jueves, 24 de abril de 1997

Joaquín Sabina: Tan peculiar como Sabina su relación con México

Foto: Colección Auditorio Nacional

En paños menores / 24 y 25 de abril, 1997 / 2 funciones / 
13,620 asistentes / 2:30 hrs. de duración 

Arturo García Hernández 

Joaquín Sabina no habla de oídas, ni sus canciones las dicta una musa, habitante improbable del éter. Lo saben sus admiradores. Como saben que es en la vida cruda donde este trovador finisecular deletrea las historias que canta y cuenta. Si sus rolas calan e involucran al escucha es porque tienen un fondo de verdad, nacen de una experiencia viva de la que Sabina ha sido testigo o protagonista. Así se explica la entusiasta expectativa que provoca entre sus seguidores la aparición de cada nuevo disco o el anuncio de cada concierto. 

La relación de Joaquín Sabina con el público mexicano ha sido a un tiempo peculiar y venturosa. Antes de su primera actuación en el viejo Auditorio Nacional en 1989, Sabina era un cantante y compositor que no parecía interesar más que a una minoría de bohemios, iniciados outsiders o neo-jipis. Lejos de ser transmitidos en las radiodifusoras comerciales, los escasos discos que de él nos llegaban, circulaban de mano en mano como tesoros invaluables, o a menudo en casettes grabados caseramente. Por eso la respuesta que obtuvo en su primer concierto en México sorprendió a muchos. El recinto fue insuficiente para acoger a la marabunta juvenil –tirios y troyanos- que este cronista de la noche, biógrafo de antihéroes, corresponsal en los bajos fondos, se había ganado. A partir de entonces sus presentaciones en nuestro país adquirieron inevitablemente la magnitud de grandes acontecimientos, no sólo para sus admiradores iniciales, sino para una audiencia creciente y variopinta. 
En 1997 fueron dos las presentaciones de Sabina en el lugar de sus éxitos en México. Y, como sucede en cada actuación del autor de “Calle melancolía”, resultaron una experiencia renovada. Formaban parte de su gira continental, cuyo nombre no podía ser más acertado: En paños menores. Se pudo ver y oír a un Sabina esencial (por así decirlo), acompañado únicamente de su “viuda e hijos”: las guitarras de Pancho Varona (su escudero de viejas batallas) y Antonio García de Diego, los coros y percusiones de Olga Román, y eventualmente un piano. No hizo falta más. Estos conciertos acústicos –ahora se dice unplugged- sin sofisticados juegos de luces ni grandes despliegues escenográficos, nos remontaron al Joaquín Sabina de 20 años atrás, cuando formaba parte del grupo La Mandrágora. Entonces, como en esta ocasión, lo que importaba era la voz al desnudo, la calidez de la interpretación, la fuerza de las letras, la entrega sin reservas. El compositor quiso compartir con su público “un recital como los de antes”, sin otro motivo (no había disco que promover) que exponerse de nuevo –dijo- “ante el público que me apoyó, el que me pudo escuchar fuera del metro, tocando mi guitarra, que es lo que más quiero en la vida; para los que sintieron La Mandrágora, para los que dijeron que me había perdido, para ellos es este concierto acústico que hago por gusto y por última vez”. 
Proveniente de sus interminables recorridos por la noche, después de husmearle nuevos rincones a la vida, de cantar aromas de mujeres idas, de evocar días pasados por alcohol, tejidos de sueños, utopías que aún hoy hibernan en algunos corazones, de escupir su lúcido y gozoso pesimismo, demostró que sigue fiel a sí mismo. La respuesta del público volvió a confirmar la efectividad de esa suerte de “liturgia entre amigos” que Sabina sabe establecer con sus incondicionales, así pasen 20 años. 
Con sensibilidad y pulcritud artesanal, el roquero español y su grupo fueron engarzando un rosario de 20 canciones, de las más recientes (del disco Yo, mi, me, contigo) y las que ya han superado la prueba del tiempo. Fue un recital absolutamente a su modo. Desde el principio, cuando del butaquerío se dejaban caer decenas de peticiones, el trovador español atajó, claridoso como es: “Yo soy el que mejor sabe qué es bueno para mi carrera, por eso no los escucharé”. Los espectadores aprobaron la decisión con risas y aplausos. Y no se arrepintieron. El monstruo, en este caso de aproximadamente 7 mil cabezas, se dejó mecer durante dos horas en la cadencia de las rolas; su rugido se volvió un dócil ronroneo siguiendo las canciones, emocionado y complacido; el monstruo devino alebrije armado por las locuras, las tristezas, las soledades, los desencantos, las penas, risas y ansiedades particulares que ese momento se hicieron colectivas. Al fin que todo era en la paradójica intimidad de una multitudinaria pijamada bohemia: “Si lo sabe Dios, que lo sepan mis cuates, cómplices, similares y conexos”.

Foto: Colección Auditorio Nacional
No queriendo la cosa, llegó el fin. El sortilegio fue interrumpido por los apremios del tiempo. Pero aún hubo espacio para dos encores. Después el monstruo se atomizó y cada quien se fue a buscar su lugar en la noche, a degustar lo escuchado y lo sentido. Porque, no obstante hablar casi siempre desde la autobiografía, Joaquín Sabina conmueve y seduce porque nos incluye, porque de alguna manera su biografía también es la de muchos de nosotros. 

Retrato parlante 
Nombre completo: Joaquín Ramón Martínez Sabina 
Lugar y fecha de nacimiento: 12 de febrero de 1949, en Úbeda (Jaén), España 
Poetas favoritos: Antonio Machado, Jaime Gil de Biedma, Jaime Sabines, Arthur Rimbaud y Stéphane Mallarmé 
Sobre el éxito: “no soy tan imbécil como para no desear el éxito, todo mundo lo busca. Me gustaría que fuera como un traje que te pudieras quitar en cualquier momento y salir a la calle como si nada”. 
Sobre los políticos: “las putas y los taxistas tienen cosas más importantes que decir que los políticos”. 
Sobre la cursilería: “me gusta lo cursi, siempre escribo con el corazón en la mano. Por algo soy admirador de José Alfredo Jiménez”. 
Sobre las drogas: “hay que legalizar las drogas. Los gobiernos no tienen porqué meterse en la vida, la salud ni con las decisiones y las libertades de uno”. 
Sobre el rock: “la música que más se parece al sonido de las ciudades”. 
Para los jóvenes: “no tengo ningún mensaje para los jóvenes, excepto que tengan los oídos y los ojos abiertos y que piensen por sí mismos”. 
Sobre las feministas: “han sido imprescindibles a pesar de sus excesos… Y si ha habido excesos, nos lo merecíamos”.


Canciones interpretadas 
Más de cien mentiras / El rock and roll de los idiotas / No soporto el rap / Ganas de… / Jugar por jugar / Corre, dijo la tortuga / ¿Quién me ha robado el mes de abril? / Amor se llama el juego / A la orilla de la chimenea / Así estoy yo sin ti / Y sin embargo / Eva tomando el sol / Eclipse de mar / Tan joven y tan viejo / Princesa / Y si amanece por fin / Amores eternos / La canción de las noches perdidas / Medias negras / Esta noche contigo / Esta boca es mía / El joven aprendiz de pintor / Incompatibilidad de caracteres / Viejo blues de la soledad / Ruido / Peor para el sol / Conductores suicidas / A la sombra de un león / Calle melancolía / Por el bulevar de los sueños rotos / Y nos dieron las diez. 
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