, que en total vinieron a sumar una veintena y que dos encores no pudieron acallar hasta que, como en todo lo realmente bueno, la tercera fue la vencida y tras un conciertazo de miedo, el público se hubo de retirar, feliz y consolado con la promesa de una próxima visita de esta magnífica banda a este Auditorio donde pudieron constatar la tremenda capacidad de entrega del público mexicano. 

Algunas de las canciones interpretadas en el concierto 
Beautiful (Alone Again in the Lape of Luxury / Man of a Thousand Faces / Hope for the Future / Cover My Eyes / Kayleigh / The Great Escape / Brave / This Strange Engine / Lavender / I Will Walk on Water / Warm Wet Circles / 80 Days / Script for a Jester’s Tear / Made Again / Garden Party / That Time of the Night / Season’s End / Hollidays in Eden / Afraid of Sunlight / Hard as Love / No One Can.  
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