miércoles, 18 de junio de 1997

David Copperfield: El lugar que ocupa la magia en el mundo contemporáneo

Foto: Colección Auditorio Nacional


Sueños y pesadillas / 18 al 23 de junio, 1997/ 13 funciones / 

61,208 asistentes / 2:00 hrs. de duración 

Sofía González de León 
La magia es antigua como el mundo. Desde sus orígenes, la Naturaleza dotó al ser humano, entre otros fabulosos dones, de sorprendentes facultades intuitivas, creativas e imaginativas, sin las cuales ni el arte ni la ciencia ni la magia habrían sido posibles. En las culturas y sociedades del mundo en todas sus épocas, la magia siempre ha estado presente, muchas veces vinculada a lo religioso, a lo ritual y a lo curativo. En el mundo moderno industrializado, estamos lejos de considerar la magia como parte de nuestros mecanismos de supervivencia –creemos estar muy seguros y a salvo con el desarrollo de la tecnología y sus comodidades- y por lo tanto, la hemos relegado casi siempre a mera superstición o al entretenimiento. Aún así, nuestro sentido mágico no se detiene jamás y resurge una y otra vez bajo distintas formas. Si hoy en día ya no existen los alquimistas, esos que realmente creían poder llevar a convertir cualquier metal en oro, si ya no atribuimos poderes sobrenaturales y curativos a ciertos seres de nuestras comunidades (chamanes, curanderos, etc), en cambio sí otorgamos todo el poder a los horóscopos matinales, a los médicos y terapeutas para que conduzcan nuestras vidas, si nos dedicamos a ver cine y TV religiosamente, si nos conectamos a la red, si acudimos a espectáculos artísticos, todo para colmar nuestra sed de imaginario, de misterio, de enfrentamiento a lo desconocido, a lo inexplicable, a lo imposible incluso, a todo aquello que nos rebasa. 

Si usted padece nostalgia de más misterio y encantamiento en su vida, si le gusta soñar y soñar despierto, si todavía sueña que vuela y se acuerda de Peter Pan (la original de Disney de los 60, o la entrañable versión de los 90 con Robin Williams, más para adultos-niños que para niños), si sabe dejarse llevar por la ficción con tal de alcanzar un poco de inalcanzable, si extraña El país de nunca jamás, tenga entonces por seguro que el show de David Copperfield le encantará. 
A este espléndido y fino mago, considerado actualmente como el mejor de nuestros tiempos (sin duda al mismo título que Houdini), se le ha bautizado con mucho tino como el Zar de las Ilusiones, pues no es propiamente un mago sino lo que se llama un ilusionista, aquel que sabe crear ilusiones, apariencias que no son reales, y él no vacila autodefinirse de esa manera: “yo hago ilusiones que parecen magia”. Aún así, David Copperfield tiene que defender su oficio a capa y espada, tanto de aquellos necios supersticiosos que se empeñan en creer que posee poderes sobrenaturales, como de quienes tratan de revelar el secreto de sus trucos. Los primeros, lejos de halagarlo o hacerle un bien, en realidad están desacreditando su arte, el trabajo infinito y sofisticado en el que viene entrenándose desde los 11 años de edad, un verdadero oficio tal como lo son el canto, la danza o la pintura. Los segundos, aquellos que le quieren bajar la chamba (el motor de la envidia es poderoso), no hacen más que poner en evidencia su pobreza de espíritu, pues lo único que realmente importa en el ilusionismo –al igual que en el arte- es el efecto que tiene sobre los espectadores, su poder de encantamiento. ¿Cuándo se ha visto que alguien quiera revisarle la garganta a Pavarotti o a Ramón Vargas para encontrar una explicación y una justificación a la magia de su canto? ¿Acaso el arte requiere de explicaciones? Su objetivo es mucho más elevado, se encuentra en el ámbito de la belleza, la estética y la comunicación profunda. 
Aquellos que sufrieron disfrutar del magnífico show de David Copperfield se habrán quedado sin duda con el mejor de los recuerdos, pues no se trató sólo de actos de ilusionismo, sino de un espectáculo completo y muy conmovedor, que abarcó desde los números más grandilocuentes (con toda la aplicación de la alta tecnología y efectos especiales) hasta los adivinatorios (en el escenario aparecía, reproducidos en grafitti, dibujos, iniciales o cifras que el público proponía) y los más sofisticados y sutiles, de prestidigitación, realizados en los pasillos a un lado de los presentes (transformó un pañuelo volador en una flor de papel, a la cual prendió fuego y se convirtió en una rosa verdadera; engarzó tres anillos de los asistentes…). 
David Copperfield, quien no había estado en el Coloso de Reforma desde 1993, demostró una vez más –con sencillez, ligereza y grandes dosis de romanticismo y de humor- que su verdadero objetivo es transmitir emociones y poner al público en contacto con su imaginario y su capacidad de juego. Cual mago-poeta, hizo pasar a los presentes por toda clase de emociones: miedo, angustia, suspenso, expectación, intriga, duda, ternura, nostalgia, sorpresa… Repasó su biografía, desde el primer truco de magia que su abuelo le enseñó, hasta su sueño de fabricar nieve instantánea con las manos. Nos compartió sus sueños íntimos y fantasías, como el de aparecer acostado entre dos mujeres, sus obsesiones (“las mujeres bonitas, el humo y el viento”), sus sueños y sus peores pesadillas: vimos cómo salió de un elevador que parecía vacío; cómo la sierra gigante lo partía en dos; cómo el enorme rayo láser le separó las piernas del resto de su cuerpo. 
También pudimos ver a ese hombre de carne y hueso trasladarse de un lado a otro del escenario en fracción de segundos (en ese hermoso truco llamado Metamorfosis), y atravesar, junto con una de sus guapas edecanes, las aspas de un gigantesco ventilador para reaparecer inmediatamente después entre el público. Y lo mejor (“mi mayor obsesión”): lo vimos volar por todo el escenario, primero solo, después acompañado de una voluntaria del público. No sabemos cómo lo hace; ojalá nunca averiguemos cómo materializa el sueño de Ícaro, para que siga apelando a lo más profundo de nuestro inconsciente y de nuestra infancia, y se sigan escuchando las incansables exclamaciones y los suspiros del público que gusta de entrar en el juego de la ficción y ejercitar su imaginación. 

Retrato parlante 
Nombre artístico: David Copperfield (lo tomó en efecto, de la famosa novela homónima de Charles Dickens, según dice, porque le “gustó cómo sonaba”). 
Nombre verdadero: David Kotkin 
Otras gracias: tiene publicado un libro que se llama Cuentos de lo imposible. En 1997 escribió el cuento autobiográfico llamado “Snow”, en el que un niño descubre la magia y el poder de hacer nieve. También tiene un museo con una interesante colección de artefactos de magia de Houdini y otros grandes ilusionistas. 
Sobre el amor: “mi mejor truco es enamorar diaria y frescamente a una mujer”. 
Sobre la fama: “cuanto más éxito te da Dios, la gente genera más chismes sobre ti. Es patético, pero es parte del juego”. 
Labor altruista: lleva 11 años de colaborar en la rehabilitación de pacientes minusválidos en hospitales; les enseña trucos de magia para que recuperen la movilidad de sus manos y ejercicios con matemáticas y colores para desarrollar la memoria y elevar la autoestima.
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