jueves, 28 de agosto de 1997

Johnny Laboriel: Apóstol del rock en México


Foto: Colección Auditorio Nacional


40 años del Rock and Roll / 28 de agosto, 1997 / Función única / 

6,490 asistentes / 2:30 hrs. de duración 

Francisco Martínez Negrete 
Si bien el rocanrol no fue originario de México, sí fuimos uno de los primeros países en los que el ritmo del milenio fue apreciado y adaptado de tal manera que a principios de los 60 habría de cobrar plena carta de naturalización entre nosotros. En efecto, los pegajosos hits de gente como Elvis Presley, Bill Haley, Buddy Holly, Chuck Berry, Isley Brothers, Fats Domino y L’il Richard, que a lo largo de los 50 hicieran temblar los envaselinados copetes y las crinolinas de chicos y chicas en la Unión Americana, fueron prontamente vertidos al español y difundidos entre la chaviza en covers por (entonces) jovencérrimos artistas mexicanos como Enrique Guzmán, César Costa, Manolo Muñoz, Alberto Vázquez, Angélica María y Johnny Laboriel, y diversas bandas como los Teen Tops, los Locos del Ritmo, los Rebeldes del Rock, los Babys, los Sonics, los Hooligans, los Rockin Devils… para de aquí rocanrolear a los diversos países de habla hispana. 

Su origen mimético y pirata no impidió que con enorme devoción la adaptación al español de dichas rolas fuese tomada como el original y que los rebecos de los 60 las sintieran como propias, dando lugar a una incipiente y CUniversitaria cultura roquera de chamarras de cuero, jeans ajustados, camisas sport, copetes engomados con brillantina, chamacas enfundadas en untuosos pants o volátiles crinolinas, y autos arreglados para los arrancones, en una ciudad que todavía era “la región más transparente”, en donde una expresión como arroz equivalía a buena onda, chido u órale, y en la que el 68, los jipitecas, los hoyos funki, la sobrepoblación, la contaminación, los punks, los darketos, etc., eran tan sólo una pesadilla –apenas si gestándose- en la mente del Señor. Ahí, pues, en el principio, estuvo Johnny Laboriel, auténtico apóstol y pionero del rocanrol en México. 
Cuarenta años después la piedra sigue girando sin parecer fatigarse, al igual que el mismo Johnny Laboriel quien, este año de gracia de 1997, fresco y sin una arruga, como recién desempacado de la máquina del tiempo, decidió celebrar sus 40 años de evolución artística con un magno concierto en el Auditorio Nacional, acompañado de cómplices y amigos, para homenajearse, y de paso, hacer el festejo extensivo al monstruo fiel que, a lo largo de cuatro décadas, lo ha seguido, creciendo en tamaño y afición (para incluir a los –ya-ruquines rebecos, a sus hijos y hasta sus nietos), tal como lo pudo comprobar con un lleno casi total la noche del concierto. 
Enfundado en impecable smoking negro y acompañado por la orquesta de Chucho Ferrer, el legendario Trompón de la Romita abrió plaza con “Déjale ser”, la rola testamentaria de los Beatles, pulsando en un arreglo personal con su voz de oro, humo y hojarasca los hilos emocionales de las más de 6 mil almas reunidas. El ambiente se tornó romántico al seguir con “Venus”, “Otro sueño” y “Dormido”, entre otras de las canciones con las que participara en los festivales OTI durante la década de los 70. Una nutrida ovación acompañó la llegada de su hermana Ella Laboriel con quien Johnny interpretó “Yo escogí nacer en México” y “Misterios”, ésta última como homenaje a su autor –el padre de ambos- recientemente fallecido. A los aplausos siguieron diversos reconocimientos por su exitosa trayectoria contrapunteados con un estruendoso “queremos rock…” con que el cancerbero de las mil gargantas manifestaba su sed insatisfecha de emoción y energía. 
Fue entonces que Johnny Laboriel dejó el escenario a los legendarios Locos del Ritmo quienes con los primeros acordes de “Aviéntense todos” comenzaron a electrificar al respetable; al alarido general siguió el prendidón con “Pólvora” y “Mantequilla” y “Chica alborotada” entre otros de sus éxitos: la energía comenzó a ascender por las butacas y, de pronto, el tiempo pareció retroceder y detenerse en la prístina ingenuidad de los early sixties, instante que los Locos aprovecharon para culminar con “Tus ojos”, la clásica rola de Rafael Acosta que estrujó varios pañuelos y desbordó numerosos corazones.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Acto seguido, el Hombre Espectáculo presentó al grupo Entidad, integrado, en parte, por sus hijos Juan Francisco y Emmanuel, quienes dignamente telonearon el platillo principal, el que el público se moría de nostalgia por ver. Las luces se apagaron y Johnny Laboriel resurgió, ahora todo de negro y con saco blanco, al frente de los mismísimos Rebeldes del Rock, quienes con varios de sus más sonados éxitos colmaron la sed del insaciable. Johnny Laboriel, como infatigable veinteañero, corría, saltaba y daba marometas por todo el escenario, mismo del que bajó para cantar con su público y al que subió de nuevo acompañado por Alberto Vázquez, Angélica María y Manolo Muñoz, tres monstruos sagrados con quienes culminó en inefable apoteosis con “La Bamba” y esa clásica que imprimieran los Isley Brothers en 1961 y luego los Beatles al año siguiente: “Muévanse todos” (Twist and Shout), dando así fin a este magno concierto ovacionado con tal intensidad que los muros del coloso de Reforma quedaron, por larguísimo tiempo, resonando. 

Retrato parlante 
Nombre verdadero: Juan José Laboriel López 
Fecha de nacimiento: 9 de julio 1942, en la Ciudad de México 
Otras gracias: además de rocanrolero, Johnny Laboriel es un showman completo; su versatilidad lo ha llevado a incursionar en otras corrientes musicales (tropical, romántica), y su capacidad histriónica a descollar como comediante y actor en innumerables series televisivas y películas nacionales. 
En un principio: “todo esto de cantar y bailar empezó como una obligación-juego que me ponía nervioso desde chico cuando había invitados en casa y mi padre decía con esa voa grave: ¡A ver, Juanito, cántales y báilales a los señores!”. 
A la fecha: “todavía me pone nervioso, quizá por eso siempre hago cualquier locura frente al público”. 
De los amigos: “es mentira que los conozcas en la cárcel, sino, más bien, en el éxito”. 
De los artistas prefabricados: “son luces de bengala, brillan tantito y al rato los ves como cenizas”. 
Sobre la función del artista: “el artista es un servidor, no una persona a la que deben servir”. 
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