sábado, 10 de junio de 1995

Vicente y Alejandro Fernández: Juntos por última vez

Foto: Colección Auditorio Nacional

10 y 11 de junio, 1995 / Dos funciones / 3 hrs. de duración / Asistentes: 19, 676 

La figura del charro cantor no ha dejado de ser uno de nuestros más poderosos símbolos nacionales. A los grandes ídolos como Pedro Infante, Jorge Negrete o Javier Solís, sigue hoy la figura de Vicente Fernández, quien se encuentra en la plenitud de su carrera. Pero lo sorprendente es que la tradición quiera seguir, y que en las nuevas generaciones haya resurgido el mismo sentimiento patrio, bravío y romántico de la canción ranchera de siempre, reclamando nuevos ídolos. 

De hecho, al igual que otros géneros latinos, esta música se está poniendo de moda en varios rincones del mundo y es un fenómeno que no deja de sorprendernos. ¿Será que su nostalgia intrínseca y el grito primordial “Ay, ay, ay!” remueve los corazones enfriados de estos tiempos de las “retro” y “post” culturas? 
Y nosotros, cada tanto, volvemos a reafirmar nuestras raíces, ese fervor made in Mexico, tan peculiar. Y es que sólo un mexicano puede gritar desde lo más hondo cosas como un simple “Uuuuy, uy, uy”, un “Ajúuuu-ay, ay, ay”, un “ajajáiii” o un “Cucurrucucú” poniéndole ese no sé qué, que sólo un mexicano sabe lo que significa. El mismo sentido deben tener las entonaciones de los tiroleses tan características, o los lamentos gitanos, o los gritos ceremoniales de las mujeres Beréberes del Norte de África. 
Y “Juntos por última vez” no fue sólo un concierto de despedida entre Vicente y Alejandro, luego de tres años de compartir el escenario, sino todo un ritual, la ceremonia de iniciación que otorga un charro mayor a un charro naciente. Vivo retrato del resurgimiento de la canción ranchera y de la renovación de un símbolo nacional: dos cantantes, dos generaciones, una misma pasión heredada de padre a hijo. Así lo declara el Ídolo de Huentitán: “…En mi idioma ranchero, Alejandro es como un potrillo: le pones las herraduras y la silla, lo amansas, lo educas, lo montas y luego se lo entregas a su dueño, que en este caso es el público…”, “…Tiene un don que Dios le regaló, porque no se hereda, y lo tiene que compartir hasta que la muerte se lo lleve”. 
Fue el “Potrillo” quien inició el concierto, con el acompañamiento del Mariachi de Chapala y durante casi una hora, demostró que con una voz más suave y menos impostada que la de su padre, está listo y dispuesto a desarrollar un camino personal por el ámbito de la música vernácula. Luego anunció la aparición de su padre quien, tras recordar su famoso lema, regaló casi una veintena de sus éxitos: “Mientras no dejen de aplaudir, yo no dejo de cantar”. Al cabo de una hora, regresó Alejandro para la parte más conmovedora del concierto, en que cantaron juntos. La emoción de ambos era tan grande que al mismísimo Chente se le olvidó un verso de “La Diferencia” de Juan Gabriel, y a Alejandro se le hizo un nudo en la garganta al rendirle tributo con “A mi padre”; el gran ídolo lo relevó y al final le dijo: “Chille, si quiere” y le soltó un memorable beso en la boca, demostrando su amor paternal sin inhibiciones. Y los nostálgicos, los enamorados, los desenamorados, los abandonados, los heridos, los ardidos, los valientes, los apasionados, los celosos, novios, novias, ex, mamás, tíos, abuelos, primas, todos cantaron al unísono, no dejaron de pedir canciones, de llorar, de aventar flores, ovaciones y rechiflas, piropos al joven y al ya no tan joven: “cántale bonito, Ale”, “cuero” y “suegro, qué cuero estás”… Y en medio de este ritual de charros, no faltó tampoco el otro ingrediente que convierte en más mexicano a todo artista representativo de nuestro país: el humor, que en este caso fue ¡muy, pero muy ranchero!
Foto: Colección Auditorio Nacional


TRIVIA 

Habla Vicente: 
“Cuando comencé mi carrera cantaba de mesa en mesa en un restaurante típico…hasta 100 canciones diarias por lo que me querían pagar. Hoy sigo cantando como si estuviera cantando en mesas. Lo que quiera el público es lo que canto”. 
“…Ser cantante es como ser arquitecto. Se necesitan 20 años de estudios. Tiene uno que recibir el título. El título no lo dan las compañías disqueras. No lo dan los promotores. Se gana cuando uno se para en el escenario y el público dice que te lo ganas”. 
“Yo vivo en un rancho. No soy santo, pero no tengo vicios. Vivo en mi rancho donde respiro aire puro. Trabajo tres días de la semana y nada más. Y siempre tiene uno que darle gracias a Dios, cada día”. 
De quien está cerca uno se nutre. Recuerden que en un principio yo quería ser otro Javier Solís… El fenómeno de la imitación es tan común que ya nadie se ofende… Antaño se veía mal hacer copias de alguien, pero la vida enseña que todos tenemos derecho a la recreación. Los grandes, grandes comenzaron por integrar su modelo…” 
“Yo pienso que les llevo una ventaja [a Pedro Infante, Jorge Negrete y Javier Solís]… Primero, que tengo vida. Segundo, que Dios me dio la oportunidad de disfrutarlos. Son mis más grandes ídolos. Lo más trágico para ellos, es que Dios los haya recogido…” 
Tanto la discografía como la filmografía de Vicente Fernández son demasiado amplias para reproducirlas aquí: más de 50 discos y unas 40 películas. 

Habla Alejandro Fernández: 
“Al lado de mi padre aprendí muchas cosas sobre esta carrera…” “Ahora viene lo más difícil; entrar en el ambiente fue fácil por ser hijo de quien soy, pero el mérito de mantenerme en el gusto del público es sólo mío. Al principio me costó hacerme de un estilo propio, pero creo que finalmente lo he conseguido”.


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