domingo, 28 de mayo de 1995

Pedro y el Lobo: Cuento musical de Sergei Prokofiev

Foto: Colección Auditorio Nacional

 28 de mayo, 1995 / Función única/ 2 hrs. de duración / Asistentes: 9,805 

Con este hermoso programa, la Orquesta Sinfónica Nacional brindó a los niños y a los no tan niños, una fabulosa oportunidad de acercarse y descubrir la música sinfónica, en vivo y a todo color. Además del célebre cuento del compositor ruso Sergei Prokofiev (que ocupó la segunda parte) se interpretó una muy acertada selección de cinco obras maestras, excelentes ejemplos musicales para ilustrar la riqueza y las capacidades de este conjunto musical y del repertorio clásico. 

Se inició el programa con una especie de visita guiada de la orquesta, en la cual no cesaron los aplausos. Se apagaron las luces y se iluminó a cada sección o familia de instrumentos (cuerdas, metales, maderas y percusiones) con un seguidor, y cada instrumento “se daba a conocer” ejecutando, en su turno, breves melodías: el concertino (o primer violín) interpretó el famoso “Ratón Vaquero” de Cri-Cri; la selección de trompetas, un fragmento de la obertura “Guillermo Tell” (grata sorpresa de los niños al recordar al “Llanero Solitario”); los cornistas, de pie, un fragmento de la música de “Viaje a las Estrellas”; el piccolo, “El Pájaro Loco”… 
Luego vinieron las cinco obras maestras ya mencionadas. El conocidísimo Vuelo del abejorro de Rimsky-Korsakov, pieza “ilustrativa”, en la que se mostró la capacidad inherente a la música de imitar a la naturaleza. El brillante y alegre Cancán de Offenbach, La Máquina de escribir de Anderson, para dar entender que también existe el humor musical, antes de la cual apareció el percusionista al frente de un escritorio con una máquina de escribir que “trató de afinar” junto con el director y la orquesta, sin muchos resultados… Con la hermosísima Sinfonía de los juguetes de Leopold Mozart se le dio oportunidad a una treintena de afortunados niños de subir al escenario y tocar matracas, tambores, silbatos de agua y triángulos junto a una de las orquestas más importantes del país. Y, la Marcha Radetzky de Strauss, con la cual Enrique Diemecke dirigió a los infantes, dándoles la oportunidad de aplaudir con gran ruido y entusiasmo al compás de la música. Bravo por este gesto… 
Fue sólo hasta la segunda parte que hizo su aparición el tan esperado y querido “Cachirulo”, con su peluca roja de siempre, quien, junto con Gaby Rivero, narró el originalísimo cuento musical de Pedro y el Lobo, que es también una fina y magnífica “lección musical”. Se instaló una escenografía muy sencilla delante de la orquesta para que el Ballet de la Ciudad de México actuara una ilustración dancística de este clásico. Hubo gran emoción entre los presentes, por tan magnífica obra, por tan buena interpretación y sobre todo, hay que decirlo, por la presencia de uno de los mejores cuentacuentos de México, que todavía sabe, con gran amor, tejer el puente entre los niños, los papás de los niños y los papás de los papás de los niños. Al final, Diemecke le hizo entrega de una medalla otorgada por el CNCA, con lluvia de aplausos y obsequio de la OSN: el Huapango de Moncayo. 
Por cierto, ¿Se acuerdan de la historia de Pedro y el Lobo? ¿Se acuerdan que cada personaje es interpretado por un instrumento y tiene su propia melodía que describe su personalidad? ¿Recuerdan cual es cual?

Foto: Colección Auditorio Nacional
Había una vez un dulce niño llamado Pedro (cuerdas) que vivía con su abuelo en medio de una pradera. Un día, desobedeciéndolo decidió abrir la reja del jardín y salió a jugar a la orilla del lago, cerca del bosque. Le sucedió entonces una gran y peligrosa aventura al lado de su amigo el pajarillo (flauta), un gato pardo (clarinete) y el pato (oboe) que vivía en su jardín pero que se había escapado tras él, para echarse un chapuzón en el lago. Ocurrió que, mientras el pajarito y el pato discutían acerca de quién nadaba más y quién volaba más, el pajarito estuvo a punto de ser devorado por el gato; afortunadamente, Pedro logró salvarlo a tiempo. Luego apareció el abuelo muy enojado (fagot), dándole órdenes a Pedro de regresar a casa. Este no hizo el menor caso y la mala suerte quiso que se apareciera un terrorífico lobo del bosque (cornos)… Todos pudieron escapar de sus garras, menos el pato quien fue devorado de un solo bocado… Pedro encontró una manera muy audaz de atrapar al lobo: mientras el pajarito lo distraía revoloteándole sobre la cabeza, Pedro pudo ensartar su cola con una larga cuerda que lanzó desde lo alto de un gran árbol. El lobo quedó colgado por la cola y no se pudo zafar. Luego llegaron unos cazadores (timbales y bombo) y el valeroso Pedro les pidió que no mataran al lobo, ya no era necesario, pues él ya lo había capturado. La historia tiene un final triunfante (y ecológico): deciden emprender el camino hacia el jardín zoológico (suena toda la orquesta) donde encerrarán al lobo. Pero no todos corren con buena suerte: se oye al pobre gato despedirse de todos con un triste lamento (oboe) ¡desde el interior de la panza del lobo! 

Último concierto de la “Temporada de Conciertos Didácticos para Niños y Jóvenes” de la Orquesta Sinfónica Nacional. 
Dir. Artístico: Enrique Arturo Diemecke 
Narradores: Gabriela Rivero y Enrique Alonso “Cachirulo” 
Presentador: José María Alvarez 

Ballet de la Ciudad de México 
Coreografía: Isabel Ávalos 
Dirección de escena: Marco Antonio Silva 
Guión: Neri Chaires 
Escenografía: Carlos Trejo 
Vestuario: Sara Salomón 
Transmisión: en vivo por Canal 22


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