sábado, 28 de junio de 1997

Vanessa-Mae: El violín, universal desconocido

Foto: Colección Auditorio Nacional

Debut en México / 28 de junio, 1997 / Función única / 
6,377 asistentes / 2:00 hrs. de duración 

Sofía González de León 

Hoy en día el violín nos es demasiado familiar como para percatarnos de la sorprendente y larga historia que conlleva. De un instrumento que en su forma primitiva servía para acompañar danzas y canciones, en unas cuantas décadas pasó el rango de los protagonistas en el mundo. 

Los musicólogos e historiadores no han podido precisar su origen: ni por su etimología, ni por los diversos y variadísimos instrumentos que parecen emparentársele. Una tesis comúnmente aceptada es que se originó en Asia y fue importado a Europa, ya sea por los árabes o por los pueblos nórdicos de ese continente. En todo caso, el violín (junto con toda su familia: viola, violonchelo y contrabajo) en su forma actual representa la culminación de siglos de experiencia y experimentación con los instrumentos de cuerdas. Fue en el norte de Italia (alrededor de Milán) y en particular en Cremona, entre el final del siglo XVI y principios del XVII, donde alcanzó su máxima expresión, insuperable aun en nuestros días. Quienes lograron esa magnífica empresa fueron toda una serie de familias y escuelas de lauderos, de entre los más famosos, los Amati, los Guarnieri, Stradivari y Guadagnini. Quienes inspiraron y provocaron que el violín se elevara al rango de instrumento solista fueron los grandes compositores 8e intérpretes de sus propias obras) como Corelli, Vivaldi, Locatelli… Más tarde vinieron Paganini, Beethoven, J. Joachim, Sarasate, Kreisler, Enesco… Desde la época de su florecimiento hasta hoy, el violín no ha cesado de estar a la cabeza de los instrumentos preferidos en el planeta; tampoco han dejado de existir numerosos y grandiosos ejecutantes desde entonces. 
Vanessa-Mae es lo que se llama un verdadero fenómeno: dejó impresionado al mundo entero como niña prodigio a sus escasos 10 años de edad, en compañía de la orquesta London Philarmonia; a los 14 ya había hecho varias giras internacionales como solista y ya contaba con tres discos clásicos que la convirtieron en “la más joven intérprete en grabar los conciertos de Beethoven y Tchaikovsky”. Sin embargo, esta admirable violinista no llega aún a equipararse con la profundidad de los gigantes de este siglo (Yehudi Menuhin, Anne-Sophie Mutter, Jascha Heifetz, Slomo Mintz, Itzhak Perlman); mucho menos con Mozart, Mendelssohn o Paganini, muy a pesar de lo que han difundido los medios de comunicación. 
Estas arriesgadas comparaciones que suscita son más producto del impacto que causó como niña genio y del que sigue causando gracias a su aún jovencérrimo espíritu, tan emprendedor y atrevido, y sobre todo, porque tiene un enorme talento para llegar al público de masas. Imposible negar su destreza técnica, la calidad de su sonido o su original personalidad, pero ella misma se ha encargado de definir su estilo y su papel dentro del quehacer musical: claramente inclinada hacia el hedonismo, propone una música de fácil asimilación a nivel planetario. 
Entre sus 15 y 16 años, la intérprete originaria de Singapur grabó su primer experimento de lo que llama fusión tecno-acústica, mezcla de clásico, pop rock, pop jazz y folk, alternando sus dos instrumentos: el Guadagnini de 1761 y el Zeta eléctrico norteamericano. Con The Violin Player –que resultó un rotundo hit de ventas millonarias en varios continentes y ganador de múltiples discos de oro y platino en 20 países- Vanessa-Mae dejó de pertenecer a la familia de los músicos puristas de concierto para dar a conocer sus propios arreglos y creaciones. Resultó una propuesta muy válida, pues está bien tocada, pero que definitivamente divide al público entre quienes gustan y quienes no gustan de ella. 
Sus detractores la acusan de efectismo y de desvirtuar la música de Bach (y otros clásicos) con ritmos de moda bailables. Ella se define ferozmente, incluso en los librillos que acompalan sus CD’s, donde explica el derecho que todos tenemos de reinterpretar la música del pasado. En su segunda producción, The Classical Album I, a pesar de que regresa a la música de concierto, deja muy claros sus objetivos y el público al cual se dirige: desea complacer y dar a conocer la música de Bach, Beethoven, Brahms y Bruch a aquellos que no necesariamente han tenido la oportunidad de entrar en contacto con ella, para que ésta deje de ser “elitista”. Tal vez a eso se deba la relativa simplicidad de sus interpretaciones y la ingenuidad de algunas de sus propuestas, sobre todo si contamos con referencias de geniales compositores-violinistas de la talla de Stephane Grapelli o Jean-Luc Ponty, quienes, décadas atrás, aportaron auténticas reformas musicales en el ámbito de la fusión jazzística, con enormes repercusiones en ámbitos diversos de la música contemporánea. 
No deja de sorprender, sin embargo, la inteligencia y la perseverancia con que Vanessa-Mae define su muy personal concepto. Tampoco deja de hacerlo su espíritu inquebrantable, enorme vitalidad y entusiasmo altamente contagioso que, en efecto, mueve masas enteras, sobre todo de jóvenes, tanto en las prestigiadas salas de concierto como en los estadios de los mejores festivales de rock. 
Fuimos testigos de ese espíritu tan peculiar en lo que fue su primera presentación en México, en el Auditorio Nacional. Lució un atuendo ultra moderno, como acostumbra: un mini vestido azul brillante y unas botas blancas que dejaban admirar su belleza y la plasticidad de sus movimientos. A todas las cualidades ya mencionadas, se suman otras tantas que por momentos podrían parecer contradictorias (sobre todo en contraste con su look desparpajado) pero que en realidad explican un poco más el magnetismo que ejerce su muy oriental y entera compostura, su absoluta concentración, su impecable disciplina y su sonrisa serena. Hacía parecer facilísimas y ligeras obras que requieren de mucha habilidad, años enteros de estudio y muchas tablas.

Foto: Colección Auditorio Nacional
Al lado de su excelente banda de conformación roquera, ofreció todo un viaje musical por sus mejores piezas clásicas como “Red Hot”, “Contradanza”, “Warm Air” o “Classical Gas” y algunos de sus hits clásicos: se paseó por los pasillos del teatro al interpretar la Toccata y fuga de Bach, y su madre la acompañó al piano en el Scherzo de Brahms; no faltaron los Caprichos de Paganini, con los que exhibió en pleno sus extraordinarias dotes. Buscó mucho la comunicación verbal con el público y, como buena complacedora universal, ofreció una sorpresiva y tierna interpretación del Jarabe Tapatío: le llovieron los “I love you” y las palmadas entusiastas; ella trataba de contestar con “yo también los quiero”. El Auditorio no se llenó, pero los ánimos quedaron colmados y felices. Después de varios encores, la violinista dijo, emocionada: “me quedaría toda la noche con ustedes, si no tuviera que estar mañana en Hong Kong”. 

Retrato parlante 
Nombre oriental: Chen Mei (significa belleza eterna) 
Nombre completo: Vanessa-Mae Vanakorn Nicholson (lleva el apellido de su padre adoptivo) 
Primer concierto como solista con orquesta: a los 10 años, con la London Philarmonia 
Primera gira internacional: a los 12 años, con la agrupación London Mozart Players, en el Bicentenario de Mozart 
Su lema: “la vida es breve, así que pásatela bien”. 
Música preferida: “me gusta todo tipo de música, desde Mozart hasta Michael Jackson, pasando por The Beatles… todo lo que me gusta lo retomo con mi violín”. 
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